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Full text of "El hombre de hierro; novelin"






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X; 



THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



■■«^«^spi 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 




Digitized by the Internet Archive 
in 2013 



http://archive.org/details/elhombredehierroOOblan_0 



Rufino Blanco- Fombona 



El hombre 



de hierro 



(NOVELIN) 




-°o >X<>X<>>K< o° — 



F. Seimpebe y Compañía, Editores 

Calle del Palomar, núm. 10 

VALENCIA 



*mp i^ífVERsrirY of north carouna 




Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.*-- Valencia 



CARTA-PROLOGO 



París 23 de Enero de 1907. 

Sr. D. Rufino Blanco- Fombona. 

Caracas. 

Mi querido y muy eminente colega: Acabo 
de leer vuestro Hombre de hierro. Es un libro muy 
fuerte; el más fuerte que habéis producido hasta hoy. 
Creo que él da definitivamente vuestra medida. Sois 
un poderoso relator y un escultor de figuras huma- 
nas. Os mostráis frío, duro, sardónico, superior infi- 
nitamente á los fantoches que movéis, y exponiendo 
vuestra fábula hacéis obra de juez. 

Los hombres y las escenas de Venezuela son vistos 
con ojos balzaquianos. ¡Qué tipos vuestro Brummel, 
especie de monsieur Alphonse americano; vuestro 
Joaquín Luz, vuestro Crispín, cuya muerte es una 
de las más bellas escenas del libro! ¿Tía revolución 
—ó guerra civil — y las perspectivas que se abren 
sobre la política y la vida social, sobre los arribistas 
y los intrigantes de Venezuela? 



Vt CARTA-PRÓLOGO 

Estoy curioso de saber cómo es acogido por allá 
vuestro libro. 

Me siento particularmente contento de leer vues- 
tra última obra, porque ella me trae también, aunque 
indirectamente, noticias vuestras. Veo que os alejas- 
teis de Europa, que habéis retornado á vuestro país. 
¿Estáis contento por allá? ¿No sentís un poco la nos- 
talgia del viejo continente, de París? Acaso encontréis 
un momento para decírmelo. 

Entretanto, recibid mis felicitaciones por este 
nuevo y feliz esfuerzo y todos mis anhelos por vues- 
tro triunfo. 

Vuestro cordialmente, 

Max Nordau. 



LIMINAR 



Una vez, hace muchos años, oí decir en grupo á 
Hanuel Vicente Romero García: 

— Carnevali Monreal es el primer escritor vivo de 
Venezuela. 

Es verdad que aun no había aparecido Díaz Rodrí- 
guez y que César Zumeta andaba lejos, casi en olvido. 
Pero de todas suertes, impresionó mis oídos adolescentes 
aquel nombre extranjero y sonoro que oía por primera 
vez, y ese juicio tan lisonjero en boca de un hombrecito 
extraordinario y cascarrabias como el novelador de 
Peonía. Andando el tiempo conocí al caballero de nom- 
bre extranjero y sonoro: vi aquel semblante pálido, 
aquellos cabellos castaños, ya gríseos , aquel rostro 
prematuramente marchito, y comprendí cuánto valía el 
pensador adusto, buen enemigo y buen amigo , que 
ocultaba tras un exterior frío, indiferente, á un poderoso 
dialéctico, á un orador convincente, á un combatidor 
lleno de fuego, personaje de consejo que tiene toda la 
sagacidad florentina de su casi compatriota Maquiavelo, 
hombre público intelectual, tipo representativo de la 
Venezuela nueva. 

Fui amigo suyo y le debo gratitud. En días aciagos 
para mí, preso en garras de la barbarie, caído en un 



TIII LTMINAR 

antro de trogloditas, calumniado, vilipendiado, Carne- 
vali Monreal fué de los pocos que clamaron justicia,, 
coadyuvó á separar con sus manos las espinas y las 
basuras que velaban la entrada al antro, y allí pudo, 
á la postre, descender la verdad. 

En esos días tremendos fué escrita, á trompicones, 
esta novela, que debe resentirse de su origen, ¿Qué 
mucho, pues, que dedique al* hombre que endulzó mi 
amargura este libro que sale de las angustias de la 
prisión? En la persona de Carnevali Monreal lo dedico 
también á cuantos fueron mis amigos en aquella emer- 
gencia. 

De la novela, ¿qué decir? «La verdad es la senda», 
enseña Tolstoi. Las mujeres de este libro no son toda& 
las mujeres de Caracas, ni siquiera la mayoría. Son 
esas no más. Y respecto al héroe de este efímero nove- 
lín, baste con cerciorarse de que su novela fué su vida. 
Por lo demás, no deseo que se confundan mis ideas ni 
mis opiniones políticas con las que expresan los perso- 
najes en acción. Del presidente Castro he sido y soy 
admirador y amigo. Creo firmemente que si el general 
Castro, hoy enfermo, llegara á faltarnos antes de cum- 
plir su período constitucional, Venezuela se daría cuenta 
cabal— y sólo entonces — de quién es y cuánto representa 
ese hombre famoso... 

R. R-K 



EL HOMBRE DE HIERRO 



LIBRO PRIMERO 



María, la viuda, cayó en la cama como una pie- 
dra. Trasnochos, inquietudes de la semana, emo- 
ciones del entierro aquel día, y hasta la crisis de 
lágrimas por que pasó cuando, ya extinguidas laa 
luces,. oyó traquear el portón para cerrarse defini- 
tivamente, haciéndole comprender absoluta la au- 
sencia del esposo, todo había contribuido á postrar- 
la, al punto de que apenas reclinó la cabeza en la& 
almohadas quedóse dormida. 

Su prima Rosalía se acostó en la misma habita- 
ción — que no era dormitorio, sino un saloncito de 
recibo-— sobre un colchón tendido para el caso en la. 
alfombra, cerca del catre provisional de la viuda» 

Los postigos, sobre 'el patio, estaban abiertos 
para dar paso al aire de la noche y disipar olorea 
de botica en la habitación. 

Sería la alta noche, ó según reza el viejo ro- 
mance hispano, 



10 R. BLANCO-FOMBONA 



media noche era por filo, 
los gallos quieren cantar, 



cuando oyóse un tartamudeo como de quejumbre, 
suave lamentación que no prorrumpe en querella 
franca, y que partía de otro cuarto, sito en el ala 
derecha de la casa, separado del que ocupaban las 
dos mujeres por el jardín del patio, 

— ¿Qué es? — preguntó la viuda, sobresaltándose 
al despertar. 

— Nada — repuso Rosalía — ; debe de ser alguno 
con pesadilla ó con dolor de estómago. 

Pero el suave lamento cambióse de súbito en 
grito que espantó á ambas mujeres. 

Se levantaron, encendieron la palmatoria, y á 
medio pergeñar se aventuraron á salir. 

En toda la casa flotaba un insoportable olor de 
creolina y de éter. A la rosada luz de la pantalla, 
desgreñadas, vestidas á trompicones, muertas de 
miedo, las dos mujeres se enderezaron á la pieza 
de donde surgía el clamor, rompiendo, al paso, la 
fúnebre hilera de sillas negras que les estorbaba el 
avanzar en el corredor. Adolfo Pascuas, el marido 
de Rosalía, también se levantó á curiosear ó á in- 
quirir la causa del grito, y los tres, ambas mujeres 
y Adolfo, tocaban á la misma puerta. Nadie res- 
pondía, pero oyóse adentro, leve, constante y en- 
trecortado, el gemir de un hombre. Las mujeres 
temblaban, pavoridas. La llave, echada por dentro, 
no permitía entrar. Rosalía tuvo una idea. El pos- 
tigo de la ventana, entrejunto, daba acceso á un 
brazo. Insinuó á su marido que introdujese la mano 
por el postigo, descorriera el picaporte de la ven- 
tana y abriese las maderas, á fin de mirar qué 
ocurría. 

Cuando la ventana quedó abierta de par en 



EL HOMBRE DE HIERRO 11 

par, Adolfo Pascuas y las dos mujeres vieron una 
cosa ridicula. 

Ramón, hermano de Crispín Luz, el muerto, 
yacía sobre la cama, envuelto en una sábana has- 
ta los ojos, y tembloroso como un gusano. A las 
voces de la familia consintió en descubrir la cara, 
y surgió de entre la blancura del lecho una cara 
lívida, medúsea, en greñas, la barba hirsuta, los 
ojos pavoridos: la cara del espanto. En el suelo, 
una lamparilla, que había quedado con luz toda la 
noche, iluminaba el aposento. 

— ¿Pero qué es, Ramón? — preguntó Adolfo Pas- 
cuas. 

— Aquí, aquí. Lo he visto. Me ha agarrado las 
piernas.^ 

— Pero ¿quién? 

— El, Crispín. Se me ha aparecido. Se sentó aquí, 
*en mi cama. Me tiró de las piernas. 

Las mujeres tuvieron un instante de pánico. 
Por sus espaldas corrió un temblor de calofrío. 
Pero la luz, la presencia de Adolfo, y sobre todo 
el ridículo de Ramón, las hicieron volver en sí. 
Rosalía no pudo contenerse y rompió á reír. Apre- 
tándose contra María, le dijo: 

— Parece una visión... ¡uf! 
A la postre se fueron, dejando á Ramón en el 
dormitorio, solo con su miedo. 

— Yo lo creía menos cobarde, menos ridículo 
— empezó á considerar Rosalía — ■. ¡Y es éste el 
que amenaza con tragarse frito al Gobierno! 
i Y es éste el terrible hombre de negocios! Pues 
mira, en el fondo es lo mismo que el otro: un paz- 
guato. 

—Por Dios, Rosalía, cállate— expresó la viuda 
casi desazonada, comprendiendo la alusión á su 
difunto esposo. 



12 R. BLANCO-FOMBONA 

— Tu caso es raro, chica. Un caso de amor pos- 
tumo... ¡Caramba! 

Y se echó á reír con risa de chicuela. 

Su risa disonaba á media noche, en aquella 
casa en duelo, donde flotaba aún el postrer aliento 
de un hombre, debajo de aquellas girándulas con 
cintas negras, indicio de luto, y que mariposeaban 
en el aire como libélulas de dolor. 

Pero Rosalía bien podía permitirse tal inconve- 
niencia. No tolerada únicamente, sino celebrada en 
la más mínima de sus acciones por su esposo; niña 
mimada, niña terrible de su madre y de su hogar, 
era una de esas personas á las que se conviene 
permitirlo todo, y de cuyas extravagancias se 
dice en son de disculpa, y como pase de acepta- 
ción: «Cosas de Fulana.» 

Era una mujer alta, elegante, sensual, tanto de 
temperamento como de imaginación, sentimiento 
y gustos de artista que le hacían introducir, sin 
que se rindiera cuenta, la mayor cantidad de lo- 
cura bohemia posible dentro de su vida burguesa, 
la mayor cantidad de locura compatible con su 
sexo y su medio. Tenía los redondos brazos vellu- 
dos, las piernas, las caderas y la garganta de buen 
torno. La hermosura morena de Rosalía, más bien 
que hermosura era gracia; y esa gracia residía so- 
bre todo en la cabeza, puesta sobre los hombros 
con la gentileza de una flor en su tallo, y que ella 
inclinaba en típico gesto hacia la izquierda, gui- 
ñando sus ojos negros y haciendo un mohín con la 
picaruela boca, de labios gordos y frescos. 

Una vez se le preguntó por qué inclinaba la 
cabeza á la izquierda, y repuso: 

— Es para oir lo que dice mi corazón. 

Su corazón, en efecto, debía de decirle muchas 
y varias cosas, porque á los diez y ocho años ya 



EL HOMBRE DE HIERRO 13 

contaba á puñados los novios y era maestra en 
amores. En su torno revoloteaban los Deseos como 
las palomas lascivas en derredor de Venus. Besos 
los dio á millares; pero cuando más se encalabrina- 
ban los novios, aspirando á mayor ventura, Rosalía, 
con frialdad y firmeza increíbles en una locuela, 
epicúrea hasta la médula de los huesos, los ponía 
á raya y en el colmo de la desilusión: 
— Todo, menos eso. 

Y no había que insistir. Era mordaz, irónica, y 
su despreocupación llegaba hasta burlarse de sus 
propias imperfecciones. 

— A mi nariz — decía— no le falta sino ser más 
recta y más fina para parecerse á la nariz de una 
estatua griega. 

Cantaba, tocaba el piano y la vihuela con pri- 
mor, y su chachara, su movilidad de cuerpo y de 
espíritu y su alegría inmarcesible contribuyeron 
siempre á rodearla de amigas, de rivales y de admi- 
radores, y á que el perdón social cayera benevo- 
lente y paternal sobre sus locuras. 

Su madre, viuda de un abogado de oratoria 
elegante y florida, verdadero artista del verbo, 
que hizo fortuna con su profesión, tan regocijada 
de espíritu como su hija y muy de manga ancha, 
la adoraba, lo mismo que sus hermanos Mario, 
poco mayor que Rosalía, y tres mucho más peque- 
ños, internos en un colegio en la vecina Antilla de 
Trinidad. 

La madre, doña Josefa de Linares, pequeñuela 
y regordeta — siete arrobas de carne grasa — des* 
aforada lectora de novelas, tenía en la memoria 
una biblioteca de novelistas y á todo el mundo le 
encontraba parecido con las heroínas y los héroes 
de sus lecturas. Para doña Josefa, una mujer des- 
envuelta era una Nana; un avaro, Miroaet; un buen 



14 R. BLANCO-FOMBONA 

obispo, Monseñor Bienvenido, el de Hugo. En su 
mundo real, como en su mundo de imaginación, 
existían Clarisa Harlowe, Ana Karenine, Goriot, 
Jorge Aurispa } Doña Perfecta y Pepita Jiménez. 

María, hija de un hermano de doña Josefa r 
huérfana de padre y madre desde temprana in- 
fancia, fué criada por su tía bajo el mismo pie que 
la hija propia y con el mismo calor y regalo ma- 
ternales. Era mayor de un año que Rosalía. 

Algo más corta de estatura que su prima her- 
mana, el castaño cabello rico, frondoso, blanca, de 
una blancura anémica, las manos finas y descar- 
nadas, el rostro oval, María no radiaba juventud y 
contento como la otra muchacha. En su juventud 
algo se marchitaba, y los pliegues de su boca y sus 
pardos ojos, cuyas ojeras florecían á menudo con 
moradas violetas, solían darle un aspecto de pena 
ó de melancolía. A veces era más ruidosa y cha- 
charera que su prima, á veces caía en silencios 
inrompibles, encerrándose en su cuarto para llorar 
á solas falsas penas, pesadumbres que no existían 
sino en su imaginación. 

Se desinteresaba, cuando á bien lo tenía, por 
las cosas de mayor interés para sí, aceptándolas ó 
rechazándolas con un mohín de cansancio, mien- 
tras que se apasionaba, según el capricho del día 
por las mayores futilezas. Entre los hombres, que 
ella veía sin el fuego de su prima, no gozaba tanto 
partido como ésta. Cuando Rosalía contaba los 
amores á puñados, ella no pudiera anotar en su ha- 
ber sino algún noviazgo fugaz, aceptado más bien 
por vanidad que por sentimiento. Enemiga de la 
movilidad de ardilla, peculiar á la prima hermana, 
María, cuando no era arrastrada al remolque por 
su compañera ó por doña Josefa, se pasaba días en- 
teros tendida en la chaise longne } hojeando alguna 



EL HOMBRE DE HIERRO 15 

sentimental novela ó espiando el vuelo de la» 
moscas, ó bien en asiento más propicio al trabajo, 
empeñándose en cualquier inútil labor de bordada 
ó costura, . cien veces interrumpida, no termina- 
da nunca. 

Cavilaba, á las veces, sobre su papel secundaria 
en el hogar, que ella en mientes atribuía, si bien 
con notoria injusticia, á su condición de intrusa y 
de hija de pega. Acaso contribuía esa preocupación 
á dar aquel tinte de languidez á sus ojos y á poner 
en su boca un pliegue de la melancolía, contraste 
con los risueños y alborotados abriles de su prima 
hermana. Se querían, sin embargo, sinceramente, 
sin que esto fuera óbice para que en riñas tildase á 
su prima de loca, de atrabiliaria, de inquieta. 

— Esta lunática es mi luna — exclamaba por su 
parte Rosalía, cuando de chica, y aun ya mujer, se 
enfadaba con su compañera. 

Cuando llegaron al saloncito en desorden donde 
ambas dormían esa noche, Rosalía se burlaba aún 
del miedo de Ramón y del extemporáneo amor pos- 
tumo de su prima. 

— Por Dios, Rosalía; no me hables ni me hagas 
hablar ahora del pobre Crispín, 

— ¿Le tienes miedo á los muertos, como les tiene 
Ramón? 

— No; no es eso. 

— ¡Ah! ¿Entonces ya no te inspira horror tu 
marido? 

María no respondió, si no que continuaba des- 
vistiéndose. 

Rosalía, con buen humor intempestivo, le pre- 
guntó: 

— Dime una cosa: ¿qué te produciría más es- 
panto, que tu marido se te apareciera muerto 6 
verlo resucitar? 



16 R. BLANC0-F0MB0NA 

Y como no obtuvo por respuesta más que un 
-«¡Jesús! no seas impertinente», introdujo Rosalía, 
ya en camisa, las desnudas piernas morenas entre 
las frazadas, se acurrucó en su colchón y se arre- 
bujó, mientras la otra mujer, de un soplo, mataba 
la luz 



II 



Mana no pudo volver á conciliar el sueño Las 
impertinencias de su prima la hicieron pensar en 
su matrimonio, en su viudez, en su porvenir. Des- 
pués de aquella obscura noche de sus primeras 
nupcias, la vida y la libertad se extendían de 
nuevo á sus ojos con llanuras prediales. Viuda en 
la flor de la vida, sin reatos, con experiencia, se 
volvería á casar, ¡cómo no! No erraría el camino 
Ahora iba á acertar en la elección de esposo 
adiestrada ya por el sufrimiento. No daría su manó 
al primero, y no escucharía más sugestiones que 
las de su corazón y de su interés. Quería ser feliz 
y casarse con un hombre á quien amase, como hizo 
Rosalía, tan regocijada, tan libre, tan sin nubes en 
el horizonte. ¡Qué diferencia con aquel matrimonio 
suyo! ¡Qué diferencia de hombres! Adolfo, suave 
galante, tolerante, muy lechuguino, permitiéndolo 
todo á su mujer; Crispín, enteco, desmanado, lleno 
de nimias preocupaciones, celoso, insulso, un pobre 
diablo. ¡Que diferencia de hombres! Y el hombre 
es quien imprime sello al hogar. Además, sin amor 
no es asequible la felicidad. Equivale á fabricar 
sin cimientos. ¡Lo que es la vida! Rosalía y ella 
crecidas juntas, en soltería la más dulce, risueña 
y sin trabas... Luego, ¡qué pesadilla! Era como un 
camino que se bifurcaba. La una seguía éste; la 
otra aquel rumbo. Adiós, hasta la vista. Para 



18 R. BLANCO FOMBÜNA 

Rosalía la ruta electa fué toda cantos de pájaros r 
fontanas que borbotan entre la mullida grama, 
compañeras de travesía, la canción en los labios, 
el quiquiriquí de las alquerías al amanecer, las 
estrellas de oro y el rasgueo de las guitarras en 
las claras noches azules, y con el alba el sol, el 
radiante sol empurpurando las uvas en los viñedos 1 
y los racimos de cambures en los rumorosos bana- 
nales. Ella, ¡cuan distinto! Su camino, un sendero 
rocalloso, difícil de acceso, entre el talud y el vola- 
dero, con ramas erizadas de púas que se extendían 
en las sombras cual manos de malhechores y araña- 
ban su rostro y desgarraban sus ropas y sus carnes, 
sin un pozo cristalino donde mitigar la sed del 
ajetreo, sin rancho donde guarecerse, sin'luciérna- 
gas que alumbrasen la sombra nocturna, sin más 
compañía que la soledad y el hastío, los lagartos 
calentándose un instante á la intemperie del sol y 
los áspides dardeando la bilingüe temerosa entre 
las grietas verdinegras del berrocal. 

¡Ah, no! Estaba dispuesta á no errar otra vez 
el rumbo. Por su imaginación fueron pasando aque- 
llas de sus relaciones masculinas, probables can- 
didaturas al tálamo. Ninguno le pareció apto para 
i su marido. La infelicidad la había hecho desconfia- 
da, recelosa. La figura de su amante—del que fué 
su amante — pasó también en la cáfila de su evoca- 
ción. Ante aquélla imagen tembló. Lo había amado 
y lo amaba aún, á pesar de que la suplicio, á otro 
respecto, casi tanto como su esposo. Y en su pen- 
samiento hizo un distingo. Para amante sí, todavía 
acaso. Para marido nunca. Era indiferente, cana- 
lla, cruel, lleno de egoísmo, y enamorado profe- 
sional. ¡No, cuándo! Ese nunca. 

Y volvió á pensar en Crispín Luz, su marido 
inhumano, esa tarde. ¿Por qué, Dios mío, por qué 



EL HOMBRE DE HIERRO 19 

consintió en casarse con él? ¡Se hizo tantas veces, 
durante el breve tiempo de matrimonio, esa pre- 
gunta! Y siempre se dio la misma respuesta: «Casé 
por falta de voluntad, por tonta, por inexperta, por 
seguir la corriente; porque Rosalía se casaba, por- 
que era menester no quedarme para vestir imá- 
genes ó para nifiera de los chicos de mi prima; por- 
que deseaba labrarme una posición independiente 
y salir del tutelaje, porque las mujeres deben ca- 
sarse, porque Rosalía, mi tía Josefa y Adolfo me 
metieron por los ojos á Crispín, jurándome ser un 
buen partido, sobre todo en Caracas, donde la po- 
llería es caterva de perdis.» 

Y era lo cierto. 

Cuando Rosalía se enamoró de Adolfo Pascuas, 
en el corazón de María empezaba á germinar una 
pasioncilla, que ella no confesó nunca, ni siquiera 
á Rosalía, su íntima, su confidente, segura de que 
todos, Rosalía inclusive, se la hubieran contraria- 
do. ¡Disfrutaba su preferido de tal reputación de 
calavera! Ella misma pugnaba por extrangular 
aquel sentimiento en botón. 

Rosalía, por su parte, no confesaba tampoco 3a 
sinceridad de su afición por Adolfo, que empezaba 
á cortejarla. Pero como era la más cuerda de las 
locas, pensó desde la iniciación de sus amores que 
Adolfo se pintaba como nadie para su esposo, por 
las ideas, por las costumbres, y sobre todo porque 
se le estaba metiendo en el corazón más honda- 
mente que nigún otro había penetrado. 

Se propuso conseguir novio á María, á toda 
carrera, á fin de hacer dos parejas y gozar de 
mayor libertad con Adolfo. ¿No era María un cons- 
tante y enojoso estafermo entre los amantes? De 
acuerdo con Adolfo, empezó á meter por los ojos de 
María á Crispín Luz. 



20 R. BLANCO-FOMBONA 

— Pero si yo no pienso casarme aún — expresaba 
María — . Además, si no me gustan los... 
Rosalía no la dejaba concluir. 

— Tampoco me gustan á mí, chica. ¿Crees tú que 
pudieron gustarme nunca de veras Manuel Lindo, 
que no tiene de lindo sino el nombre; ni Rosales, 
cuya boca olía á todo menos á rosa; ni Pedro, ni...? 

— ¿Y Adolfo?— la interrumpió María con sonrisa 
maliciosa. 

— No te rías, por Dios. No creas un instante que 
estoy enamorada de Adolfo Pascuas, de Adolflto. 
Adolfo en mi... Dios me salve el lugar. 

Y luego de un gesto displicente, continuaba: 

—Pero oye, te lo juro: es tonto lo que haces con 
Crispín Luz. Ves que en todas partes te devora con 
los ojos, que te sigue, que te está diciendo que te 
adora con el menor de sus movimientos. Sabes que 
no le habla á ildolfo sino de ti... ¿Y tú? 

— Pero chica, ¡no es posible tanto amor! Nunca 
se me acerca. 

— Por tímido. Porque te ama de veras. 

— Mira, Rosalía, déjate de discursos y de em- 
brollos. 

— ¿De embrollos? Después de todo, ¿á mí qué me 
va ni me viene? Pero es preferible que lo desahu- 
cies categóricamente. Escenas como la del domingo 
en Catedral, ¿tú sabes? no son de muy buen gusto. 

— ¿El domingo, en Catedral? ¿Qué dices? 

— Sí; recuerda. Te miró, le miraste, volviste la 
cara y echaste á reír. 

— Pero si no fué de él, te lo juro. Si fué de... 

— No mientas, María. ¿Crees que no te conozco 
y que no le conozco á él? 

La pobre María, de voluntad plegadiza, sobre 
todo tratándose de su prima, y sugestionada por 
aquella chachara, no sabía qué pensar. ¿Sería cier- 



EL HOMBRE DE HIERRO 2L 

to? Pero ¿cómo ella no se dio cuenta nunca? Y para 
no parecer menos perspicaz que su trapalona de 
prima, se calló, dando á entender que sabía cosas 
que ignoraba y que no podía menos de ignorar, 
pues todo aquello no eran sino imaginaciones de 
su prima. 

Adolfo Pascuas, por su lado, y para complacer 
á su novia, preparaba á Crispín Luz. Asi nacieron, 
por extraño y enrevesado modo, los amores de 
Crispín y María. 

— Lo cierto — secreteaba Rosalía á su novio — , es 
que se necesita ser un zoquete como Crispín y una 
horchata como María para quererse por recomen- 
daciones de tercero. 

— Y tú verás — agregaba Adolfo—; van á ser 
muy felices. 



III 



Crispín estaba encantado y extrañado. Era di- 
choso y no creía merecer su dicha. ¿Era esto la 
vida? Entonces la vida no espantaba á nadie; ¡qué 
iba á espantar! Había, pues, dulzuras entre los 
abrojos. ¿Cómo es posible que haya seres renegados 
del vivir, cuando en un recodo ó en una curva de 
la existencia puede uno sorprenderse con las más 
gratas sorpresas? Dios, infinitamente grande é in- 
finitamente bueno, mal podía haber lanzado hom- 
bres al mundo para la desesperanza y el dolor. 
¡Qué bella era la vida y cómo la amaba! 

Crispín, en corto lapso, se había enamorado 
con sinceridad de pasión. La sola calaverada de 
su juventud en punto de mujeres fué un amorío 
fugaz con una amiga de su hermana Eva; pero la 
novia, á pesar de no ser una maravilla de hermo- 
sura, se casó con otro. Esta malaventura de sus 
veinticinco afios afectó mucho á Crispín, le hizo 
perder la escasa confianza que podía tener en sus 
aptitudes de Lovelace, y enfrenada la osadía y 
herido el orgullo, se retrajo de la vida social, á que 
nunca fué muy adicto. Era un hombre de regular 
estatura, que lucía alto á causa de su extrema 
delgadez; á lo canijo del cuerpo uníanse un es- 
píritu pacato, las manos y el rostro de blancura de 
cera, la nariz de gancho, como su madre, los ojos 



BL HOMBRE DE HIERRO 23 

grandes y redondos, también como su madre, y 
ojos cuya orbicularidad le granjeó en el colegio el 
apodo de El Buho. 

— Tienes ojos de sabiduría— le decía el padre á 
su chico socarronamente y aludiendo al pájaro de 
Minerva. ♦ 

Los cabellos, en forma de cepillo, se los recor- 
taba con periodicidad indeclinable cada quince" 
días. Era un hombre metódico, puntual, con alta 
idea del deber y cuya abnegación se extremaba al 
punto de haber perdido, en apariencia, la noción 
de sus derechos. Inaccesible á los vahos del pan- 
tano, incontaminado por el mundo, á pesar de la 
vida, conservaba en su alma la frescura y el can- 
dor de la adolescencia. Sumiso, resignado, creyen- 
te, siempre tuvo el instinto del sacrificio, la pasivi- 
dad de la deposición continua y sin tasa en aras 
de ajenos anhelos. No conoció más travesuras in- 
fantiles sino la de pintar mostachos enormes á las 
figuras del libro primario y el corretear con sus 
hermanos dentro del caserón solariego. Sólo que 
de colegial, en cuanto se encontraba un libro ga- 
rrapateado, los coscorrones del maestro llovían 
sobre la cabeza de turco, así fuese inocente de la 
fechoría. Cuando los hermanos cometían un desa- 
guisado y doña Felipa, iracunda, con la chancleta 
en la mano, preguntaba por el culpable, todos, de 
tácito acuerdo, indicaban á Crispín, á quien per- 
cudía la zurra. Eu la casa conservábase la tradi- 
ción de una de estas injusticias que despertaba 
cada vez al referiría indefectible hilaridad. Varios 
de los chicos, pared por medio con dofia Felipa, 
empezaron á jaranear cierta noche, produciendo 
truenos de ventosidad con la boca. Dofia Felipa 
intimó silencio por dos veces, y en ambas ocasio- 
nes, luego de un paréntesis, prorrumpía de nuevo 



24 R. BLANCO-FOMBONA 

en truenos bucales aquella endiablada chiquillería. 
Crispí n era el único que callaba. A la tercera vez 
se presentó la madre furibunda, enarbolando una 
chinela. 

— ¿Quién es?— -preguntó la colérica señora. 

Los chicos respondieron á una: • 
— Crispín, mamá. 

La madre le ordenó imperiosamente que se al- 
zara la camisa, y antes de que el muchacho pu- 
siera por obra el mandato, la terrible señora le 
suministró en las posaderas dos formidables chi- 
nelazos. 

Los hermanos, con intención de humillarlo, pre- 
guntaron luego á Crispí n: 
— ¿Cuántos te dio? 

Y él, con sincera humildad, con una cristia- 
na resignación que produjo y producía al refe- 
rirlo, aun de hombres, indefectible hilaridad, con- 
testó: 
'—Dos solamente. 

En su vida pisó Crispín el umbral de una ta- 
berna; la taberna le inspiraba enofobia; ignoraba 
lenocinios y prostíbulos, se decía que los amores 
fáciles ó venales le eran desconocidos, y que se 
conservaba tan puro como Newton ó San Juan. A 
pesar de su salud quebrantadiza, de su propensión 
á bronquitis y achaques del pecho, entró desde loa 
diez y ocho años, en calidad de dependiente, en la 
casa de Perrín & C. a , y desde entonces servía en el 
mismo almacén con decisión, con lealtad, subienda 
el escalafón á paso lento, pero seguro, y labrándo- 
se una reputación de honradez á toda prueba y de 
elemento laborioso é indispensable. 

Se había enamorado con la misma circunspec- 
ción y buena fe que ponía en la más ínfima de sus- 
acciones, y enamorado no veía más porvenir para 



EL HOMBRE DE HIERRO 2& 

su sentimiento que el de santificarlo por la Iglesia 
y legalizarlo ante la sociedad. 

Se casaría, ¡cuándo no! con aquella mujercita 
adorable, perfecta, y de cuyo corazón se creía 
dueño. Viviría toda la vida feliz, rodeado de las 
cabecitas negras de la prole, entre la graciosa y 
experta cortesanía de Adolfo Pascuas, las inocen- 
tes locuras de Rosalía, las benévolas arrobas de 
doña Josefa, posesor de su novia, de su mujer, de 
su María, 

tesoro de hermosura, 
dechado de candor. 

Cuanto á la parte económica de la existencia, 
que á fuero de tenedor de libros no olvidaba, ¿por 
qué arredrarse? Doña Felipa, ¿no poseía fortuna, 
el patrimonio de todos, indiviso? Sobre contar él 
con sú sueldo en la casa de Perrín & C. a , casa 
fuerte, exenta de factibles fracasos, á cuyo frente 
se hallaba aquel Perrín inteligente, audaz, fortu- 
noso, que le merecía tanta admiración. ¿No era allí 
considerado por sus superiores? ¿qué esperaba sino 
aumento paulatino de influencia y de estipendio? 
Su porvenir, claro como una mañanita caraqueña, 
¿no le invitaba al matrimonio? 

El pensamiento en estas ideas, llegó Crispín á 
la casa de su novia, un domingo en la tardé á cosa 
de las cinco. 

Qué dulzuras penetraron su corazón cuando al 
entrar en la casa le salió al encuentro la deliciosar 
Rosalía, diciéndole: 

— Crispín, ¡qué suerte la suya! María está loca, 
loca, loca; no habla sino de usted. No piensa sina 
en usted. Anoche soñó con su Crispín. Espéreme 
un instante, voy á llamársela. 

¡Qué iba á menester Crispín de aquel aguijón í 



26 R. BLANCO-FOMBONA 

Pero se le empezó á derretir el corazón de placer, 
mientras Rosalía volaba al tocador, donde la prima 
se emperifollaba y afeitaba. 

— María, ahí está Crispín. ¡Apresúrate; por 
Dios! No le hagas esperar tanto. Es un terrón de 
azúcar cuando habla de ti. En cinco minutos me 
ha trastornado la cabeza. 
— ¿Qué te dijo? 
— ¡Qué iba á decirme! Cosas tuyas. 

A poco se presentó con sus mecidos andares de 
pato, arrastrando sus siete arrobas, la voluminosa 
doña Josefa. 

— Niñas, ¡Jesús! ¿qué esperan? Esos señores 
aguardan en la sala hace media hora. 
— ¿Llegó Adolfo?— preguntó Rosalía. 

Y sin esperar respuesta, y atusándose á toda 
carrera los rizos de la frente, partió hacia la sala 
con rápido taconeo, sacudiendo con la derecha 
mano la recogida falda de muselina de seda azul. 

Cuando María, instantes después de su prima, 
entró en la sala, á Crispín le saltó el corazón en el 
pecho y tuvo una extraña sensación. Le pareció 
ser como un hombre á quien empujan los cien bra- 
zos de la multitud hacia la puerta de un teatro, y 
que le hacían entrar á gozar del espectáculo, sin 
él darse cuenta. 

Abrieron una ventana sobre la calle, de tres 
que había. Las dos mujeres se sentaron en sendos 
poyos, y los jóvenes en sendas sillas, cada uno del 
lado de la dama á quien servía. 

Por la calle circulaban coches descubiertos, lle- 
nos de mujeres vestidas de claro y de hombres en- 
domingados. 

Algunos pedestres y de varios coches saludaban 
al paso al grupo de la ventana. De una victoria 
aacó la cara sonriente un jovencito boquirrubio, y 



EL. HOMBRE DE HIERRO 27 

lanzó, como si estuviesen en Carnaval, un ramo 
de violetas blancas, que fué á caer en el corpino 
de Rosalía. Al lanzar el bouquet el jovencito de las 
violetas blancas, había pronunciado: 
— Para la más hermosa. 

Por los ojos de María pasó un relámpago, y á 
aquel relámpago siguió la victoria, mientras Rosa- 
lía tomaba el mazo de violetas sin dudar un ins- 
tante de que fuera para sí. Crispín, por su parte, 
sin penetrar en el fondo de aquella escena de un 
minuto, se puso taciturno, indignándose interior- 
mente de lo que él pensaba usurpación á los dere- 
chos de María. ¿No dijo para la más hermosa? 
¿Por qué había de ser para Rosalía? ¿Por qué se 
erigía ella, sin empacho, siendo parte, en juez 
de su hermosura? Y al propio tiempo, por una 
contrariedad del sentimiento que no podía expli- 
carse, alegrábase de que no fuese María la electa 
del regalo, porque á su novia nadie sino él debía 
regalarla. 

Adolfo se inclinó en ademán de prender el ra- 
mo en el corpino de su novia, y Rosalía, que hu- 
biera tolerado aquella osadía á cualquiera de sus 
enamorados de ocasión, se le ariscó á Adolfo, á 
quien amaba de veras, y golpeándole con el aba- 
nico la punta de los dedos pecadores, le amonestó: 
— ¡Ctfidadito, ¿eh?cuidadito! 

Y luego, más dulce: 
— Usted no sabe — dijo. 

Rasgó el manojo en cuatro hacecitos blancos y 
los repartió, rogándole al mismo tiempo á su 
prima: 

— Préndemelo tú, María. 

Crispín no sabía qué hacer con sus flores en la 
mano y titubeó un instante, hasta que vio á Adol- 
fo que enfloraba el ojal del paleto. Se puso coló- 



28 R. BLANCO-FOMBONA 

rado creyendo que los demás advirtieron su torpeza 
y su indecisión; la instantánea turbación cambióse 
en instantáneo rencor contra Adolfo Pascuas. ¿Por 
qué no se le ocurrían á Crispín aquellas cosas del 
otro? Por su cabeza pasó la idea de que María 
pudiera hacer un paralelo entre los dos, y compa- 
rarlo á él, comedido, pero sin brillantez, bueno, 
honrado, lleno de virtudes domésticas, pero sin 
seducción, los dedos manchados de tinta, á pesar del 
limón agrio, piedra pómez y hasta agua de Colo- 
nia, con aquel gomoso de fingida frialdad á la 
inglesa, que pasó toda su juventud en Europa. Se 
puso á contemplarlo con el rabo del ojo. La raya 
de la cabeza partía en dos crenchas iguales el 
cabello castaño obscuro de Adolfo, cabello casi 
negro y en contraste con sus ojos azules como dos 
turquesas. Era un tipo elegante. La nariz fina y 
larga, los dientes grandes, uniformes, asomando 
en alguno la chispa de una orificación; el mosta- 
cho á la borgoña y las manos blancas, pulcras, de . 
uñas acicaladas. En el meñique de la siniestra 
lucía una rara sortija de oro verde. El oyó en una 
ocasión la historia del anillo. Un cuadro de Mo- 
reau, la Virgen surgente de una flor, visto en 
París, en el Museo privado de la Rochefoucauld, 
le sugirió á Adolfo la idea del anillo, cinceladura 
de la cual un busto de mujer surgía de un lirio, 
con tanta gracia y fortuna, que no se percibía 
dónde terminaba el lirio y empezaba la mujer. 

La noche caía. Era menester partir. Se con- 
vino en que irían al teatro Caracas, una hora, de 
nueve y media á diez y media, á ver alguna zar- 
zuela. 

—¿Qué zarzuela representan ó cantan á esa ho- 
ra? — preguntó Rosalía. 

Crispín repuso: 



EL HOMBRE DE HIERRO 29 

— Un inglés de la Guayana en El Gato Negro, 
aegiin creo. 

—Eso es una porquería — aseguró la novia de 
Adolfo. 

Y éste repuso: 

— ¿Por qué, por ser obra nacional? Pues á mí no 
me parece mejor ni peor que las zarzuelas espa- 
ñolas. Sin embargo, si ustedes prefieren iremos á 
otra. 

— No, no — se apresuró á decir María — ; vamos 
á ver Un inglés de la Guayana, Además, la hora es 
excelente. 

— Entonces — dijo Adolfo despidiéndose — , con- 
venido. Estén listas para las nueve. 

— De lo contrario — añadió Crispín — , nos iría- 
mos solos. 

En la calle empezaban á encenderse los fa- 
roles. 



IV 



Es la aurora. Sopla una brisa fresca, fría, casi 
de esa que hace meter las manos en los bolsillos y 
apresurar el paso á los madrugadores. Por las 
calles, aun dormidas, empieza á transitar el públi- 
co de las mañanitas, el obrero que se introduce en 
la primera fritanga abierta á apurar su pocilio de 
café, mascando su arepa y su queso de cincho; el 
panadero, á caballo en su asno, entre dos serones, 
que reparte él pan del desayuno; el isleño lechero, 
cuyas cantimploras, pendientes á las ancas de la 
cabalgadura, forman la música matinal, tan cara- 
quena, de las hojalatas; la beata que va á misa 
terciado el pañolón negro, ó el de lujo de crespón 
blanco; la señorita que va á confesarse, la dueña 
á la zaga, el paso menudo, arrebujada en su man- 
tilla andaluza; los empleados de tranvías que se 
apresuran á poner en movimiento los trenes; los 
pesados tranvías del matadero que traen al Mer- 
cado Central los restos de las últimas reses benefi- 
ciadas á media noche, y el jovencito que durmid 
fuera de casa, á quien la aurora sorprendió, y que 
va á la carrera hacia el hogar, los ojos abotagados, 
la boca amarga, la corbata en desorden... 

Parleras como pericas y frescas como flores de 
pascua, atraviesan también la ciudad, en esta ma- 
ñanita de abril, hasta siete mujeres jóvenes: Rosa- 



EL HOMBRE DE HIERRO 31 

lía, su prima, las tres hijas del negociante Perríre 
— Perrín and Corapany, como las llama Rosalía á 
causa de los tres novios que á menudo las siguen — r 
Juanita Pérez, condiscípula pobre cuyo padre acaba 
de morir, íntima de María y cabeza de turco de las 
travesuras é ironías de las demás, y Eva Luz, her- 
mana de Crispín, la más jovencita de la banda. 

Se dirigen al Oeste, hacia el Calvario. Desde 
hacía una semana comenzaron, á propuesta de 
Rosalía, estas excursiones matinales. Todas con- 
vinieron en que el frío y el madrugar eran muy 
gratos, y todas estaban, sin embargo, extrañadas 
de haber salido sin interrupción siete mañanas. El 
primer día fueron al Portachuelo, otro día por el 
camino de Sabana Grande, otro hacia Agua Salud. 
Hoy enderezaron sus menuditos pasos hacia el Cal- 
vario. Pasaron por frente á la iglesia de San Fran- 
cisco, atravesaron la plaza de la Universidad, y 
calle derecha al Oeste no se detuvieron hasta la 
cima de la inmensa escalinata que da acceso por 
aquella parte á los jardines del Paseo. Habían su- 
- bido corriendo la escalinata para ver quién llegaba 
la primera, y sudorosas y jadeantes, á pesar de la 
hora y de la temperatura, cayeron todas en el 
ultimo escalón de la gradería, al pie mismo de la 
estatua de Colón. 

La ciudad yacía á sus pies, 
— Miren cuánto hemos andado — dijo una de las 
Perrín and Company, señalando hacia el Sagrada 
Corazón, en cuya vecindad vivían todas, con la 
sola excepción de Juanita Pérez. 

Rosalía, en acceso de sentimentalismo, empezó 
á batir las manos y á repetir: 
—¡Qué bello! ¡Qué bello! ¡Qué bello! 

Y luego agregó: 
— Tal como es, yo adoro á Caracas. 



132 R. BLANC0-F0MB0NA 

Las Perrín habían viajado por Europa, y lo sa- 
caban á colación cada vez que podían. Por eso 
Ana Luisa, la mayor de entre ellas, compinche é 
íntima de Rosalía, y la más vivaracha de las tres, 
si cupiese este distingo tratándose de las Perrín, 
exclamó: 

— ¡Si tú conocieras á París! Las cinco de la tarde 
en el Bosque: no cabe más allá. ¡Si supieras lo que 
vale transitar la Avenida de los Campos Elíseos á 
esa hora, entre jardines, en medio de trenes lu- 
josísimos, donde tú ves las artistas, las demimon- 
daines á la moda, los diputados, los embajadores, 
los literatos, todo el París conocido de cerca ó de 
lejos!... Y luego el sol, allá detrás del Arco del 
Triunfo, chispeando á un lado, sobre la cúpula de 
los Inválidos, y espolvoreando las avenidas, las 
toilettes, los árboles con su polvillo de oro... 

— ¡Qué poética estás, Ana Luisa! ¡Si te oyera 
Peraza! — insinuó María. 

Y Rosalía agregó: 

— Bueno, aceptado. París es delicioso con su 
Avenida de los Campos Elíseos y sus cocotas y sus 
polvillos... etc., etc. Pero chica, las cosas bellas de 
allá no le quitan hermosura á las cosas bellas de 
aquí. Es bueno gozar del recuerdo cuando no se 
puede hacer otra cosa. Pero el recuerdo es una ilu- 
sión, y este paisaje, este espectáculo de la ciudad 
que se levanta, de esta ciudad en paños menores 
que se despierta, á la mañanita, es una realidad. 
Gocemos, pues, de este instante. Mira, mira* 

Ya serían las siete. Por las calles empezaban á 
hormiguear los transeúntes. Las locomotoras del 
ferrocarril de La Guaira y del ferrocarril de Va- 
lencia, aunque invisibles, comenzaban á despedir 
penachos de humo. El pito de una tahona de maíz 
rasgó los aires con su grifo agudo. La fusta de un 



EL HOMBRE DE HIERRO 33 

coche en ascensión á la colina restalló detrás de 
las muchachas, en la calzada, sobre los caballos, 
de cuyos lomos y de cuyas narices brotaban nube- 
cillas de vapor. Aquella población, chata como 
una ciudad griega, pintoresca como una ciudad 
árabe, encajonada en el valle, surcada de cuatro 
riachuelos y ceñida por un cintillo de montañas 
verdes y azules; aquella ciudad de techos rojos, 
eatre verdes jardines, con su blanca torre de la 
Catedral. en el centro, como un atalaya, su claro 
cielo azul atravesado por vuelos de palomas y sus 
tapias por donde saca la copa un rumoroso cha- 
guaramo, ó languidece un sauce, ó trepan las rosa- 
das trinitarias, hacía evocar, como evocó Rosalía, 
los versos de La vuelta á la patria, del gran poeta 
Juan Antonio Pérez Bonalde: 

Caracas allí está. Sus techos rojos, 
su blanca torre, sus azules lomas 
y sus bandas de tímidas palomas, 
hacen nublar de lágrimas mi ojos. 

La bandera del orgulloso palacio de Miraflores 
batía á la brisa matinal, sobre Caracas, sus colo- 
res magníficos. Los turcos y las bellas turcas de ojos 
semitas, se rebullían en sus pocilgas del Cainino 
Nuevo, y emprendían con sus tiendas á la espal- 
da, en" cestas y cajas, la romería hacia los barrios 
del centro. Él sol, ascendiendo poco á poco, cam- 
biaba las rosas del alba en una transparente lluvia 
de oro. El Avila, á lo lejos, ceñíase el turbante de 
su clara neblina azul. Al frente se divisaban, 
más allá de la plaza Bolívar, más allá de Catedral, 
más allá de Calendaría, más allá de la estación 
del ferrocarril central, los verdinegros cafetales' 
de Quebrada Honda, bajo los búcaros rojos como 
parasoles de púrpura. A la diestra mano se mira- 



04 R. BLANCO- FOMBONA 

ban la cúpula de Santa Teresa, la masa gris del 
Teatro Municipal, el Circo de Toros, el Mercada de 
San Pablo, el Puente de Hierro, las vegas del Guai- 
re y todo el Caracas nuevo: las quintas del Paraíso, 
entre jardines, y entre las quintas floridas el épico 
bronce de Páez blandiendo la formidable lanza de 
las Queseras del Medio, y devolviendo su corcel 
con un gesto digno de Homero, al grito de «¡Vuel- 
van caras!» Más á la derecha aún, á ambas már- 
genes del Gtuaire, se extendían otras vegas y culti- 
vadas hortalizas, ostentando la gama entera del 
verde, desde el verdín de la grama, aun cubierta 
de rocío, desde el verdegay de los retoños primeri- 
zos, hasta el verde terroso de las lechugas asolea- 
das, el verde maduro de las cañas de maíz y el 
verde más profundo de los chaguaramos viejos. Y 
por sobre todo, por encima de las gentes y de las 
cosas, el sol, el brillante sol de América, hacia 
donde ascendía la respiración, ei abejeo de la 
ciudad que se despierta y empieza á ajetrearse y 
á vivir. 

— ¿Hasta cuándo nos quedamos aquí? — pregun- 
tó Eva. 

Y Juanita Pérez, María y la menor de las Pe- 
rrín, exclamaron en coro: 
— De veras; vamonos. 

Las muchachas se levantaron á emprender la 
ascensión de la colina. Varios paseantes empe- 
zaban á subir. Pasó un aya inglesa con dos chicas 
criollas, entre ocho y diez años. 

Una de las niñas tiró una pedrezuela que so- 
bresaltó á un estudiante, engolfado en un enorme 
libraco, á la sombra de un bambú. El aya la re- 
prendió: 

— Mar y; that is schoJcing. 

Ana Luisa Perrín encontró que el sistema de 



EL HOMBRE DE HIERRO 35 

severidad inglesa para educar á los niños era ad- 
mirable. 

— Pues á mí no me parece — .dijo Rosalía por de- 
cir cualquier cosa. 

— Ni á mí tampoco-— asintió María — .Cuando yo 
tenga un hijo no se lo entregaré á estos esper- 
pentos. 

Rosalía y Ana Luisa, que iban del brazo, se mi- 
raron y sonrieron. 

Y aquélla le dijo á la Perrín por lo bajo: 

— Como que no es fácil que ella tenga un hijo. 
Ese pobre Crispín Luz no tiene cara de padre. 

Y refería sotto voce, al oído de Ana Luisa Pe- 
rrín, cosas que hacían á ésta desternillarse de 
risa. 

— Pero ¡cómo! ¿Será posible? ¡A su edad! No 
parece caraqueño. Pero ¿nunca? ¿Nunca? 

—No, chica, nunca... ¡El pobre! ¡Es tan ridí- 
culo! Figúrate que de niño le preguntaban: «¿Qué 
quieres tú ser, Crispín?» Y él respondía: «Yo, tene- 
dor de libros.» 

—¿Y por qué te empeñas tú, Rosalía, en casarlo 
con tu prima? 

— Pues... porque me divierte. Son tallados el 
uno para el otro. 

Un poco más adelante el resto del grupo se im- 
pacientaba. 

— Pero caminen más de prisa. ¡Jesús! No llega- 
remos antes de la noche al estanque. 

Y María, por su parte, las interrogó: 

— ¿Pero qué tienen ustedes? ¿Por qué se ríen 
tanto? 



V 



En el viejo caserón de sus mayores, un caserón 
secular del tiempo de la colonia, Crispín vivía con 
su madre y con sus hermanos Eva y Ramón, redu- 
cida familia para la amplitud de la mansión, y 
que no la ocupaba sino en mínima parte. Doña 
Felipa, casada con un agricultor rico y hacendosa, 
bonísimo sujeto, sólo capaz de haber soportado 
por luengos años el yugo de tan volcánica señora, 
era viuda hacía diez y ocho años y madre de prole 
numerosa, á pesar de un paréntesis de diez años 
en su vida conyugal* La muerte y la vida, los 
.fallecimientos y los matrimonios habían mermado 
el hogar hasta el punto de ya no albergarse dentro 
de aquellos muros sino la madre y tres hijos. Joa- 
quín, el mayor, casado imberbe aún, contaría á la 
sazón treinta y tres años, y en escala descendente 
venían Rosendo, de treinta y dos; Crispín, de trein- 
ta y uno; entre Crispín y Ramón se abría un cla- 
ro, dos hermanitas muertas, y entre Ramón y Eva, 
que apenas contaba diez y ocho, la gran laguna 
de la separación entre el padre y la madre, á causa 
del carácter dictatorial y tremendo de doña Felipa. 

Luego, á los diez años de rencor y fruncimien- 
to, vino la reconciliación, y con la reconciliación, 
como esplendor de ocaso, Eva, el más rozagante y 
primoroso pimpollo de la caduca encina. A poco 



EL HOMBBE DE HIERRO 37 

del nacimiento de Eva murió el padre. Y doña Fe- 
lipa fué levantando laboriosa y rígidamente su 
almacigo de párvulos. 

Era doña Felipa una vieja flaca, biliosa, agre- 
siva, tacaña, toda nervios, con dos ojos como dos 
llamas, y casi tan redondos y tan grandes como 
los de Crispín, que heredó de ella ese rasgo y el 
de la nariz como pico de cóndor, pero que en lo 
moral no parecía ni próximo de la anciana, sino 
buen hijo de su manso padre. Dominante por tem- 
peramento, sentía doña Felipa un sincero desdén 
por la poquedad espiritual de Crispín, como lo sin- 
tió por la poquedad espiritual del marido; prefería 
por similitudes morales con ella á Ramón y á Eva; 
á Ramón por lo emprendedor y trapalón, á Eva 
por lo hacendosa y firme de carácter. Aun en vida 
de su marido dirigía doña Felipa gran parte dalos 
negocios desde su casa de Caracas, y ya muerto el 
esposo, no vendió las fincas rurales, sino que las 
manejó estrictamente por medio de agentes que la 
temían como á un coronel, y apenas tuvieron edad 
propicia al gobierno de las fincas, las puso en ma- 
nos de sus dos hijos mayores, bajo la inmediata 
dirección materna. Nunca se allanó, á pesar délos 
reclamos, á fraccionar el patrimonio común. Se 
convino, por acceder á la voluntad de la vieja, en 
que el patrimonio permaneciera indiviso. Joaquín 
administraba una fundación de café, Cantaura, sita 
en las montañas de los antiguos Teques, no lejos 
de Caracas. Rosendo dirigía una hacienda de caña 
en los valles del Tuy. Ambos cobraban sueldos 
como administradores, más su parte proporcional 
en los rendimientos anuales; el remanente se en- 
viaba á doña Felipa á Caracas, quien de allí sos- 
tenía el hogar común. Mitad por carácter cesáreo, 
mitad por tacañería, impuso doña Felipa este 



88 R. BLANCO-FOMBONA 

modus vivendi. Lo que poseía en inmuebles urbanos 
y valores públicos lo manejaba personalmente, 
prorrateando los intereses. Sólo que á Eva, en su 
calidad de hija de familia, no se le daba un cénti- 
mo, como no se le daba tampoco á Crispín, por 
tácita exclusión no protestada, y so pretexto aca- 
so de ganar crecido sueldo en la casa de Perrín. 
Quedaba Ramón, á quien se puso un comercio que 
hizo bancarrota y quien, en último análisis, era el 
más beneficiado, pues la vieja le quería con cho- 
chera y accedía á menudo á los apremios del 
mozo. 

Usaba Ramón la barbilla como aseguran que 
la llevaba Demóstenes, es decir, ni tan larga como 
Felipe II, ni tan corta como el general Boulanger, 
y terminando en punta. 

Era de porte airoso, parlanchín, embrollón, as- 
tuto, díscolo de genio y mendaz. Tenía pretensio- 
nes de business man, aunque salió siempre fallido 
en sus proyectos. 

Su mala fe, su espíritu de trampa, era casi 
morboso. Con cualquiera de los cien proyectos que 
fermentaban en su cabeza, hubiera honradamente 
hecho fortuna. Pero se sentía impulsado á la aven- 
tura, á la inconstancia y á la pillería. Ideaba su 
plan, engatusaba á alguien, le sacaba dinero, le 
robaba y desacreditaba el negocio y se desacredi- 
taba él mismo. Tal era el proceso de sus empresas. 
Había heredado de su madre aquel amor de planes 
donde corriera el dinero, aunque todo fuera en 
números, sobre el papel. No le faltaban á él trá- 
palas para embaucar á la vieja, quien agarrada 
por su flaco — la pretensión de pericia en punto de 
negocios — , se dejaba arrastrar, aunque á regaña- 
dientes, á los chanchullos de Ramón. Este andaba 
muy atareado á la sazón con un proyecto de fabri- 



EL HOMBRE DE HIERRO 39 

car cemento romano. El conocía las montañas de 
Caritativa, y por allí debía existir, ¡cómo no! piedra 
caliza aparente. 

Ramón explicaba el negocio á su madre. 

— El barril de cemento se vende en Venezuela 
de cinco y medio á seis pesos. A los importadores 
les cuesta una barbaridad en La Guaira, ó en 
cualquier otro puerto de la República. Pues bien, 
mamá; nosotros podemos fabricarlo por menos de 
dos pesos y venderlo por más de tres, sin temor á 
competencia. La competencia en tales condiciones 
sería imposible. De un golpe nos adueñamos del 
mercado. Y son millones, millones los barriles de 
cemento que se consumen por año en el país. 
A doña Felipa le brillaban los ojos. 

— ¿De veras? ¿Tú crees? 

— ¡Cómo que si creo! Tengo el punto muy estu- 
diado. 

— Bueno, ¿y la piedra caliza existe en Caritativa 
como tú piensas? 

— Sí existe; tiene que existir. ¡Dígame si conoce 
ré yo aquello! Allí abundan espatos. 

— ¿Abundan qué?... 

— Espatos, mamá; piedra calcárea. 

— Pero vamos á ver. ¿Cuánto presupones tú para 
el negocio? 

— Pues poca cosa. Nosotros no necesitamos ni 
podemos formar una compañía, Pero con la piedra 
caliza me voy yo á Europa, formo una sociedad 
extranjera, y ¡zas! asunto concluido. 

— ¿Una compañía extranjera para extraer pie- 
dra caliza en Cantauraí No comprendo. 

— No, mamá, no. Para venderle el contrato que 
haremos con el Gobierno. 

Doña Felipa empezaba á comprender. 

Lo que no comprendía ni podía comprender 



40 R. BLANC0-F0MB0NA 

doña Felipa era que toda la historia del cemento 
se reducía á que Ramón andaba loco perdido de 
una bailarina italiana, próxima á regresar á Eu- 
ropa, y que llamón había jijado seguirla. 

Ramón tronó. ¡Cómo! fío sabía doña Felipa 
que los venezolanos eran uijos carneros; que los 
capitalistas de aquí no aritesgan un céntimo en 
empresas; que la usura es lo único que los se- 
duce? 

Y luego, para lisonjear el amor propio de la. 
vieja, añadía: 

— Usted sabe mejor que nadie, usted, mujer de 
negocios, lo que son estas cosas. ¿No es verdad? 
Una compañía criolla está expuesta á que el Go- 
bierno le eche el guante y haga oficial la empresa. 

Y con tono de tragedia: 

— ¡Ah, nuestros gobiernos! La inmoralidad de 
nuestras costumbres políticas es lo que nos pierde. 
Aquí no hay patriotismo, ni honradez, ni nada. 

Doña Felipa exigía números; un presupuesto 
formal. Y su espíritu práctico sobreponíase pronto 
á su amor de lucro y á su amor de madre. 

—Una cósate aseguro. No cuentes con un cen- 
tavo hasta que yo no vea el contrato celebrado 
con el Gobierno. 

La vieja daba en la cabeza de la dificultad. 

— Pero, por Dios, mamá. ¿Está usted loca? — ar~ 
guía Ramón desesperado—. ¿Usted no comprende 
que eso sería la piedra de escándalo? Se alzarían 
cien ambiciones dentro del mismo Gobierno, y cual- 
quier magnate ó cualquier favorito nos birlaría el 
negocio, y nos enviaría á silbar iguanas. 

— Pero... 

— No, mamá; no haya peros. Esto lo debemos 
conservar entre usted y yo. Esto es nuestro, sola- 
mente nuestro: suyo y mío. Ni los hermanos mismos 



EL HOMBRE DE HIERRO 41 

deben saberlo. ¡Dígame usted si Joaquín se pone 
en la piedra caliza!... Cuanto á Crispín, es capaz 
de vender el secreto á Perrín y Compañía. 

Y tomando un aspecto desolador añadió: 
—Por Dios, seamos prudentes. 

Endulzando la voz, continuaba: 
— Usted ve que yo no pienso en m\ solo. Pien- 
so ante todo en usted. ¿Cree usted, por ventura, 
que yo habría comunicado mi secreto á otra per- 
sona? 

Doña Felipa, sardesca de suyo, fingía fácilmen- 
te, por habitud de su espíritu, amostazarse de aque- 
llas digresiones; pero en el fondo de su alma se 
bañaba en agua de rosas, lisonjeada y encantada' 
con tales candongas de Ramón. 

fAh, el perillán la conocía! 

Luego Eamón, lleno de honradas convicciones, 
empezó á sermonear dentro del orden de ideas de 
su madre, es decir, expresando lo que ella quizás 
pensaba en aquel momento. 

— Nunca son de más las precauciones. ¡Hay 
tanto pillo! Dígame usted si Perrín se pone en las 
montañas de Cantquva, donde abunda la piedra 
caliza... . 

Su pensamiento, como en sondaje de peligros 
probables, se detuvo en Crispín. Ese podía esca- 
motear á doña Felipa la fabricación del cemento, 
el contrato, la piedra caliza y las montañas de 
Cantaura, 

— Crispín, ya lo ve usted, mamá. Ha concluido 
por perder, por esa pazguata de María, el poco 
meollo que Dios le introdujo en el cráneo. 

Y dando otro giro á la charla empezó á contar 
los díceres de Caracas, á propósito de los recientes 
esponsales, de su hermano. A Crispín lo casaban 
por sorpresa. 



42 R. BLANCO-FOMBONA 

Según Ramón, á Crispín, como á los niños y á 
los orates, debía permitírsele ó no la más mínima 
de las acciones. 

— ¡Pobre Crispín! — dijo la madre — .Bástantelo 
he aconsejado, pero está ciego. 

—Si él nunca vio claro, mamá — concluyó sen- 
tenciosamente Ramón. 



VI 



La pieza de Crispín daba al patio, encuadrado 
de habitaciones, salvo á la parte Norte ó de entra - 
'da, donde había un corredor. Al fondo el comedor, 
tan ancho como el patio, y entre el patio y el 
comedor, un sardinel, de donde arrancaban trepa 
doras de corregüelas azules y de blancas madre 
selvas. Las trepadoras festoneaban una suerte de 
enramada fresca y umbría, refugio de la familia- 
durante las horas muertas, en las siestas ardo 
rosas. 

La ventana de Crispín caía al patio, y como los 
postigos permanecían abiertos de noche, las prime- 
ras luces de la aurora despertaban al durmiente. 

Esa mañana, al alba, abrió los ojos, y echán- 
dose á prisa de la cama, según costumbre, se dis 
ponía á bañarse para luego tomar el desayuno y 
correr al almacén, adonde llegaba el primero todos 
los días. 

Pero se detuvo un momento en la ventana, 
frente al jardincito del patio, en camisola de dor- 
mir, los pies descalzos, enfundadas las piernas en 
pantalones de desecho, los pantalones de levan- 
tarse. Así, en camisola, el cuello desgolletado y los 
brazos entre las anchas mangas, en la intimidad 
del dormitorio, su magra contextura parecía más 
raquítica, sus ojos más redondos, su nariz más de 
garfio, sus manos más huesudas. Se puso á pen- 



44 K. BLANCO-FOMBONA 

sar en su novia, en su matrimonio, y en que pron- 
to abandonaría quizás aquella casa donde nació y 
donde corrió su infancia. El fresco de la mañana 
le hizo toser y se arrebujó á la carrera en una 
bufanda que improvisó con un pañuelo de seda. 
Pero seguía tosiendo y mirando al jardín. ¡Con 
qué amor contemplaba aquel patio donde las co- 
loradas gladiolas parecían lanzas teñidas de púr- 
pura; aquel alegre patio donde florecían morados 
heliotropos y petunias, olorosas resedas y díame- 
las como pompones de blanco estambre; aquel 
patio de su hogar del que emergía, más alto que 
los demás aromas, el aroma tan respirado, tan 
conocido, tan de la casa, de los rosales y de los 
jazmineros, aroma que le hacía recordar su in- 
fancia! Y todo aquello lo abandonaría pronto. ¡Lo 
que es la vida! 

Para Críspín, espíritu misoneísta, de neofobia 
recalcitrante, maniático de método, en cuya vida 
las cosas de hoy se parecían á las de ayer y las da 
mañana á las de hoy, el abandono de su hogar,, 
acontecimiento máximo de su existencia, era una 
tortura. Aquel patio fué todo su horizonte, y ahora, 
de golpe, porque sí, iba á desprenderse de todas 
sus costumbres, de todas sus cosas familiares, como 
un bohemio. Volar de allí como un pájaro; arran- 
carse de aquellos muros, de aquel horizonte de-', 
cuatro tapias queridas; no respirar más aquel aro- 
ma de jazmineros y rosales; no percibir más las 
petunias, ni las gladiolas, ni las diamelas; no oler 
más las trascendentes resedas del jardincito domés- 
tico; no oir en lo futuro el canto délos canarios en 
sus jaulas de verada; no columbrar en lo sucesiva 
aquel naranjo, plantación del abuelo, aquel reto- 
ño hespérido, siempre verde y juvenil, propicio 
siempre como un lar; no sentir ni admirar el cho- 



EL HOMBRE DE HIERRO 45 

rro de la gárgola, el surtidor escarchando con 
temblorosos diamantes fúlgidos los nenúfares de 
la pila, en el centro del patio... ¡qué tristeza! 
¿Con qué llenar aquel vacío? ¿Y cómo sustituir 
aquellas cosas que pronto morirían para él y que 
tanto lugar ocupaban en su alma? ¿Por qué recor- 
dó la escena de una tarde, en su infancia? ¿Por 
qué no se había borrado de su memoria aquel re- 
cuerdo? ¿Por qué lo evocaba ahora? 

Lo cierto es que, como si él no hubiese sido uno 
de los actores, el protagonista del pequeño drama, 
lo veía claro en esta mañanita, claro como si estu- 
viese actualmente sucediendo, como si estuviese 
sucediendo á otras personas. Seis niños, cuatro 
varoncitos y dos hembras, juegan en el patio de la 
casa y forman una algarabía de mil demonios. 
Juegan al gárgaro. Chicos y chicuelas corren para 
no dejarse alcanzar de aquel de los muchachos que 
hace de gárgaro. El primero á quien éste alcance, 
fuera de una ventana neutral, el descanso, es á su 
turno gárgaro, Los muchachos se desperdigan por 
corredores y patio, y burlan al perseguidor, que ya 
á punto de asir á alguno se le escabulle de entre 
las manos. Otro, de escarnio, tira fuera un palmo de 
lengua, mientras gira en el torno de la pila central, 
cuyo bullente surtidor refresca el aire y en cuya 
taza florecen en cardumen los nenúfares blancos. 

Én el corredor, en sendos butacones, el padre 
y la madre; la madre, un libro abierto en las ma- 
nos, olvida la lectura á instancias del papá, por 
mirar las travesuras y las picardihuelas de sus 
hijos. Imposible leer con aquella grita. Es una 
señora joven aún, prematuramente marchita por 
la maternidad, la negra cabeza erguida, los redon- 
dos, llameantes ojos, pardos y duros; y á pesar de 
la boca sonriente, un ceñito de firmeza. Cuando 



46 R. B¡,ANC0-F0MB0NA 

menos se esperaba, nuevo adalid entra en liza: 
Leviatán, perrazo enorme de Terranova, negro y 
revoltoso, que echa á correr detrás de los chicos 
como si fuera otro muchacho. Los niños olvidan el 
gárgaro, y se ponen á jugar con el mastín. Agrá- 
panse en torno del animal, y le encaraman encima 
á uno de ellos, que en vano protesta contra la arbi- 
traridad. El animal corre con el niño en el lomo,, 
que se agarra de las lanas, muerto de miedo; corre 
como si llevara encima una flor. De pronto uno de 
ios muchachos, el mayor, se acerca al perro y le : 
clava un alfiler en el rabo. La hermosa bestia 
exhala un alarido, vuélvela caray muerde. El den- 
tellado jinete lanza un grito y cae al suelo llori- 
queando. 

— ¿Qué es? — pregunta la señora, la madre. 

Y el mayorcito, muerto de risa y como si fuese 
la cosa má3 natural del mundo, exclama: 

— ¡Qué va á ser! Que el perro ha mordido k 
Cris pin. 

Aquel recuerdo, ahora, le duele más que el mor- 
disco y la caída de antaño. 

Y Crispín continúa pensando, con melancolía, 
en que él abandonará pronto el hogar, cofre de 
todas sus más caras remembranzas. ¿Pero no lo 
abandonaron también, ¡ay! para siempre, su padre 
y las dos hermanitas? Y Joaquín y Rosendo, ¿no se 
casaron? ¿Por qué habría de serle á él más doloroso 
que á los demás salir de aquel caserón? 

Cuando volvió de sus meditaciones: «¿Pero qué 
es, Dios mío, qué me pasa? —dijo mentalmente — . 
Ya son las siete.» Se bañó en un santiamén, se 
desayunó de pie, se vistió á la carrera, y cuando 
sonó la última campanada de las ocho, ya Crispín 
garrapateaba letras y números en su escritorio da 
la Casa Perrín & C. a 



VII 



Se puso á la tarea, el alma ausente, contra su 
costumbre. Si pudiesen leer dentro de Crispín sus 
compañeros de almacén, verían cómo aquellos 
cinco sentidos y tres potencias que él aplicaba' á 
la menor operación aritmética ó á la más simple 
carta, erraban hoy, ¡quién sabe por dónde! Rompió 
el borrador de una carta cuenta para un cliente 
del interior de la República; volvió á escribir y 
volvió á romper. Decididamente se idiotizaba. 
«¿Qué es? ¿Qué tengo? Esperaré al señor Perrín, le 
hablaré de mi matrimonio, invocaré mis servicios 
en la casa y pediré aumento de sueldo. ¿Por qué 
rio? Es lo más natural. Aquí se mejora justiciera- 
mente á todo el mundo. Yo mismo soy un ejemplo. 
La casa tuvo siempre deferencia por mí. El señor 
Perrín descansa un poco su confianza en mi labo- 
riosidad. Me siento fuerte en el ánimo y en la esti- 
mación de mi jefe. Es lo más natural que le exija 
mayor mesada cuando mi vida va á cambiar y con 
mi vida mi posición y mis gastos.» 

Le parecía muy natural, y lo era en efecto, 
dirigirse al jefe, cuyo brazo derecho le sería 
menos útil que Crispín, y pedirle más liberal re- 
muneración en vista de las circunstancias. Pero 
Crispín, en el fondo orgulloso, era tímido á fuerza 



48 R. BLANCO-FOMBONA 

de orgullo. Se torturaba con la idea de una evasi- 
va. Y retrocedía ante la imagen del señor Perrín, 
diciéndole á él, al brazo derecho: «Señor mío, no 
es posible aumentar el sueldo de usted.» Y luego 
todo el mundo lo sabría. Y ya perdería él' la mitad 
de su prestigio ante los empleados, porque verían 
que al jefe se le importaba un bledo amputarse el 
brazo derecho; ante el mismo señor Perrín, porque 
lo consideraría como un sórdido egoísta, sin inte- 
rés por aquella casa que, sin embargo, quería 
como propia, por aquel escritorio al cual se senta- 
ba hacía tanto tiempo, por aquellos negocios que 
él, gracias á una ilusión, imaginaba también su- 
yos, acaso por la costumbre de escribir álos clien-* 
tes: nosotros, etc. 

Pero de pronto pensó en su novia, y en que 
el árbol del hogar pimpollecería. No quiso pensar 
ahora en la herencia de su madre, porque á esta 
idea se asociaba la de la muerte de la anciana, y 
porque prefería contar con el esfuerzo de su brazo 
por único sostén de la familia que iba á fundar, y 
como siempre, tuvo alta conciencia del deber ante 
el espectáculo de arrancar una mujer, so pretexto 
de amor, á las comodidades domésticas para ha- 
cerla padecer privaciones, y ante la idea de echar 
hijos al mundo sin tenerles asegurada la subsis- 
tencia, toda su hombría de bien se rebeló. «Le ha- 
blaré—se dijo — , suceda lo que -suceda.» 

Entretanto cada cual, en la casa, ocupábase en 
sus tareas. 

Aquel mundo era un cosmos aparte, con sus 
personajes, sus amores, sus odios y sus opiniones 
especiales. Había muchos empleados, en los distin- 
tos departamentos, separados unos de otros por 
barandajes de cedro con columnitas labradas, den- 
tro de un mismo largo salón, cuyas puertas y ven- 



EL HOMBRE DE HIERRO 49 

tanas á una mano cobijábanse con marquesinas 
de cretona, listadas de crudo y de rojo para res- 
guardo del sol, en los días caniculares; á la otra 
mano corría por todo el largo del salón una mam- 
para de tela metálica verde. 

Entre los empleados los había ingleses, alema- 
nes, curaeoleños, venezolanos, é hijos venezolanos 
de padres extranjeros. Se oían distintos idiomas, y 
á veces un español como hablado por loros. Para 
aquel mundo no existía nada más noble que el 
comercio, ni nada más vil que el gobierno, cual- 
quiera que fuese. A los periodistas les llamaban 
ganapanes, á los literatos los juzgaban ociosos y 
viciosos, dispuestos á todo, hasta ponerse en ridí- 
culo en prosa y en verso, antes que á trabajar. De 
los militares no esperaban sino la traición y la 
cobardía. Pero el grupo de los políticos era lo que 
más desdén merecía del microcosmos comercial. 
Cuando se reíerían á algún personaje oficial, de- 
cían: «Ese ladrón.» Y para significar la propia 
honradez, nunca puesta á prueba, y para diferen- 
ciarse de los hombres públicos, se expresaban con 
esta fórmula: «Nosotros los que vivimos de nuestro 
trabajo.» «¡ 

Cuanto á opiniones políticas, todos eran con- 
servadores, y respecto á ideas religiosas, las ha- 
bía varias, como los distintos credos que profesa- 
ban, y,era el único punto en que todos hacían gala 
de tolerancia. 

El peor, el que más odiaba todo lo que no fuera 
€omprar y vender, cobrar y pagar, era el cajero, 
de treinta y seis á treinta y siete años, el pelo co- 
lorado, de pizarra los hundidos ojos, un costurón 
en la mejilla izquierda, chiquitín, de cuerpo tan 
ridículo como su rostro y tan feo como su alma. Se 
llamaba Schegell, y era hijo de una venezolana y 



50 Ri BLANCO-FOMBONA 

de un alemán. Pero nadie con más sinceridad que 
él odiaba á Venezuela. 

—Usted es un caso raro — le decían sus compa- 
ñeros de almacén—. Los hijos de extranjeros son 
aquí los mejores patriotas. Recuerde la indepen- 
dencia. Los descendientes de españoles fueron los 
que hicieron la patria. 

— ¡Qué patria! ¡No me hablen de patria! Yo com- 
prendo que se tenga orgullo de haber nacido fran- 
cés, ó inglés, ó alemán. En ser ciudadano de los 
Estados Unidos. Pero ¿con qué cara dice uno: «¡Yo 
soy venezolano!»? ¿Qué significa, vamos á ver, ser 
venezolano? Pertenecer, ni más ni menos, á una 
tribu de cafres... 

Ya todos estaban acostumbrados á aquellas 
diatribas. Los extranjeros reían y los nacionales 
no paraban mientes en Schegéll. Crispín era el 
único que lo tomaba en serio, y se enfurruñaba á 
menudo con los vituperios del cajerito viperino. 

— No debe de ser tan despreciable, señor Sche- 
géll — decía exaltándose — el pueblo que ha pro- 
ducido á Bolívar, á Miranda y á Sucre. 

A Schegéll le sofocaba el deseo de añadir: «Sí; 
pero también lo ha parido á usted; y usted es aquí, 
hoy, casi todo el mundo.» 

Callaba, sin embargo. Dentro del almacén, 
Crispín era un personaje; como se le sabía un tra- 
bajador, se le consideraba. Sólo el pequeño Schegéll 
pensaba, y á veces decía, que en el fondo no era 
Crispín sino un gaznápiro y un hipócrita. 

Al golpe de las diez aquella mañana entró de 
la calle el señor Perrín, hombre como de cincuen- 
ta y tantos años, rechoncho, gordinflón, cargado de 
espaldas, la nariz gruesa y colorada^ azules los 
ojillos vivaces, calva la frente, y una melenita 
crespa y rubia hacía el occipucio. Los rizos, largos, 



EL HOMBRE DE HIERRO 5i 

bailoteaban en las espaldas, y parecían surgir de 
la giba, manchándola de grasa y de caspa. Nació 
en Curagao, de un inglés y de una holandesa. Allí 
se estableció muy joven, é hizo dinero contraban- 
deando en Coro y Maracaibo, y vendiendo fusiles á 
los eternos revolucionarios de Venezuela asilados 
frente á las costas de la República, en aquella isla 
que tanta falta debe de estar haciendo, con todos 
sus habitantes, en el fondo del mar. El juego de 
Perrín era claro. ¿Había paz en Venezuela? Se de- 
dicaba al contrabando. ¿Había guerra? Mercaba 
fusiles y pertrechos á la revolución. Si ésta fracasa- 
ba, ya él tema en caja sus monedas; caso de triun- 
far, él aparecía como un benemérito de la causa, 
y demandaba contratos y regalías, que á menudo 
le otorgaron. 

Con una de estas revoluciones triunfadoras vino 
él á establecerse en Caracas. A la sombra de esa 
revolución, ya eu el Capitolio, Perrín llevó á tér- 
mino pingües manejos y realizó proyectos de cuan- 
tía, y ya viento propicio no dejó de hinchar la vela 
á cuyo impulso hendía su nave audaz y fortunosa 
la mar en calma. 

Sonó el timbre de llamato en el escritorio de 
Crispín. Este se apresuró á tomar un cartapacio, 
donde introdujo á la carrera dos ó tres papeles 
más, y á la carrera salió hacia el despacho del se- 
ñor Perrín. Al despacho daba acceso una puerta de 
resorte, con batientes forrados en reps verde. 

El Nabal — como apellidaba doña Josefa Li- 
nares á Perrín, en recuerdo del Nabab de Al- 
fonso Daudet — , calados los lentes de oro y enju- 
gándose con el pañuelo de seda la frente, leía un 
pliego, y no se dignó siquiera alzar la vista á la 
entrada de Crispín. Este se detuvo y permaneció 
en pie delante del escritorio. El escritorio era bajo, 



52 R. BLANCO-FOMBONA 

cuadrado, lleno de cajones laterales y cubierto de 
papeles, todos en orden. A la siniestra mano del 
escritorio había un mueble de gavetas con rótulos. 
Encima del mueble un retrato del Libertador veía 
de soslayo á una reina Victoria, en marco dorado, 
que erguía su obesa persona sobre la persona no 
menos obesa del señor Perrín. A la otra mano 
había ún estante con anaqueles y plúteos. En los 
anaqueles enfilados lucían su tafilete obras de 
derecho, varios tomos de recopilación de leyes y 
decretos de Venezuela, un atlas, un volumen con 
los distintos aranceles dictados en la Eepública y 
voluminosos diccionarios. 

A ambos lados del estante, dos grabados se des- 
tacaban de la tapicería roja con flores de lis de oro 
pálido. Los grabados representan: uno á la reina 
Emma de Holanda, otro al príncipe de Gales. Las 
sillas y el sofá de baqueta, muy cómodos, parecían 
esperar cuerpos de perezosos. Sobre el sofá, á la 
izquierda del escritorio, en el centro de la pieza, 
el sol de las ventanas abrillantaba una copia, en 
marco de cedro, de un paisaje de Hobbema ó de 
Wynants. 

— ¡ Ah! ¿Es usted, señor Luz? — dijo el viejo Nabab 
alzando por fin la cabeza, y como si no supiera que 
hacía diez minutos que lo tenía por delante. 
Y luego, sin esperar respuesta: 

— ¿Vino el abogado?— preguntó. 

— Sí señor; vino. 

— ¿Pero estuvo en el tribunal. 

— Sí señor. 

—Bien. ¿Qué hay del asunto de las haciendas? 
Crispín empezó á dar cuenta. 
Escrupuloso como nadie, incapaz de coger un 
alfiler ajeno, pero imbuido de aquel espíritu co- 
mercial de injusticia y de picardía, según el cual, 



EL HOMBRE DE HIERRO 53 

desde el primer cambalache que hicieron loe hom- 
bres, el talento consiste en explotar la necesidad 
ó la impericia de aquel con quien se negocia, 
Crispín celebraba quizás en su fuero interno como 
golpe de habilidad y discreción el caso de las ha- 
ciendas. Se trataba de una familia rica venida á 
menos. Estas fincas, vendidas á la casa con pactos 
de retro en momentos de apuro, los dueños las 
perdían ahora por la quinta parte de su valor. 
Perrín había sido inflexible. Pero por una especie 
de pudor tardío, y sin que nadie le interrogara, 
empezó á decir: 

— ¡Qué! ¿No sabe la gente á lo que se expone 
cuando retrovende una finca? Pues bien; así como 
tomaron mi dinero cuando lo necesitaron, cojo yo 
las fincas, vencido el plazo. Lamento que no pu- 
dieran rescatarlas. Lo lamento como particular. 
Pero como hombre de negocios, como Perrín & C. a , 
comprendo que con lamentaciones no se llega 
lejos. ¿No es así, señor Luz? 

— Así es — repuso Crispín con convicción.. 

— Por otra parte — siguió el viejo—, esto no es 
un brillante negocio. Esto quita tiempo, y luego 
los gastos... 

Se interrumpió y se puso á jugar con una ple- 
gadera, meditando. 

Crispín pensaba en el aumento de sueldo. A 
pesar de su resolución no se atrevía. No; no era 
oportuno ahora. 

El señor Perrín preguntó: 

— ¿Han venido los administradores? 

— ¿Los administradores?... 

— Sí, hombre — dijo Perrín con impaciencia — , 
los recomendados de Fitz para mayordomos. 

— ¡Ah! — repuso Crispín — ; deben de ser entonces 
esos hombres que esperan en el corredor. 



54 R. BLANCO-FOMBONA 

— Hágalos entrar uno á uno. Y déjeme solo. 

Entró un hombre de aspecto burdo, por las tra- 
zas un campesino. El señor Perrín le sonrió ama- 
blemente y lo hizo sentar junto á sí. 

Trataron poco, sin embargo, Al rústico no le 
gustaron las proposiciones de Perrín, y como no 
era ni un casuista ni un retórico, no encontrando 
lo que buscaba, en vez de argüir y sofisticar calló 
y se fué. 

«Es un animal», pensó el viejo, é hizo entrar 
á otro. También salió al cabo de minutos y penetró 
un tercero. 

Este charro era más joven que los anteriores, y 
más charlatán. Sabía trabajar, sí señor; y como 
honrado ninguno le ponía el pie delante. Sostenía 
á su madre, á su mujer, á sus tres hijuelas y á la 
familia de un hermano tullido. El señor Fitz sabía 
cómo fué mayordomo en La Cañada por años. El 
tenía recomendaciones. Y en el comercio tampoco 
le faltaban conocidos. La casa de Hellmund sabía 
quién era José Lugo. 

El Nabab lo dejaba decir, estudiando á su 
hombre. 

— Amigo Lugo — expresó á la postre — , yo se quién 
es usted. El señor Fitz me ha hecho especiales re- 
comendaciones de su competencia y de su honra- 
dez. Cuanto á mí, usted me gusta; y como somos 
hombres prácticos, vamos al grano directamente. 
Quería encargar á Lugo como administrador de 
una de las haciendas. 

— Usted las conoce, ¿no es cierto? 

— ¿Cómo que si las conozco? Supóngase que... 
El palurdo iba á seguir charlando; pero Perrín 
lo interrumpió esta vez: 

— ¿Cuál de las dos le gustaría á usted? 

— La Florida — repuso el alárabe sin vacilar. 



EL HOMBRE DE HIERRO 55 

— ¿En cuánto la valora usted, amigo Lugo? 

— Pues yo... — dijo el zambombo, sin decir nada, 
mientras se rascaba la cabeza, como si quisiera 
arrancarse las cifras con las uñas. 

— ¿Entre dos amigos vale quince mil pesos? 

— Los vale. 
Aquí Perrín arrimó un poco más su sillón al 
asiento del campesino, se puso muy serio y le dijo, 
como en confidencia, al pobre diablo: 

— Pues bien, amigo Lugo. Esa finca será de 
usted. 

Y empezó á explicarle cómo, dándole sabor de 
miel á sus palabras y tinendo en rosa las tortuo- 
sidades y oquedades de su< pensamiento. El rústico 
no entendía bien; pero entendió, y eso bastaba, 
aquella promesa de Mefistófeles, según la cual, á 
vuelta de pocos años, la hermosa finca pasaría del 
ricacho á propiedad del pobrete labriego. 

Según Perrín, la cosa era clara. Lugo se encar- 
garía de la hacienda, amortizando anualmente la 
deuda de quince mil pesos, tasa de la finca. Sólo 
que los intereses, muy leoninos, no se cobraban, 
. é irían capitalizándose á su turno, y haciendo 
impagable, eterna, aquella suma de quince mil 
pesos, que el pobre hombre no había recibido. Lugo 
firmaría, pues, con el contrato, un pacto de escla- 
vitud, obligándose á trabajar y hermosear la finca 
que pensaba poseer un día, en puro beneficio de la 
casa Perrín. 

El rústico salió radiante. 

Volvió á sonar el timbre en el escritorio de 
Crispín. Este se presentó de nuevo con su carta- 
pacio. 

Los lentes de oro cabalgaban sobre la gruesa 
nariz roja. El pañuelo de seda enjugaba la sudoro- 
sa y resplandeciente calva. 



56 R. BLANCO-FOMBONA 

«Llegué oportunamente», pensó Crispín; y re- 
cogió en haz todas sus fuerzas y todas sus auda- 
cias para tratar el punto del sueldo. Pero el Nabab 
pasó de nuevo su pañuelo de seda por la frente, se- 
gún gesto habitual, y dijo con laconismo: 

— Ponga usted lo que haya para la firma sobre 
el escritorio. 

Y tomando el flamante sombrero de copa y su 
bastón palo de oro, la contera reluciente y por 
pufio un redolín de metal, salió de estampía. 



VIII 



Varios días corrieron y Crispín Luz no hallaba 
el momento oportuno de abordar al terrible señor 
Perrín. Aquel diablo de, hombre, siempre de apu- 
ro, siempre maquinando planes supramercantiles, 
siempre en destilación de la quinta esencia de la» 
especulaciones; aquel hombre, á quien no le bas- 
taba el proveerse en los mercados de Europa y 
surtir á los comerciantes menores; aquel hombre, 
cuya casa— á semejanza de ciertas tabaquerías 
de Filadelfia ó de ciertos cafés de Amsterdán, en 
donde en las trastiendas hay un burdel — no era 
simple comercio, sino campo donde se lanzaba él, 
con voluptuosidad de equilibrista y aplomo de acró- 
bata, en toda suerte de combinaciones bursátiles y 
extrabursátiles; aquella voluntad inteligente y tra- 
viesa, en actividad siempre, imponía á Crispín, al 
punto de que las más atrevidas resoluciones del 
pobre mozo se estrellaban ante la calva resplan- 
deciente de Perrín. 

Pero Crispín Luz poseía como ninguno la ener- 
gía de la paciencia, la táctica del gato que se acu- 
rruca enfrente del agujero por donde irremisible- 
mente saldrá el ratón. Sólo que él carecía de la 
acometividad, de la destreza y de la intención del 
felino. Cuando el ratón le pasa por delante no le 
brinca encima, sino espera el regreso, y ya de 



58 R. BLANCO-FOMBONA 

retorno el roedor, difiere aún el atraparlo, como 
más oportuno, para nueva salida. Y sigue espe- 
rando... 

Pero el amor se le metió en el alma con tanto 
empuje, prestándole tan desusados bríos, que Cris- 
pín abordó á la postre al señor Perrín. Tal mo- 
mento fué á la verdad propicio. La casa había 
suministrado fondos á un ministro de los de la 
última hornada, para comprar ciertos valores que 
estaban por el suelo y que el gobierno haría su- 
bir á las nubes con un mero decreto. Perrín com- 
pró, naturalmente, por una gruesa cantidad de 
dichos valores. El decreto acababa de salir y Pe- 
rrín embolsaba de la noche á la mañana un millón 
<ie bolívares. Todo el almacén lo sabía y cada uno 
de los empleados consideraba aquel triunfo de 
la casa como propio, enorgulleciéndose del jefe, 
de aquel experto Perrín cuya barca no encallaba 
sino en bancos de coral ó en fabulosos placeres 
de perlas. 

El señor Perrín, además, estaba aquel día muy 
amable. Hasta se permitió interesarse por Crispín. 

—¿Conque se nos casa usted, señor Luz? 

— Sí señor; me caso. 

—Hace usted bien, amigo mío; es un tributo que 
debemos á la sociedad. ¿Usted no es enemigo del 
matrimonio, señor Luz? ¿Ni en principio, eh? 

—¿Yo, señor? Puesto que me caso... 

— No; esa no es razón. Hay quienes se casan sin 
curarse del vínculo. Unos por dinero, otros por 
sensualismo, otros por seguir la corriente. 

— Pero yo me caso por amor. 

— ¿Por amor? — dijo Perrín, sin poder disimular 
una sonrisa—; ¿por amor? Eso es muy' peligroso. 
Mire usted; hace poco leí en El Cojo Ilustrado un 
artículo de un joven de Caracas, á quien usted 



EL HOMBRE DE HIERRO 59 

debe de conocer. Se llama Paulo Emilio ó Pedro 
Emilio Coll. Este caballerito citaba á Nietzsche, 
una cita de veras curiosa que me hizo comprar y 
leer al autor citado. Y me encuentro con que este 
autor opina que á los enamorados no debiera per- 
mitírseles dar un paso de tal trascendencia como 
el matrimonio mientras no termine el enamora- 
miento, que es una especie de locura. Y tiene ra- 
zón. ¡El acto más serio de la vida efectuado por 
locos! Vea usted las consecuencias. 
Y riéndose con risa franca, añadió: 

— Yo, como su paisano de usted don Tomás 
Michelena, pienso que debieran hacerse entre los 
cónyuges ensayos de cinco años. 

— Pero eso sí sería una locura— insinuó con fir- 
meza Crispín — . ¡Qué sería de la virtud, del pudor, 
de la sociedad! 

Perrín se pasó el pañuelo de seda por la augusta 
frente, y por única respuesta, dijo: 

— Lea á Nietzsche. ¿Ha leído usted á Nietzsche? 

— No. Es autor prohibido. Creo que está en el 
índice. 

Perrín pensó de seguro algo muy triste y des- 
favorable respecto de Crispín. No quiso insistir, 
sino que, recordando á la mujer con quien iba á 
casarse el joven, lo cumplimentó: 

— Se lleva usted una muchacha preciosa, pre- 
ciosa. Es amiga de mis hijas, como usted sabe. La 
conozco bien. 

Crispín Luz hizo un esfuerzo sobrehumano y se 
aventuró á tocar el punto. 

— A propósito de mi matrimonio, señor Perrín... 
yo... 

Pero como no continuaba, el comerciante inte 
rrogó, para sacar al mozo las atarugadas palabras: 

—¿Usted, qué? 



60 R. BLANCO-FOMBONA 

— ...Yo... desde hace días quería decirle algo á 
usted... 

— Dígalo, pues — repuso Perrín, ya impaciente. 
Entonces Crispín sin detenerse, como á quien 
empujan, á su pesar, expuso su petición: 

— Pues yo quería pedir á usted aumento de 
sueldo. 

Y se quedó mudo, vacío, como si hubiese olvi- 
dado toda idea y el modo de expresarlas. Perrín lo 
sacó de la atonía, exclamando: 

— ¡Cómo no! Es muy justo. ¡Y yo que no había 
pensado! ¿Usted gana seiscientos bolívares men- 
suales, no es así? Pues bien; desde el primero del 
mes entrante ganará ochocientos. 

Cuando salió del despacho, Crispín iba radiante 
de alegría, lleno de ternura hacia todas las cosas 
y dispuesto á dejarse sacrificar, si fuera menester, 
por la caspa y la grasa que se desprendían de los 
temblones crespitos rubios del señor Perrín. 

Cuando á la noche entró en la sala de las Lina- 
res, Rosalía conoció al punto el júbilo del joven. 

— Usted trae alguna buena noticia. Usted está, 
muy contento. A ver, cuéntenos. 

Y se le aproximó, como si la novia fuese ella y 
no María. 

No estaban en el salón sino la novia de Crispín, 
en la ventana, acodada en un verde botella cojín 
briscado; la señora Linares, que leía á la luz de 
una lámpara, en un ángulo, una recién comprada 
novela de Bourget, Mentiras; y en el sofá central, 
Adolfito Pascuas y Rosalía, arrullándose como dos 
tórtolas. 

Crispín fué á sentarse en el otro poyo de la ven- 
tana, enfrente de María. La empezó á decir á me- 
dia voz cosas dulces, naderías apasionadas y en- 
cantadoras de esas que saben murmurar los poetas 



EL HOMBRE DE HIERRO 61 

y los enamorados, y sacando del bolsillo una cajita 
con lazos de seda color de rosa, se la puso en las 
manos. 

—Gracias, Crispín. 

Por la acera pasaba en ese momento y saludaba 
con ceremonia el boquirrubio jovencito que tardes 
atrás lanzó á aquella misma ventana un ramo de 
violetas blancas. 

La cajita con cintas de seda rosada cayó al 
suelo. 

Crispín se apresuró á recogerla. Y se la entregó 
diciendo: 

—¡Qué feliz soy, María! . 
Y se puso á referirle que el señor Perrín le au- 
mentaba el sueldo. Era menester fijar ya fecha 
para el matrimonio. 
— ¿No te parece, María? 
— -Sí; como tú quieras. 



IX 



A la luz de los arcos voltaicos, modestas lunas 
de Avenida, vía láctea de soles urbanos, larga fila 
de coches sube por el bulevar Este del Capitolio 
y se detiene ante la puerta del Concejo Municipal 
de Caracas, ancha puerta lateral del cuadrado é 
inmenso edificio que además del Concejo contiene 
la Gobernación, Tribunales del distrito y el cuar- 
tel de policía. 

Del primer coche echan pie á tierra Crispín 
Luz, muy enfracado, y María con su velo y sus 
azahares de novia. De los demás coches descien- 
den personas conocidas, ellos y ellas de gala. A la 
derecha, en el vestíbulo, un esbelto reloj dorado 
marca las nueve y media. Pasado el umbral, la 
concurrencia, detrás de los novios, tuerce á la 
izquierda, asciende una corta gradería y se des- 
parrama por los asientos de damasco, enfrente y 
á ambas manos de la mesa de los munícipes. El 
salón, profusamente iluminado por manojos de 
bombillas eléctricas, es un paralelógramo cuya 
tapicería mural exornan retratos al óleo, en anchas 
cañuelas doradas de proceres de la Independencia 
y de ex presidentes de la República. Mírase colgan- 
te de la pared, en urna de cristal, el viejo pendón 
guerrero del conquistador Pizarro, traído por Bolí- 
var del Perú; y al fondo, y ocupando todo el ancho 



EL HOMBRE DE HIERRO 63 

del muro, el gran cuadro de Martín Tovar y Tovar, 
El acta de Independencia, el señorío de Caracas, 
los patricios de casi tamaño natural que firman el 
5 de Julio de 1811 la creación de la República. Se 
destacan del enorme lienzo el marqués de Ustáriz, 
que pasa la pluma á otro patricio, y la bella y 
heroica persona de Francisco de Miranda, aquel 
bohemio glorioso, filósofo, militar y muy hombre 
de mundo, una de las figuras más interesantes del 
siglo XVIII, que supo hacerse amar de Catalina 
de Rusia, que batalló en el Norte junto á Washing- 
ton y á Lafayette, que mendigó de corte en corte 
apoyo para la libertad de las Américas, que escapó 
del Tribunal revolucionario de París para ir luego 
á morirse y á ver quemar sus Memorias en los 
calabozos africanos de España. 

La ceremonia fué breve. Firmaron ios novios 
el contrato matrimonial, firmaron los testigos, y 
quedó unida la pareja ante la sociedad. Mientras 
María firmaba, Rosalía, casada un mes antes, decía 
á su esposo: 

—Es la ultima vez que firma con su nombre de 
soltera. 

— Sí — repuso Adolfo fijándose en la mano tem^ 
blorosa de María — ; esta noche pierde su nombre. 

—Pues mira, chico— observó Rosalía— , no será 
lo único que pierda esta noche. 

Poco después los trenes, partidos á gran trote, 
llegaban á la casa de la novia. Se cumplimenta- 
ba á María, cuyas pálidas mejillas se coloreaban 
de una sincera púrpura de emoción. Blanca, er- 
guida, moldeado su finísimo cuerpo por el traje 
de novia con sus azahares y su velo, animada 
por el bullicio, por el Champaña y por la tras- 
cendencia de aquella hora suprema de su vida, no 
tenían sus grandes ojos pardos la languidez de 



64 R. BLANCO-FOMBONA 

costumbre, ni su cara la expresión de melancolía 
que le era habitual. Se puso á repartir los simbóli- 
cos azahares, del brazo de su esposo, con intención. 

El carininío boquirrubio, el jovencito de las 
violetas blancas, se acercó á la pareja. María lo 
vio con indiferencia cara á cara. Pero mientras 
Crispín se entretuvo un instante con la sandun- 
guera personita de Ana Luisa Perrín, que le co- 
municaba quién sabe qué nadería con aspecto 
muy grave, el caballerito de las violetas se atre- 
vió á deslizar una osada frase, en voz casi natural, 
frase que se ahogó en el tumulto y que se intro* 
dujo en la orejita blanca de María, turbando á la 
joven un momento. Arrastró á su marido cari- 
ñosamente: 

— Ven, Crispín. 

Y salieron hacia el corredor. Allí se empezó á 
rifar el bouquet de la novia. 

En los rostros de las muchachas casaderas se 
pintaba el anhelo, apenas disimulado, de sacárse- 
lo, pues creían firmemente muchas de ellas, á pesar 
de las decepciones constantes, que la muchacha á 
quien la suerte favorece con el bouquet nupcial, 
favorece también con el marido, antes del año. 

Doña Josefa Linares paseaba de un lado á otro, 
obsequiosa y sonreída, sus siete arrobas. 

— Es un buen augurio— le decía á otra señora, 
refiriéndose al presagio del bouquet—. Es buen au- 
gurio. Yo soy como los romanos: creo en los au- 
gurios y en los sueños. 

La otra señora creía también en los sueños, 
sobretodo en los malos sueños/Cierta amiga de 
ella soñó que su esposo había fallecido en Europa, 
donde viajaba, y por el primer paquete le llegó la 
noticia. 

— Había muerto la misma noche del sueño —re- 



EL HOMBRE DE HIERRO 65 

petía la señora con temblorcitos de voz, como si 
ella también estuviese amenazada de viudez — . La 
misma noche del sueño. 

Por allí cerca otra dama interrogó á la que aca- 
baba de referir la historia del sueño y del muerta: 

— ¿Entonces usted cree en la telepatía? 
Un poco más lejos el señor Perrín juraba á 
doña Felipa que su hijo de ella era la más sólida 
columna de la casa Perrín y C. a El, Perrín, se sen- 
tía feliz con aquel matrimonio. Crispín era una 
joya, «un modelo». 

— Y eso que usted no conoce á Ramón — dijo 
doña Felipa. 

— ¡Cómo no he de conocerle! 

— Digo, no lo conoce á fondo. Ramón es muy 
avispado. Yo se lo aseguro. Ese irá lejos. 
Perrín se tornó sentimental. 

— ¡Ah, los hijos! ¡No saben lo que nos cuestan! Y 
luego, cuando pudieran empezar á resarcirnos, se 
nos van, se casan. ¡Esa es la vida! Ya usted ve 
mis tres muchachas... El día menos pensado, ex- 
traños se las llevan. 

Perrín hablaba por decir algo, por charlar, por 
pasar el rato. Sus hijos, sus tres hijas, no le pe- 
saban; pero de que casaran ó no, más ó menos 
pronto, se le daban á él tres pitos. No eran mer- 
cancía que pudiera averiarse. Por lo menos él no 
lo creía. 

Doña Felipa, que oía con indiferencia, porque 
eu nota no era la sentimental, aprovechó la ocasión 
de zaherir á alguien, con cualquier pretexto. 

— ¡Cómo! ¿preferiría usted que sus niñas se que- 
daran solteras... como las Luzardo? — dijo señalan- 
do con un gesto hacia un rincón, dos cuerpos volu- 
minosos, dos sacos de tocino, de que nadie hacía 
caso, junto á otro saco de tocino maternal. 



66 R. BLANCO-FOMBONA 

¡Ay, si la hubieran oído aquellas terribles solte- 
ronas! ¡Comparadas con dona Felipa, ésta aparecía 
como un espíritu manso, un temperamento concilia- 
dor, una persona benévola! Allí se estaban en sus 
poltronas, solitarias como islas. 

Entre la ponzoña de sus lenguas y de sus inten- 
ciones, entre su eterna actitud de pújiles, dispues- 
tas siempre á romper lanzas por un quítame allá 
esas pajas, entre las Luzardo y la concurrencia 
estableció ésta un cordón sanitario de indiferen- 
cia. Y allí se estaban repantigadas en sus poltro- 
nas, solas, aisladas, en cuarentena. 

Doña Felipa, que las acababa de indicar á Pe- 
rrín como abominables paradigmas de soltería, 
volvíase hacia la señora Linares, tan regocijada, 
tan bonachona, tan diferente, volvióse con espíritu 
de embestida, é irónica de admiración expresó: 

— Para matrimonios, Josefa. ¡Dos bodas en un 
mes! ¡Caramba! ¡Es triunfo! 

El ramillete de la novia se lo acababa de sacar 
Eva Luz, la sola de las muchachas que no tenía 
galanteador oficial. Muchas se rieron. Y una dijo: 
— Como no se case con Perrín, que es viud¿... 

Pero Ana Luisa Perrín, sotto voce, por supues- 
to, tomó la cosa por lo trágico, efecto de varias 
copitas de Champaña que purpuraban sus mejillas 
y alocaban su imaginación. Aseguraba á su novio 
que hubo trampa en la rifa. 

Era la media noche. Los invitados fueron pa- 
sando al comedor. Perrín con doña Felipa; Joaquín 
Luz con la señora Linares; el caballerito boqui- 
rrubio con Eva; Rosalía con Rosendo; la esposa de 
éste con Adolfo; Mario Linares con la señora de 
Joaquín; Ana Luisa con Peraza, su prometido; Ra- 
món con una de las Perrín, cuyo novio no asistía 
por enfermo. Y otras, y otras y otras parejas. 



EL HOMBRE DE HIERRO 67 

En la mesa todo fué compostura y silencio un 
minuto. No se oía sino el percutir de las copas y el 
tintineo de los cubiertos contra la vajilla, silletas 
que traqueaban en busca de acomodo, fru-fru de 
sedas rozadas, dedos ociosos que tamborileaban á 
la sordina sobre el mantel. Un minuto después el 
barullo sóio reinaba. Las conversaciones se hicie- 
ron parciales. 

— Se fueron los novios— dijo una señora madura 
que estaba espiando la ocasión para soltar la 
noticia. 

Por la mesa, de un extremo á otro, corrieron 
epigramas más ó menos buidos y más ó menos 
cultos. 

— Si es hora de fuga para los novios, vamonos 
también nosotros — dijo á Ana Luisa Perrín su 
galán. 

— ¡Ay, qué delicia! — respondió ésta, encogiendo 
los hombros en graciosísimo y picaresco mohín, 
como si tuviera escalofrío. 

El jovencito boquirrubio se volvió á Eva muy 
alarmado. 

— ¿Oye usted? Su hermano se lleva á una seño- 
rita. ¡Qué hombre! 

— ¡Y qué mujer! — repuso Eva sonriéndose. 
Los sirvientes pasaban con las fuentes rebosan- 
do y los trinchantes enarbolados, cruzándose señas 
con los ojos de un lado á otro de la mesa, encasa- 
cados y solícitos. Los Ganímedes de alquiler escan- 
ciaban el liccr de Burdeos, de Borgoña, el Chablis, 
el Sauterne, el Champaña, en copas de capricho 
como cráteras ó como cálices de magnolia sobre 
su tallo, ya azules, ya rosadas, algunas amarillas 
y otras de un- blanco y transparente cristal. 

— ¿Qué es eso? — preguntó Ana Luisa á su novio, 
repugnando -un plato. 



68 R. BLANC0-F0MB0NA 

— Esto creo que es lengua ahumada con petit pois. 

— Pues bien, Peraza — dijo Ana Luisa casi al 
oído de su novio — ; páseme usted la lengua. 

Rosalía, que lo oyó, muriéndose de risa y admi- 
rando los progresos de esa discípula é imitadora 
suya, le dijo: 

— Estás terrible esta noche, Ana Luisa. 

—¿De veras, chica? — contestó ésta — . Cualquiera 
me tomarte por hermana tuya. 

Perrín conversaba con Rosendo, con Joaquín y 
otros convidados de su vecindad. 

Joaquín, alto, fornido, tostado del sol, negra 
barba partida y ojos negros, sano, risueño, enérgi- 
co, opinaba que la agricultura y la cría eran lo 
único que podía salvar á Venezuela. 

Rosendo, por el aspecto de su hermano, parecía 
la reducción del tipo de Joaquín, y le faltaba 
aquella simpatía alegre y comunicativa del otro. 
Heredó de su madre, en lo físico, lo mismo que 
Eva, el cefiito de la frente, y en lo moral el apego 
del lucro y la tacañería. Era en todo más escéptico 
y desconfiado que su hermano mayor. Por lo de- 
más, bastaba mirarlos juntos para comprender que 
ambos descendían de la misma progenitura. Según 
él, á este país se lo llevaba la trampa por falta de 
inmigración. 

— La paz, señores, es lo que puede salvarnos á 
todos — aseguraba Perrín, á pesar de que él había 
hecho su fortuna con las revoluciones. 

— Pero los desiertos gozan de paz — insinuaba 
Rosendo — y no prosperan. 

— La gente... — expuso Perrín, y se atragantó 
con un pedazo de galantina. 

Fué necesaria una copita de Chateau Laffitte. 

— La gente, la gente y los capitales veudrán con 
la paz. 



EL HOMBRE DE HIERRO 69 

Kosendo opinaba que nadie vendría sino tra- 
yéndolo. 

— Este país — dijo — está muy desacreditado en el 
exterior, parte por sus errores, parte porque en 
Europa y los Estados Unidos se hace una campana 
constante de descrédito contra los pueblos hispano- 
americanos, "por medio del telégrafo y de la pren- 
sa, y con el plan de pintarnos á los ojos el mundo 
en estado completo de salvajez que disculpe todos 
los atropellos de que quieran hacernos víctimas. 
En Europa y Norte América no se publican de nos- 
otros sino las noticias desastrosas de guerras, terre- 
motos, inundaciones, cuanto pueda dañarnos. 

— Como usted puede imaginarse, don Rosen- 
do—opinó Crispín — , Europa y los Estados Unidos 
mal pueden tener ese interés. Al contrario, quie- 
ren la prosperidad de estos pueblos, los quieren 
ricos y felices para que les compren á ellos lo que 
ellos producen. 

— Pero si es que la propaganda se hace para en- 
gañar al vecino, al competidor. Por lo demás, en 
el mismo vapor donde nos llegan diarios, revistas 
y aun libros pintándonos incapaces de civilización, 
nos llegan asimismo catálogos, viajeros de comer- 
cio, toda suerte de propaganda para aumentar nues- 
tro comercio con pueblos de por allá. 

Y luego de una pausa en que Perrín iba á inge- 
rir algo, Rosendo continuó: 

— Nosotros por crédulos, por inocentes, por ig- 
norantes, quién sabe por qué, no nos hemos dado 
cuenta de las armas terribles que son cables y 
telégrafos. Mientras la propaganda de descrédito 
continúe, entre otras razones para que los euro- 
peos no emigren hacia acá, estamos perdidos; no 
tendremos inmigración. Y la inmigración es la que 
nos salva. 



70 R. BLANCO-FOMBONA 

Perrín hacía molinetes con las manos. El no 
podía creer aquello. Exageración; criterio erróneo. 
Los Estados Unidos, la Europa, nunca agresivos, 
estaban animados de los mejores deseos para con 
estos países. La inmigración vendría, ¡cómo no! 
Como fué á los Estados Unidos. Como va á la Ar- 
gentina, como va al Brasil. Todo es cuestión de 
tiempo.., y de paz. 

Joaquín terció. El veía las cosas desde otro 
punto de vista. 

— La inmigración en verdad es salvadora. Pero 
miren ustedes lo que pasa en el estado actual de 
nuestro país. Un extranjero se establece, pongamos 
en calidad de comerciante, en algún villorrio de 
Venezuela. Enfrente, y cerca de ese comerciante, 
hay otros comerciantes venezolrnos establecidos. 
Se presenta la guerra. Las contribuciones militares 
y los saqueos los sufren de preferencia los nacio- 
nales. Y luego, ¿qué resulta? Estos quedan arruina- 
dos, y el comerciante extranjero campea solo y 
acapara el mercado. 

— Pero usted no negará, amigo señor Luz — rei- 
vindicó Perrín — , que los extranjeros también su* 
fren en sus intereses con la guerra. 

— Concedido — repuso Joaquín—. Y no nos salga- 
mos de mi ejemplo. Supongamos que al comercian- 
te extranjero también lo arruinan. Pues bien; á 
éste le queda el recurso diplomático del reclamo. 
El ministro ó el cónsul de ese extranjero se arre- 
glan con él, hacen una tramoya, y por lo que valía 
ciento piden mil y obtienen quinientos. Resultado: 
el ministro diplomático, que hace su agosto con 
los reclamos, los favorece, y el comerciante extran- 
jero de su propia ruina hace el mejor negocio. 

— Usted es muy pesimista, don Joaquín. 

— ¿Pesimista? ¡Dios me libre! Yo creo que á pesar 



EL HOMBRE DE HIERRO 71 

de los tropiezos vamos andando. Mi*re usted: las 
selvas del Orinoco están repletas de sarrapia, de 
vainilla, de caucho, productos que se venden á 
precios fabulosos. Para no hablarle de las minas 
de oro del Yuruary, de las minas de cobre de Aroa, 
de los placeres de perlas de Cubagua y de Margari- 
ta, de las salinas de Araya, de Marcaibo, de Coro. 
¿Sabe usted cuántos millones de bolívares entran 
anualmente en Venezuela con la mera exportación 
de ganado á las Antillas y al Brasil? ¿Sabe usted lo 
que nos producen el cacao y el café? Creo que con 
nada de organización nos salvamos. ¡Cómo voy á 
ser pesimista! 

— Es cierto — opinó Rosendo — . Pero sin gente, 
¿cómo podremos explotar nuestros productos na- 
turales? 

Y Perrín, que volvía á su tema, concluyó: 
— Y sin paz, ¿cómo vendrá la gente? 

Ramón, un poco más distante, y distraído con su 
su vecina, muy charlatana y muy feliz, á pesar de 
la enfermedad y ausencia del novio, no había lo- 
grado meter baza. Pero de lejos pudo afirmar, á 
última hora, que el gobierno tenía la culpa de 
todas las desgracias de Venezuela, y que los go- 
bernantes de este país eran unos picaros y unos 
ladrones. 

Doña Felipa aprobaba con la cabeza. 



Sería muy de mañana cuando Crispín, adormi- 
lado aún, dio media vuelta en la cama, tropezó 
con un bulto y se despertó. Su primer impulsa 
vago de somnolente fué el de echarse del lecho 
— obediencia maquinal ó subconsciente á la cos- 
tumbre de levantarse y vestirse al abrir los ojos — , 
para correr al almacén. Pero el bulto, que no era- 
sino el blanco y ovillado cuerpo de María, acabó 
por despertarlo á la realidad. 

No estaba en su dormitorio de soltero, ni por 
la celosía de aquella ventana penetraban los per- 
fumes tan conocidos, resedá, heliotropo, diame- 
la, rosa y jazmín, de su patio familiar, sino aro- 
mas silvestres, olor de tierra mojada, fragancia 
de cafetales montañeros, y hasta le vino como una 
ráfaga de pesebre, de estiércol y burrajo. Al piído 
de los canarios de Eva reemplazaba la algarabía 
de pájaros ignotos. Un oído más experto, el oído 
rústico de los montañeses, hubiera podido entresa- 
car, como hilos diferentes de la propia madeja de 
trinos, el canto armoniosísimo, sabio, dulce, como 
de una flauta maestra, de la paraulata, el más 
ronco, travieso y quebradizo de los pico de plata, 
y el intermitente, quejumbroso y romántico de la» 
soy sola. Como cien diversas flores constituyen un 
mazo, un ramillete, aquellas melodías dispersas se 



EL HOMBRE DE HIERRO 73 

cambiaban y tramaban en los aires produciendo 
un solo triunfo armonioso. 

Con mucho sigilo se levantó, y ya lavado y 
vestido salió fuera y se puso á contemplar aquel 
campo y aquella casa de Cantaura que apenas 
conocía. Pensó en el cambio de su vida, y la grati- 
tud le hizo recordar á Perrín, que tan generosamen- 
te acordaba ocho días de resplandor y de vagueo á 
la reciente luna de miel. La primera idea, por 
supuesto, fué la de acogerse á las épicas montañas 
de Cantaura, por donde vagan aún la inulta som- 
bra y la leyenda del cacique Guaicaipuro, á vivir 
en amor, á esconder la felicidad con egoísmo pro- 
pio de enamorado, obediente á ese instinto de los 
esposos primerizos, instinto que no es quizás pu- 
dor, sino supervivencia del hombre primitivo que 
'se ocultaba con su presa en el fondo de las ca- 
vernas. 

Una criada, una campesina flor de la montaña, 
el zurrón de cuero en la mano, lleno de maíz, re- 
movía los granos de oro ruidosamente. En su tor- 
no, en el centro del vastísimo patio, con cerca de 
enanos poma rosales, se agrupaban cacareando 
las gallinas. Al sonoro repiqueteo de los granos 
de oro en el zurrón, volaban de entre la verdura 
las gallinetas estridentes; surgían del estanque los 
patos, y más glotones que vanidosos, los pavos 
interrumpían la rueda y se apresuraban al des- 
ayuno con sus cuellos granulosos, bermejos y amo- 
ratados. 

Ante el apeñuscamiento de aves, la montañesa, 
como si aquel público de volátiles entendiera otras 
voces que las del hambre, lo amonestó: 

— Quietecitos, ó me retiro y no hay desayuno. 

Con mucha y estudiada parsimonia empezó á 
dejar caer los rubios granitos, mientras resolvía 



74 R. BLANCO-FOMBONA 

un grave problema: ¿á cuáles de las gallinas echa- 
ría el guante para el festejo de don Crispí n y doña 
María? A todas las quería por igual, á todas las 
llamaba por su nombre, y le dolía matar á cual- 
quiera de los volátiles. 

La muchacha era una morenaza rolliza, de 
ojos muy negros, un sombrero alón de cogollo en 
la cabeza, alpargatas pulquérrimas — como de es- 
treno — , roja la falda y una holgada blusa blanca 
de percal, que arremangó por lucir ó libertar los 
brazos, y blusa que ponía al descubierto el firme, 
redondo cuello, y el arranque de acanalados senos, 
opulentos y erguidos. Estaba endomingada por el 
arribo del matrimonio. Seguía echando maíz á la 
alcahazada, poco á poco, y seguía el titubeo. 
¿Cuáles de la manada escogería? Vino á sacarla 
del embarazo el grito de su madre, la vieja coci- 
nera, tan vieja en la casa que no tenía más re- 
cuerdos sino los de su vida allí. 

— ¡Caramba, Petronila! ¿Qué esperas? Trae las 
gallinas pronto. 

— ¿Pero cuáles escojo, mama? 

— Pues las primeras que alcances. Si no andas 
pronto iré yo misma. 

Sin más, la vieja echó á andar hacia el patio, 
y en llegando atrapó dos gallinas, una con cada 
mano. 

— No, mama; esas no — dijo Petronila—. La ja- 
bada es muy buena ponedora, y la poncha estuvo 
<3on moquillo hace poco. 

La vieja no tenía que hacer con nada. Y se 
dispuso á llevárselas á la cocina. De regreso vio á 
Crispín, ya vestido, enjuagándose la boca y con- 
templando, el cepillo de los dientes en la mano 
derecha, el desayuno y la caza de los animales. 

— ¡Gua, niño Crispín! — exclamó la vieja — . ¡Qué 



EL HOMBRE DE HIERRO 75 

madrugador! ¿Se despertó la ñifla María? Voy á 
traer una tacita de café. 

— No, Juana; espérate. Iré á tomarla yo mismo 
al fogón. 

Fué detrás de la vieja, pero en vez de esperar 
el café, Crispín se abalanzó á una carnaza rebosan- 
te de blanca, fresca y espumosa leche. 

Pidió un vaso. 
— No, niño Crispín; bébasela así mismo, en la 
carnaza. Es más sabrosa. Acaban de ordeñarla. 

Crispín empezó á apurar la enorme carnaza. 
Cuando concluyó de beber parecía que la carnaza 
estaba intacta. En la cara de Crispín la leche había 
pintado dos bigotazos blancos. 

En un rincón de la cocina un rústico, á golpes 
de hacha, hendía troncos secos en astillas, para 
leña. 

—¿No lo recuerda, niño Crispín? — preguntó la 
vieja—. Es Juan, mi hijo Juan. Ahí va con usted 
Es de la misma edad... 

La vieja, por las trazas, iba á empezar á referir 
historias. Pero el campesino dejó el hacha de lado 
y presentó á Crispín una parásita silvestre, una 
frágil y blanca flor de Mayo, lujo de las monta- 
fias, que parecía rara, adorante mariposa. 
— Es para la señora — dijo. 

Crispín aceptó la delicada y linda parásita, con 
más unas clavellinas purpúreas de Petronila, de 
las cuales se enamoró, y con su carnaza de leche y 
sus flores se fué como pudo á la esposa. 

María acababa de despertarse, é iba á aprove- 
char la ausencia de Crispín para vestirse. 
— Crispín, por Dios; no entres. 

El marido no hizo caso, sino reventó á reír, en- 
trando. María, en camisa, echó á correr hacia el 
lecho y se cubrió todo el cuerpo con las sábanas. 



76 B. BLANCO-FOMBONA 

— ¿Pero qué tienes, mi hijita; no eres mi esposa? 

— Sí, pero me da pena... Tú, vestido, y yo así... 
Crispín se reía con sus blancos bigotazos pin- 
tados. 

— ¡No seas boba! Mira, flores. Mira, leche fresca. 
Tómala aquí mismo. Está deliciosa. 
Y le presentó la enorme carnaza. 
A María le daba pena, de veras le daba pena; 
pero él la convencía de que todo era acostumbrar- 
se, y ella sacó por fin los desnudos y blancos bra- 
zos, echó hacia atrás la cabellera con ademán que 
descubrió las negras y velludas axilas y empezó á- 
beber. Sentado al borde del lecho, Crispín se la 
comía con los ojos. 

— Debes de estar cansada. No te levantes to- 
davía. 

La esposa confesaba su postración, achacándola 
á la caminata del día antes. ¡Haber montado á ca- 
ballo por tan abruptos cerros, durante media hora, 
ella, ella que no cabalgó nunca sino en caballitos 
de palo, en sus juguetes de Nuremberg, cuando 
niña, y en los eternamente encabritados, pero eter- 
namente inmóviles, potros de los carruseles! ¡Si le 
parecía mentira! El le juraba que aquello era una 
heroicidad. 

Lo cierto es que el ferrocarril los dejó el día 
antes, á cosa de las cuatro y media, en la estación 
de Los Teques, y hubo que hacer una legua á ca- 
ballo. Por aquellos caminos de cabra no cabía otra 
locomoción. Joaquín y su señora, desenfadada ca- 
ballera, los habían conducido con mil precaucio- 
nes, en dos corceles fuertes como elefantes y 
mansos como ovejas. Dos peones asistían á la no- 
vel amazona; al estribo el uno, el otro, el palafre- 
nero, llevando del diestro el palafrén. Crispín era, 
en rigor, tan de á pie como su esposa. No cesó 



EL HOMBRE DE HIERRO 77 

de aconsejarla, sin embargo, durante el trayecto, 
precaviendo riesgos. 

— Tira el caballo hacia la izquierda, María. 

O bien: 
—Cuidado con las ramas de ese yagrumo. 

En alguna de estas inútiles recomendaciones, 
y por llevar fijos los ojos en María, iba dando él 
consigo en tierra. Le dio miedo, y se aferró con 
ambas manos á la montura, mientras abría las 
piernas como dos alas y se encorvaba sobre la 
crin del pisador. María tornó la cara hacia Joa- 
quín, apuesto jinete, y al percibir un poco más 
atrás la figura del esposo, lamentable, caricatu- 
resca, exilarante, obedeció á un movimiento na- 
tural y se echó á reir. 

Crispín, aunque alebronado, no cejaba en sus 
exclamaciones de precaución. 
— Cuidado, María. 

Joaquín y la señora de éste cruzábanse mira- 
das de sonrisa. 

—Mira tú por ti — concluyó por aconsejar Joa- 
quín á su hermano — ; mira tú por ti, que nosotros 
nos encargamos de poner sana y salva á María en 
tus brazos cuando lleguemos. 

María aseguraba no tener miedo. Pero de cuan- 
do en cuando buscaba fortaleza en los ojos de los 
demás. Por fin llegaron. Se comió, se tertuleó un 
momento y Joaquín y su esposa fueron á dormir 
en la Trilla, inmenso edificio, á poco de allí, donde 
se elabora el café, dejando á Crispín en posesión 
de María y á los dos en posesión de la casa. Por 
las vetustas paredes de la vetusta mansión ascen- 
día aquella blanca luna de miel. 

El caserón, obra de un alarife primitivo, era un 
vasto edificio rectangular, un dédalo de habita- 
ciones grandes y chicas, sin gusto ni concierto, 



78 R. BLANC0-F0MB0NA 

entre dos amplios corredores, uno al frente, á es- 
paldas del casuchón el otro. 

Cuando Crispín salió de nuevo al corredor fron- 
tal, esa mañana, en compañía de su esposa, pre- 
sentábase allí, jinete en lindo caballo ruano, Pe- 
dro, el primogénito de Joaquín, un gigante para 
sus trece años. 

— Papá y mamá — dijo — me envían á saludar á 
ustedes. Que dentro de un momento vendrán. 

Y torciendo su cabalgadura, el huraño y roza- 
gante efebo se perdió entre la verdura de los ár- 
boles, al pasitrote, mientras Crispín, apoyado en 
María, viéndolo alejarse, soñaba en algún garrido 
garzón que un día viniera á darle un beso filial, en 
aquel mismo rincón de montaña, y partiera, ágil y 
robusto, á sus tareas del campo, al golpe del bridón. 



LIBRO SEGUNDO 



Julio de Nájera, el jovencito de las violetas 
blancas, Brummel, como se le apellidaba por su 
dandismo irreprochable, empezó á cortejar á Eva 
Luz desde la noche del matrimonio de Crispín. La 
visitaba á menudo, y contra lo que él pensó al 
iniciar sus asiduidades, y contra lo que hubiera 
pensado todo el mundo, Eva no fué pasatiempo, un 
triunfo más en su carrera de donjuanismo, sino 
que acaso hizo brotar en aquel corazón de enamo- 
rado profesional fuentes de puras, cristalinas é 
ignoradas aguas de amor. 

Brummel, el sexto ó séptimo retoño de su fa- 
milia, seguía la tradición, afinándola, de sus her- 
manos mayores. Trabajar, nunca. Convertir el más 
mínimo esfuerzo personal en dinero, ni por imagi- 
nación. El padre los vestía y les daba mesa y casa, 
más una pequeña pitanza para el bolsillo, suma 
que no alcanzaba jamás, ¡qué iba á alcanzar! para 
gastos de representación. Por donde los varios 
Brummeles calzaban á su fantasía las botas de 



80 R. BLANC0-F0MB0NA 

siete leguas para fraguar á diario mil trampanto- 
jos donde solían caer sastres, camiseros, zapateros, 
cantinas, restaurants, joyerías, etc., sin excluir á 
los amigos personales, á quienes de vez en cuando 
se sometía á la tortura del empréstito. Brunimel, 
de los menores, era también de los más apuestos y 
más listos. Alto, flexible como un junco, barbilam- 
piño, rubio, con sus cabellos ensortijados, más jo- 
ven de rostro que de edad, parecía una mujer dis- 
frazada de varón. Aquella carita de serafín, aquella 
finura innata, aquella zalema cortesana de su son- 
risa y de sus modales escondían el alma de un 
perfecto canalla, de un gorrón, de un caballero 
de industria. Las mujeres lo sabían. Sin embargo, 
imposible contar más dulces victorias sobre cora- 
zones femeninos. Su carita de serafín y su nombre 
le daban acceso á todas partes. 

Con su habitual cinismo, gracioso y sonriente, 
solía decir: 

— No puedo quejarme de la suerte. Todos los 
hombres me abren los brazos y todas las mujeres 
me abren las piernas. 

Una artista francesa, prendada de Brummel, 
quiso llevárselo á Europa. 

— Vamonos— le decía — . Esto no es para ti. Va- 
monos á París. Mira; tengo una villa en Suiza, nos 
iremos allá, ó bien á Niza, adonde prefieras. 

Pero Brummel prefería continuar en Caracas 
su vida regalona, ociosa, de parásito elegante, 
campando de golondro. 

—¿Por quién me tomas? ¿Crees que puedo irme 
así detrás de cualquiera? 

Sin embargo, sus escrúpulos no llegaban has- 
ta renunciar á fos brillantes que le regalaba la 
artista. 

Y en su interior pensaba que alejarse de su 



EL HOMBRE DE HIERRO 81 

tierra sería tontuna cuando él podía conquistarlo 
aquí todo, osar á todo, por medio de las mujeres. 

¡Cuál no sería, pues, la extrañeza del Lovelace 
cuando comprendió que Eva Luz, la chiquitína de 
Eva, no caía á sus pies torturada y muerta de 
amor! No se desviaba de él, no lo rechazaba; pero 
la pasión no aparecía por ninguna parte en aquella 
frágil criatura. 

Brummel fingía creer, por picarla, que ella era 
incapaz de amor; que era una inferioridad, una 
anomalía de la niña; que así como nacen mudos, 
ciegos y sordos, solían nacer mujeres y hombres 
carentes de afectividad, seres morbosos, tan dig- 
nos de lástima como el que nace ó se vuelve loco. 

Pero Eva, con estudiada ingenuidad, le asegu- 
raba que había adorado á su primer novio. Ese sí 
supo despertar en ella el amor. ¿Que se había 
muerto? ¡Qué importaba! Aquella memoria le ins- 
piraba aun más amor que todas las galanterías de 
Brummel. 

Eva Luz no hablaba con sinceridad. Apenas si 
recordaba al difunto amante de sus diez y seis años. 
Pero no quería servir de juguete á Brummel. Lo 
conocía demasiado para creerlo. Hubiera gozado 
en su vanidad con verlo rendido, amartelado, so- 
llozante de amor á sus pies; pero como no lo creía 
fácil, ya era un triunfo el desdeñarlo, triunfo que 
ella, con su instinto y su talento de mujer, sabría 
hacer bien ruidoso. En aquella peliaguda esgrima 
sentimental, Eva sentíase tan fuerte como Brum- 
mel. No se rendiría. Y de aquella caza desespera- 
da, de aquella firmeza de la una y de aquel asedio 
del otro, luego de un paréntesis de indiferentismo, 
ingenuo y glacial, empezó á nacer en el alma de 
Brummel el anhelo de la cosa imposible, el suspiro 
por la cosa inaccesible, la aspiración al ideal, que 



82 R. BLANCO-BOMBONA 

viene á ser, en relaciones de esta índole, amanecer 
de amor. 

Pero el amor en el corazón de este* maestro, 
¿quién sino él podía adivinarlo? Ninguno, además, 
con tanto dominio sobre sí propio. Su profesorado 
galante le hizo comprender, desde temprano, que 
en amor el menos enamorado es quien vence; y 
que si á la postre un amor se cura con otro, lo 
cuerdo es no dejarse dominar del corazón, prevenir 
una pasión con un amorío, y en vez de cultivar un 
hondo afecto, entretenerse en más fáciles ocupacio- 
nes sentimentales. 

El seguía su misma vida triunfante y alegre, 
dentro de la cual Eva Luz significaba, en su pen- 
samiento, una contrariedad. Espació sus visitas/ 
no las interrumpió, Su vago instinto de aventurero 
ie insinuaba que debajo de aquellos techos no se 
olvidaría fácilmente su nombre, Y Brummel, de 
acuerdo con sus teorías, pensaba en la mujer de 
Crispín, que habitaba la misma casa, como en una 
presa probable, buena en todo caso para desendu- 
recer, por celos á fuego lento, el corazón de Eva. 

Allí habitaba, en efecto, María. Crispín no se 
resolvió á abandonar el caserón solariego. «Allí 
había — pensó — puesto para todos.» Tomó para sí 
un ala de la vasta mansión, donde vivía en plena 
independencia de los demás. Eran cuatro piezas: 
un saloncito muy coqueto, el dormitorio, el tocador 
y un cuarto para desahogo. Las habitaciones, pin- 
tadas, empapeladas y amuebladas de nuevo, eran 
muy monas y muy cómodas: una casa dentro déla 
casa. Fuera del comedor, el W. C. y el baño, nada 
le era al matrimonio común con los demás. Recibía 
sus visitas en su propio saloncito, independiente 
de doña Felipa, de Ramón y de Eva, que recibían 
en el gran salón, y á veces recibía á las personas 



EL HOMBRE DE HIERRO 83 

de su confianza en el mismo corredor, adornado con 
un mueble para sombreros, abrigos y bastones, en 
cuyo centro brillaba un espejo, con varios cuadros 
de pared y menaje de Viena. Sólo en la mesa, á 
los horas de comer, se congregaba la familia toda. 
De ahí el que Julio de Nájera hubiese durante me- 
ses visitado la casa sin toparse con María. ¡Cuán- 
tas veces atisbo ésta, por un postigo, la entrada ó 
despedida de Brummel. ¡Cuántas veces pensó en 
salir, como al azar, con el propósito de encontrarse 
con Julio en el corredor! Pero la idea de Crispín la 
sofrenaba y contenía. ¡Era tan celoso, tan ridicu- 
lamente celoso! Ya habían tenido escenas, al vol- 
ver del teatro, por si ella miraba ó no miraba á 
éste ó al otro. ¡Salir sola ella, cuándo! ¡Qué dife- 
rencia con Adolfo Pascuas, que acordaba á Rosalía 
plena libertad! ¿Para eso se había casado? ¿Para 
vivir entre aquellas cuatro paredes; para contem- 
plar en la mesa la cara de odio de doña Felipa? 
¡Dios mío, qué desgraciada era! Y Eva, ¿por qué 
la repulsa de Eva? Y su marido, ¿por qué la quería 
con aquella melosidad, que apenas llegaba del al- 
macén la ensalivaba á besos extemporáneos? 

Casada sin amor, obligada á vivir con un hom- 
bre que ocupaba lugar en su lecho, pero no en su 
corazón, y cuyo carácter meticuloso y cuya vida 
regulada como la máquina de un reloj, era lo con- 
trario de aquella educación desenfadada que diera 
á sus niñas doña Josefa, de aquella juventud ale- 
gre y sin más pauta que la aventura sentimental ó 
la fiesta social nuevas, cambiantes cada semana, 
cada mes, mal podía sentirse feliz María en aquel 
garlito donde cayó su inexperiencia. 

Por lo que respecta á doña Felipa, era insufri- 
ble, ciertamente. María no disimulaba el miedo 
cerval que las pullas de la vieja le producían. 



84 R. BLANCO-FOMBONA 

¿No tronaba la reticente anciana en presencia 
de. la propia María, con el dañado intento de zahe- 
rirla, contra las educaciones epidérmicas, que ha- 
cían de las señoritas, casquivanas ó haraganas, 
damiselas ó poltronas, cualquier cosa menos amas 
de casa, housekeepers? 

Cuanto á Eva, la repulsión provenía, en último 
análisis, de la diversidad de temperamentos. Ma- 
ría, hipocondríaca, amiga del ocio, dejándose lle- 
var de la corriente, era el polo opuesto de su cu- 
ñada. Eva, delgaducha, nerviosa, hacendosa, en 
el fondo calculadora, se parecía á su madre sin la 
aspereza de la anciana; pero el mismo ceñito de 
voluntad ó de voluntariedad encapotaba á veces 
su frente. Se distinguía en lo físico por la rectitud 
de su nariz y la altivez de su erguida cabeza de 
yegua árabe; en lo moral por su laboriosidad inte- 
ligente. Ella bordaba, cortaba, cosía, tocaba el 
piano, cuidaba sus macetas y sus canarios, leía 
versos, leía novelas, recibía y pagaba visitas. ¿No 
se brindó veinte veces á llevar sobre sus jóvenes 
espaldas el peso entero de aquel hogar de todos? 
Sino que doña Felipa no claudicaba. ¿Pero quién 
sino Eva ayudaba á la vieja en los quehaceres do- 
mésticos? ¿Quién solía tomar cuenta á la cocinera 
y dar la ropa al lavado? ¿Quién pagaba al panade- 
ro; quién dirigía con su madre el servicio? No era 
ciertamente María, «á pesar de ser la señora», in- 
sinuaba doña Felipa. 

Con excepción de los jueves, que recibían, y de 
alguna que otra noche de teatro, de visitas ó de 
permanencia en la casa, Crispín y María, luego de 
comer, se iban de preferencia á la tertulia de las 
Linares. En torno de las hospitalarias y sonrientes 
arrobas de doña Josefa se congregaban siempre 
los numerosos miembros de su familia, ó amigos de 



EL HOMBRE DE HIERRO 85 

Kosalía y de Adolfo, pues como el matrimonio vivía 
allí, allí se le visitaba. Rosalía cantaba al piano, 
con su linda voz de calandria, ó rasgueaba el gui- 
tarrón andaluz de las serenatas. Algunas amigas 
solteras de Rosalía y de María acudían de cuando 
en cuando, y no faltaba tampoco, una vez á la 
semana lo menos, Ana Luisa Perrín, recién casa- 
da. El mismo Crispín desenfundó y repasó el reper- 
torio de su olvidada flauta, y acompañaba á la 
alegría de las veladas. Lo cierto es que todo allí 
era buena acogida sonriente. María, en aquel cen- 
tro, suspiraba, lejos de la adustez de doña Felipa. 
Adolfo Pascuas permanecía en la reunión hasta 
las nueve y media, hora en que invariablemente 
se iba al club para no regresar hasta las dos de la 
mañana. Muy suave, muy agradable, una historia 
oportuna siempre y una sonrisa para las historias 
de los demás, irreprochable de trajes como de ma- 
neras, con sus manos finas, blancas, pulcras, de 
uñas acicaladas, Adolfo era el tipo del clubman, 
en quien detrás del clubman anima el tahúr. Po- 
sesor de una pequeña fortuna, no la mermaba un 
punto, sino la ponía en movimiento en las mesas 
de baccarat, con tanta discreción y tanto acierto, 
que le exprimía renta no desairable, merced á la 
cual vivió siempre de soltero en opulencia, y vivía 
ahora en matrimonio con holganza rayana en es- 
plendidez. 

Cierta noche se presentó de rondón en la tertu- 
lia doméstica de las Linares Julio de Nájera. 
— ¿Usted por aquí? ¡Sorpresa más agradable! 
Entonces el arribante explicó, muy compungi- 
do, el objeto de su visita. Ya lo sabrían por los pe- 
riódicos: el río Apure, desbordado, inundó á San 
Fernando. ¡Cuántos hogares en ruinas! En Caracas 
se preparaba un concierto de caridad. Se contaba 



86 R. BLANCO-FOMBONA 

con que Rosalía no negase el concurso de su voz, 
la limosna de su talento, á aquellos desgraciados. 
El tuvo la suerte de ser comisionado para supli- 
carle cooperara con el prestigio de su persona en 
aquella fiesta de la caridad. 

Lo que en el fondo solicitaba el pillín de Brum- 
mel era acercarse á María, introducirse, con cual- 
quier pretexto, en el circulito de las Linares. ¡Lo 
que á él se le importaba de la inundación, ni de 
San Fernando, ni del río Apure, ni de los concier- 
tos de caridad! 



II 



La tertulia de las Linares, á pesar de su intimi- 
dad, estaba siempre animadísima. 

El doctor Linares, el diserto y florido abogado, 
á fuer de genuino talento y de personalidad de 
cuenta, había impreso el sello de su personalidad 
en el hogar, sin que, por otra parte, se preocupara 
nunca de ello. Del amor al estudio se contagió doña 
Josefa, en los límites que le era dable, y de ahí 
nació la desaforada afición de la señora á las no- 
velas, al punto de caer en la monomanía de encon- 
trar en cada ser viviente el tipo más ó menos 
exacto de sus personajes de lectura. Rosalía heredó 
aquel sentimiento del arte, de la medida, del ati- 
cismo, que en el padre se traducía en ciceronianos 
períodos, en áticas arquitecturas de frases, y que 
en la hija se traslucía en la agilidad de su espíritu 
y en su intenso gusto por el canto y la música, cul- 
tivados con gracia y fortuna. En Mario era quizás 
más hondo aún y más franco el sello paterno. Mario 
no era un orador, sino un charlatán de grato acento 
y verbo irrestañable. Curioso de saber y perezoso 
como ninguno, salía poco durante el día de sus ha- 
bitaciones—en un alto, al fondo de la casa—, que 
-él llamaba su observatorio, por tener allí un peque- 
ño telescopio con que se la pasaba muchas noches 
estudiando y oteando el cielo. Pero, en verdad, su 



bb R. BLANCO-FOMBONA 

intermitente apego á la astronomía no era óbice 
para echarse á la calle de diario apenas terminada 
la comida. Algunas veces, no obstante, permanecía 
en la tertulia doméstica, donde echaba, por su- 
puesto, su cuarto á espadas. 

Esa noche acababa de salir, cuando se presentó 
Julio de Nájera, so pretexto de someter el progra- 
ma del concierto de caridad á la aprobación de 
Rosalía. Pero Julio era un diablillo travieso. ¡Pues 
no se puso á cantar canciones al rasgueo del gui- 
tarrón andaluz! 

Estreché sus quince años, 
besé la boca de flor 
y los cabellos castaños, 
junto al viejo mar cantor. 

Piensa, amada, en el amante, 
no me quieras olvidar... 
Y cayó una estrella errante 
en la copa azul del mar. 

¡Y cómo alzaba su carita de serafín cantando 
su canción de amores! 

— Es de comérselo, como un dulce — cuchicheaba 
Ana Luisa Perrín, allí presente, al oído de María. 

— Apuesto á que están ustedes hablando mal de 
mí — dijo Brummel, concluyendo el canto. 

— Es cierto — repuso Ana Luisa — . Y lo peor ea 
que María comparte mi opinión. 

— ¿De veras, María? 
Esta asintió con la cabeza y la sonrisa. Enton- 
ces Brummel depuso el guitarrón, y fué á sentarse 
junto á las dos mujeres. Empezaron á charlar los 
tres, en grupito aparte, y algo muy alegre debía de 
contarles Brummel, porque ambas señoras se des- 
ternillaban de risa. 

El pobre Crispín, en tormento, pretextando 



EL HOMBRE DE HIRRRO 89 

cualquier cosa, invitó á su mujer á partir. María 
accedió sin protestar, casi risueña. Por la calle na 
desplegó los labios, mientras Crispín, amilanado, 
viendo venir la tempestad, no se atrevía á inte- 
rrumpir aquel mutismo, y hasta empezaba á arre- 
pentirse de su arranque celoso. Entraron, y el 
silencio no se rompía; pero no bien concluyó de 
quitarse el sombrero María, cuando el estallido 
tuvo lugar. Sonó el ¡pum! como de botella de cham- 
paña descorchada, y ya el gaseoso licor de rabia 
espumaba, derramándose. 

— ¿Sabes, Grispín? Esto es intolerable. Tú me 
ofendes con tus celos. ¡Dios mío! ¿Cuándo te he 
dado motivos para que me injuries con tales apren- 
siones? ¿Crees tú que eso es natural? No podré sa- 
lir. No podré respirar. No volveré ni siquiera á 
casa. 

«Casa» llamaba ella á la en que se había criado. 
Bien sabía que lo de «casa» disgustaba á Crispín* 
pero coma su deseo era disgustarlo y desahogarse, 
lo soltó adrede. Crispín fingió no comprender y se 
redujo á decir: 

—¿Estás loca, mi hijita? ¿Celos yo? ¿Celos de ti? 
Vamos, no te hagas la tonta. 

Y se acercó en ademán de acariciarla. Pero 
María se revolvió furiosa, como fiera acorralada. 

— No son momentos de besuqueos. Tu proceder 
es ridículo y ofensivo. No vuelvo á salir de aquí. 
Moriré encerrada en estas cuatro paredes, antes 
que exponerme á ser hazmerreír de nadie. 

El se exasperó á su turno y dijo que hacía usa 
de los derechos que la Iglesia y la sociedad le acor- 
daban. % 

María no repuso una jota y empezó á desvestir- 
se y á acostarse. El, por su lado, se díó á trancar 
puertas y ventanas, esperando que pasara la tern- 



ÜO R. BL.ANC0-F0MB0NA 

pestad. Luego, desvestido á su turno, en camisa de 
dormir, tomó la palmatoria y se puso á registrar 
debajo de los sofás, detrás de las puertas, dentro 
<ie los armarios, por todas partes, según su costum- 
bre, como si en cualquier rendija hubiera podido ¡ 
esconderse algún ignorado enemigo ó algún ágil 
ladrón. Después se arrodilló á rezar, y ya por fia 
vino á acostarse, temeroso, con precauciones. Su 
mujer, la sábana hasta la cabeza y vuelta hacia el 
muro, fingía no sentir. Tendido en el lecho, inmó- 
vil, sin atreverse á tropezar con ella, Crispín, en 
voz queda, temblorosa, la llamó: 

— María, María. 
Esta no quiso responder. 

—María. 

— ¿Qué es? 

— Oye, mi hijita: voy á explicarte... 

— No necesito de explicaciones. Mejor es que te 
duermas. 

Entonces él, á pesar de todo, empezó á since- 
rarse. No era cuestión de celos. ¡Cómo iba á celar- 
la á ella, un ángel! Pero él quería un rorro, un 
bebé, un hijo. 

— Mira: fui en casa del médico. Lo consulté. El 
doctor me recomienda acostarme temprano, ma- 
drugar, agua fría, buena alimentación, vino de 
quina, ejercicio, meóos escritorio. Ya ves: no de- 
seaba esta noche sino recogerme temprano; cum- 
plir la prescripción. Mañana me verás salir con el 
«alba. Yo lo que quiero es un bebé, María, un bebé. 
Su esposa lo había escuchado sin interrumpirlo, 
con extrañeza, con rabia, con risa, con lástima. 
i Dios mío, y aquello era su esposo! ¡Pobre hombre! 
Y pensaba: «¡Un hijo, un hijo!... También lo qui- 
siera yo para llenar el vacío de mi existencia; pero 
tú eres incapaz de esa fábrica.» 



EL HOMBRE DE HIERRO 91 

Y como en los matrimonios estériles cada cón- 
yuge achaca al otro, aunque sea de pensamiento, 
la esterilidad, ella le agradecía con vago agrade- 
cimiento, meramente instintivo, el que su esposo no 
la culpase á ella y se dispusiera á medicarse por 
creerse él solo incapaz de la paternidad. 

— ¿Y qué más te dijo el médico? — se aventuró á 
preguntar. 

— Añadió: «No haya preocuparse; un día ú otro 
eso vendrá.» 

— Y de mí, ¿te habló algo? 

— No; no me atreví á exponerte en consulta. 

— Bueno, Crispfri. Pues yo te digo como el doc- 
tor: «Eso vendrá.» 

El quiso estrecharla en sus brazos y darla un 
beso — un beso de gratitud por aquella promesa 
equívoca — ; pero María lo rechazó dulcemente. 

— No; ahora no. Vamos á dormir. 
Entonces Crispín, con su voz más cariñosa, con 
voz como forrada en algodones, se atrevió á de- 
mandarle: 

— ¿Me quieres, María? 

—Sí. 

—¿Mucho? 

—Mucho. 

— Pues mira: yo te adoro. Sería capaz de dejar- 
me descuartizar por ti. ¡Si supieras cuánto sufro 
algunas veces con tus contrariedades! Quisiera 
para ti toda una vida color de rosa. ¿Por qué dis- 
gustarse á veces? Es necesario ser tolerante con 
mamá, con Eva. ¿Tú no me ves á mí? ¡Por cuántas 
paso! 

María lo interrumpió: 

— ¡Ah! por lo que respecta á tu madre, bien sabe 
Dios lo que soporto. ¿Y Eva? He terminado por no 
iiablar con ella sino lo indispensable. Por ti, no 



92 R. BLANCO-FOMBONA 

por mí, deberían ser ambas un poco más bené- 
volas. 

La desavenencia entre su familia y su mujer 
era de las mayores torturas de Crispín. Entre 
aquellos afectos suyos encontrados, entre aquellos 
seres queridos, entre aquellos perros y gatos de su 
hogar, la víctima era él. Fingía no ver; fingía na 
oir. ¿Pero cómo no contestar cuando lo increpaba 
dona Felipa: 

— ¡Hijo mío; bonita holgazana has traído á la 
casal? 

O bien cuando María le afirmaba que doña Fe- 
lipa, fuera de Ramón, y acaso de Eva, no amaba 
á nadie, y empezaba á aborrecer á la humanidad 
en Crispín. 

Eva era la más prudente. Sin embargo, ¡cómo 
se mortificó él, una ocasión que la oyó, detrás da 
una persiana, dictaminar: 

— ¡Pobre Crispín! Esa no es la mujer que le con- 
venía. Mientras él se mata allá en el almacén tra- 
bajando, ella pasa los días en la cama, como una 
odalisca, ó bordando ese cojín que no termina 
jamás! 

De Ramón, no se diga. 

¿No se atrevió á expresar á Crispín, en propia 
cara, que doña Josefa, vieja verde sin escrúpulos, 
llena de damerías, educó á María pésimamente, en 
ocio é ignorancia; que Rosalía — la angelical Ro- 
salía — era una descocada, y Adolfo Pascuas un 
tahúr? 

¡Cuánto le dolían aquellas apreciaciones infa- 
mes y calumniosas en boca de un hermano, aunque 
ese hermano fuese Ramón, tan consentido, tan 
atrabiliario, tan lenguaraz! 

Oyó un ronquidito. Su mujer dormía. Y siguió 
pensando, pensando en que pronto vendría un 



EL HOMBRE DE HIERRO P3 

bebé, cuya presencia barrería, como enviado por 
las hadas, todos los rencores y orduras del hogar. 

¡Qué efectos morales, qué cambios con aquella 
aparición! 

La maternidad abriría en su esposa los ocultos 
tesoros de aquella mina de afectos. Doña Felipa 
rejuvenecería en el amor del nieto, volviendo á ser 
madre, ¡á su edad! Eva, Ramón, subyugados á la 
ley del chiquitín, ley de ternura y de paz, frater- 
nizarían, ¿no es cierto? con María. Cuanto á él... 
jah! para él, aque.1 chiquitín esperado, aquel Me- 
sías, ¡qué alientos iba á infundirle, qué horizontes 
de aurora descorrería á sus ojos! Empezaría otra 
vida, la buena, la nueva, la verdadera é ignorada. 
Todo el dolor suyo, toda la amargura de su infan- 
cia y de su juventud no eran sino crisoles, una pre- 
paración á la futura felicidad. 

Cuando á la madrugada se durmió, por el páli- 
do rostro de Crispín erraba una sonrisa. 



III 



A un extremo de la enramada, al frente de la^ 
enredaderas de corregüelas azules y de blancas ma- 
dreselvas, Eva trabaja en su mesita de labores. 
Corta un claro percal mosqueado de puntos rojos, 
atareada en hacerse una basquina. La tijera en la 
mano, interrumpiéndose, vuelve la cabecita con 
agilidad viperina al sofá donde Ramón y doña Fe- 
lipa cuchichean. 

— ¡Jesús! Parecen ustedes conspiradores. 
Como apenas le hacen caso, pónese á tararear^ 
con intención, la música de los conspiradores en 
el coro de Hernani. 

Ramón se levanta, sacude la tela del pantalón 
con su amarilla y delgada vara de vera; luego 
saca el reloj y exclama: 

— Ya es hora: me voy. 

— Me alegro — dice Eva — ; con éso te llevarás 
tus papelotes, que me están estorbando. 

Ramón recoge, en efecto, un rollo de cartones 
de sobre la mesita de labores de su hermana, y 
clavándole á ésta de paso por la espalda ambos ín- 
dices como un par de banderillas, se despide, el 
cariño en la voz: 

— Adiós, mala pécora. 
Sale risueño, toma el primer coche que atravie- 
sa, y le endilga: 

— A casa de Perrín y C. a 



EL HOMBRE DE HIERRO 95 

Ramón no se había marchado á Europa, eon su 
piedra caliza en el bolsillo, á formar la cacareada 
compañía para la fabricación del cemento romano. 
La bailarina de Italia tampoco había partido. Doña 
Felipa, mitad por avariciosa y ante la perspectiva 
de enormes proventos, mitad por aquella debilidad 
de su senectud, por el afecto loco é increíble hacia 
el increíble y loco de Ramón, se resolvió á aflojar 
los cuartos. Toda una historia. Con el mayor sigilo 
se vendió una acción del Banco de Venezuela, de 
tres que poseían. Aunque estaban á nombre de la 
anciana, como la mayoría de los bienes, aquello 
no era suyo, sino de todos. La vieja, sin embargo, 
engatusada por Ramón, se allanó á venderla. Mas, 
¡qué rifirrafe suscitó la escatimosa y terrible an- 
ciana cuando se convenció de ía zancadilla, de que 
Ramón la engañaba, que no partía, y á la sospecha 
de no existir tal piedra caliza en las montañas de 
Caritativa! Ramón hubo de convencerla. Aquello no 
era un escamoteo, ¡qué había de ser! ¡Cómo dudar 
de él, de su honradez, de su sinceridad! ¡Tiempos 
más calamitosos. ¡Cuando hasta una madre como 
ella se permitía sospechar de un hijo como él! ¡Ca- 
ramba! Ya vería doña Felipa los proventos de 
aquella suma. Por lo pronto le indicó, mera medida 
de prudencia, para el caso de algún fortuito recla- 
mo, de alguna extemporaneidad de Joaquín, de 
Rosendo ó del chisgarabís de Crispín, que hiciera 
reparaciones en la casa con motivo del matrimonio 
de éste, que regalara á la novia un objeto de cuan- 
tía; en fin, que pusiera en movimiento algún 
dinero. ¡Pero quién iba á atreverse! ¡A una madre! 
El, por su parte, embolsó doce mil francos. La bai- 
larina tuvo, por supuesto, una recrudescencia de 
amor. No podía abandonar á su cariño. E irse, ¿á 
qué, adonde? ¡Eran tan felices en Caracas! Ya no 



96 R. BLANC0-F0MB0NA 

lo inducía á partir, como Aida á áu amante, en la 
ópera de Ver di: 

Fuggiam gli ardori inospiti 
di queste landi ignude... 

Sólo que ella quería trabajar, no serle gravosa. 
— Mi padre tenía un café en Milán. Conozco, de 
cuando chica, el negocio de cantina. Compra un 
mostrador, una armadura, unos cuantos licores; se 
abre un saloncito, y ya ves, yo trabajo y ganare- 
mos ambos. 

Al poco tiempo la bailarina instalaba su café, 
con un servicio de cinco italianitas, en el Puente 
de Hierro. Al frente de la cantina se leía, de noche, 
en letras de gas: El Café Mitanes. Sino que los 
doce mil bolívares no alcanzaron y hubo que sacar 
á crédito muchos artículos. El café producía. 
¡Cómo no! Allí se expendían, no sólo vinos del Ve 
subió y mortadelas de Bolonia y marrasquino y 
gorgonzola, sino sonrisas, besos; algo más dulce 
que el marrasquino, más embriagante que los 
vinos del Vesubio, más sonrosado que las morta- 
delas de Bolonia. 

Todas las noches, larga fila de victorias y ca- 
lesas estacionábase en el Puente de Hierro, ante, 
las puertas resplandecientes del Café Mitanes. Di- 
putados, senadores, ministros, mozos, viejos, sol- 
teros y casados, se apeñuscaban, al son de la or- 
questa, á libar una copita, entre requiebro y 
requiebro. Ramón dejaba correr la bola, encan- 
tado de las habilidades de su bailarina. Pero un 
día, el día menos pensado, la bailarina abandonó 
todo: á su amante, á sus pingües italianitas, á sus 
amigos de ocasión, su Puente de Hierro, su Café 
Mitanes^ todo, y llena de dignidad y de distinción, 
los bolsillos bien repletos, y no de las brisas del 



EL HOMBRE DK HIERRO 97 

Guaira, se fué á vivir vida de gran señora entre 
los brazos y en una bien puesta mansión del go- 
bernador de Caracas. 

Al negocio, en menos de quince días, se io 
llevó la trampa. Todasiueron volando, una á una, 
las palomitas de Italia, hacia diferentes paloma- 
res, sin olvidar, en el ímpetu del vuelo, alguna 
qu$ otra caja de marrasquino ó del buen Lachryma 
Christi del Vesubio. 

Ramón, por su parte, recrudeció su odio con- 
tra el gobierno. Y cuando se trataba del gober 
nador, 

— ¡Ah, bandolero! — decía apretando los puños — . 
¡Yo te cogeré en mis manos! ¡Deja que estralle un 
triquitraque! ¡Deja que se presente la primera re- 
volución! ¡Deja que venga el general Hernández! 

Pero todo pasa, todo, hasta las más crudas 
ideas de venganza. Y mientras el general Her- 
nández llegaba, mientras sonara el triquitraque 
vindicativo, Ramón pensaba y ponía por obra al- 
gún chanchullo de los que solía él, con gravedad 
académica, apellidar negocios. 

¿No había metido en la cabeza á Perrín la con- 
veniencia de fabricar casas de vecindad en Cara- 
cas, caserones donde la pobrecía por precio mó- 
dico tuviese albergue? 

Tanto y tan alucinantemente se la insinuó, que 
Perrín se allanaba á la idea de fabricar junto con 
Ramón caserones de tres pisos, de cuartos peque - 
ñitos, baratos, para menestrales. 

Luego de mucho titubeo, Perrín se decidió á 
pedir los planos, y allá iba Ramón esa tarde con 
sus rollos de cartones topográficos. 

— Oiga usted, señor Perrín — explicaba Ramón 
entusiasmándose ante la excelente disposición del 
negociante — ; oiga usted: fabricaremos, según estos 



y» R. BLANCO-FOMBONA 

planos, tres, si usted prefiere, cuatro, sí, cuatro 
caserones de á cincuenta piezas cada uno. Cada 
edificio viene á costar, vea usted el cálculo, sesenta 
mil bolívares, sesenta mil nada más, una bicoca. 
Calcule cinco pesos de alquiler mensual á cada 
pieza.,. Si es lo que yo le digo.., 

A Perrín le parecía excesiva la tarifa de cinco 
pesos. Pero Ramón no se paraba en pelillos. 

— Póngale usted cuatro; póngale usted tres y 
medio. Saque la cuenta. Vea lo que reditúa. ¡Si e& 
una ganga! 

Perrín oponía reparos. Encontraba enormes los 
edificios. 

— ¡Cincuenta cuartos! Reduzcamos á veinticin- 
co. En el trópico, usted sabe, ¡con estos calores! 
Aquello olería como una jaula de monos. 
Ramón se escandalizaba. 

— ¡Ah, no señor! Vea usted los planos: ventila- 
ción; ventana y puerta en cada pieza. Y luego 
agua, el agua, véalo usted, en todas partes. 

El espíritu práctico de Perrín se fué al grano. 

— Oiga, amigo mío. Estamos tratando las cosas 
como si fuéramos el Concejo Municipal ó alguna 
Junta de higiene. Vamos al fondo. 

—Pues bien; vamos al fondo. Cuatro caserones 
de cincuenta piezas costarán, precio mínimo, 
240.000 bolívares. Alquilándose cada habitación 
á 14 ó 16 bolívares mensuales, el capital, es decir, 
los 240.000 bolívares reditúan mucho más del 12 
por 100 al año. 

— Es verdad. 

— Y ahora— añadió Ramón con una sonrisa — , 
como nos proponemos obra de utilidad pública, 
pediremos— -usted pedirá y le acordarán — exonera- 
ción de derechos aduaneros para los materiales. Ya 
usted sabe lo que esto significa. Haremos un buen 



EL HOMBRE DE HIERRO 99 

negocio. Cuando yo le digo, señor Perrín, que ha- 
remos un buen negocio... 

Perrín asentía. La idea no merecía desdén. Pe- 
ro ignoraba aún el papel de Ramón en el desarro- 
llo del plan. 

— T para llevar el proyecto á término, señor 
Luz, usted cuenta con... 

— 120.000 bolívares, la mitad de lo presupuesto 
— interrumpió Ramón, imperturbable. 

— ¿Usted los apronta? ¿Usted los tiene? 

— Mi madre me fía. * 

Y le expuso, con más detalles que nunca, el 
proyecto. No sólo aprontaba la mitad del capital 
— tomando los 120.000 francos, por supuesto, á 
interés, al mismo Perrín — , sino que dirigiría la 
obra sin percibir estipendio alguno por su trabajo 
personal. 

Hacía calor. Cristalizándose en perlas, el sudor 
resbalaba por la calva de Perrín hasta la frondosi- 
dad de las cejas. El apoplético negociante enjuga- 
ba su frente con el pañuelo de seda, pensativo. 

Con la fortuna de la anciana le sucedía á Pe- 
rrín lo propio que á doña Felipa con la fortuna del 
comerciante, y lo mismo que sucede á todo el 
mundo con la riqueza de los demás: siempre se 
piensa mayor de lo que en realidad es. ¿Doña Jo- 
sefa Linares, por ejemplo, no llamaba á Perrín el 
Nabab? Con ojos de aumento ve la gran mayoría, 
no meros capitales, sino cosas más palmarias, ta- 
lento, valor, hermosura, etc. De ahí las leyendas 
en torno de ciertos nombres. A diario convierte 
el público en don Juan á un afortunado en dos ó 
tres lances de amor; en Bayardo el caballero á un 
vulgar duelista; en Juno, «la de los ojos de buey», 
como canta Homero, á cualquier chiquilla de mi- 
radas gachonas. Por eso cada quien posee dos va- 



100 R. BLANCO-FOMBONA 

lores: el intrínseco y el que se le asigna en el mer- 
cado social. Por eso cada quien aspira á merecer el 
mejor concepto público. 

Perrín no cerró trato; no convino en nada con- 
cluyente. Pero cuando el vulpino de Ramón se 
despidió, íbase tan campante como si llevara los 
doscientos cuarenta mil francos de Perrín en bille- 
tes de banco entre las hojas de su cartera. 



IV 



Era la noche del concierto de caridad en obse- 
quio de los inundados de Apure. Los coches iban 
entrando, al paso, en el vestíbulo del teatro Muni- 
cipal. Entraban por la izquierda, se detenían un 
punto, mientras descendían las pecheras blancas, 
los negros fracs, las mantillas color de crema sobre 
los altos peinados y sobre los hombros desnudos, 
y salían por la derecha á estacionarse en la 
ancha plazoleta, en torno de la estatua en bronce 
de un procer de la independencia. La multitud, al 
apearse, luego de ascender una gradería, se despa- 
rramaba á ambos lados de la escalera presidencial, 
y penetraba por el boquete del centro á las plateas 
y á las poltronas de patio, ó bien ascendía á dere- 
cha é izquierda, por las escaleras alfombradas de 
rojo con barras transversales de cobre reluciente, á 
perderse é instalarse en los palcos del primero y 
segundo piso. 

El teatro resplandecía. 

Una inmensa culebra de rosas, de jazmines del 
malabar y de azucenas, trenzadas con verdes hojas, 
ceñía la delantera de los palcos, ondulando en los 
intercolumnios, como puentes colgantes de flores y 
perfumando los bustos de máximos maestros de la 
armonía: Beethoven, Mozart, Bellini, Donizetti, 
Berlioz, Wágner, Chopín, Schiibert, Wéber, Gou- 
nod, etc. 



102 R. BLANCO-FOMBONA 

Aquí y allá telas vaporosas de lila, de salmón 
y de azul; volantes montados con frunces y recu- 
biertos con encajes de Malinas, faldas de velo de 
seda nutria con guarniciones de terciopelo; blan- 
cas espaldas mórbidas, rasgados y negros ojos se- 
mitas, vellidos brazos trigueños, torneados como 
para abarcar toda la dicha de un apretón, boquitas 
encarnadas, golosas de caricias, cabelleras obscu- 
ras donde se enmarañaban las gotas de rocío de 
los diamantes, lóbulos de rosadas orejas en las que 
fulgecía la chispa azul de un zafiro, cuellos de cis- 
ne abrazados de perlas, cabecitas morenas y cas- 
tañas besadas de un jazmín ó de un clavel. 

En un palco central de primera fila se destaca- 
ban, en los asientos de adelante, Ana Luisa Perrín 
y María; en los asientos inmediatamente posterio- 
res veíase á Adolfo Pascuas detrás de Ana Luisa, 
y detrás de María á Julio de Nájera; y allá, en el 
fondo del palco, á Peraza, el marido de la Perrín, 
y á Crispín Luz. Rosalía y doña Josefa andaban 
por entre bastidores, y Mario Linares, desde un 
asiento del patio, clavaba su binóculo en la cabe- 
cita erguida y nerviosa de Eva Luz, cuyo perfil se 
divisaba en la platea, debajo del palco de María, 
junto á la barbilla á la Demóstenes de su hermano 
Ramón. 

Salieron á la escena, cantaron y tocaron, más 
ó menos bien, caballeros y damas, ya artistas, ya 
aficionados, á quienes se ovacionaba por galante- 
ría. Luego presentóse el pianista caraqueño Sali- 
crup, artista de veras, que interpretó á maravilla, 
con maestría digna de Teresa Carreño ó de Pade- 
rewsky, una sonata de Beethoven. El público se 
desgajó en sinceros aplausos. Llegaba el número 
de Rosalía. Apareció radiante, impávida, risueña, 
del brazo del director de la Academia de Bellas 



EL HOMBRE DE HIERRO 103 

Artes, inclinada su cabecita de alondra, en mohín 
de ingenuidad, sobre el hombro izquierdo. Había 
comido ésa tarde, con algunas otras personas de las 
que tomaban parte en la fiesta, en la casa del di- 
rector de Bellas Artes, y acaso el desparpajo suyo, 
la serenidad de su semblante, apuntalábase en al- 
gunas copitas de champaña. 

Vestía un traje escotado de tul negro, con in- 
crustaciones de flores» en color y de tul pailleté. 
Las hombreras, de terciopelo, y una gran orquídea 
en la cintura. En las orejas, dos corales rosa páli- 
do, y sin otro adorno la cabeza que el de su propia 
gracia. ¿Por qué vistió ese traje que no era quizás 
el más propicio á su morena hermosura? ¿Por qué 
se aferró en no escuchar á Adolfo, que le aconseja- 
ba acicalarse con el traje princesa, de muselina 
blanca sobre fondo rosa, pailleté de azul, que tanto 
le sentaba en las noches de fiesta? No quería con- 
fesarlo, pero obedecía á una superstición, á una 
cábula, como dicen los gariteros. Aquel traje le 
era propicio; siempre que se lo puso le sucedieron 
cosas gratas. Lo llevaba, pues, en previsión de su 
triunfo de artista como un porte bonheur. Acompa- 
ñada por la orquesta del teatro cantó el aria de los 
pájaros, de la ópera I Pagliacci, aquel himno á Ja 
libertad individual, al amor del vuelo y del ritmo, 
tan en armonía con su temperamento. Cantó con 
sentimiento, con gusto, sin titubeos. Las notas de 
los violínes volaban como pájaros, ávidos de la luz 
y del esplendor de, las campiñas. Y en las alas líri- 
cas de los violines se lanzaban al aire como un 
coro de alondras las voces del instrumento huma- 
no. Las arpas eolias, los sistros, las flautas de cris- 
tal, no cantan como aquella garganta, ni se emo- 
cionan como aquella alma que celebra el triunfo 
del ala, la hermosura del pío, el santo anhelo del 



10-1 R. BLANCO-FOMBONA 

corazón que aspira á amar y á volar, como las 
aves del cielo. 

Apenas concluyó, cuando ya una salva de 
aplausos la saludaba, mientras el director de Be- 
llas Artes, obsequioso y risueño, le presentaba un, 
magnífico ramillete que la galantería oficial, pre- 
visora siempre en salir al encuentro de las vani- 
dades, dispuso para el triunfo con veinticuatro 
horas de antelación. 

Cuando Rosalía salió á la escena, el que tembló 
como un hombre de azogue fué Crispín. Adolfo 
Pascuas, no. Estaba seguro de su mujer. A pesar de 
todo, mientras ella estuvo en el escenario, se tor- 
turó Adolfo hebra á hebra el sedeño bigote, que no 
llevaba más á la borgofiona, sino guiado en haces 
de púas hacia los ojos, según la moda última, á lo 
Wilhelm, Germanice Imperator. 

Radiosa, feliz, María apenas se daba cuenta 
sino del acaramelado Brummel, de los discreteos 
del lechuguino, quien inclinándose á cada paso en- 
cima de los desnudos hombros de ia deseada, le 
miraba los blancos senos, y respiraba adrede un 
chorro de fogoso aliento sobre aquellas espaldas, 
por las cuales corría, desde la nuca hasta las cade* 
ras, á cada resuello de Julio, una escala de calo- 
fríos. 

El concierto finalizó temprano. Cuando Adolfo 
Pascuas y Brummel llegaron al club, luego de con- 
ducir el uno y acompañar el otro á Rosalía al ho- 
gar, sería á lo sumo la media noche. La partida de 
baccarat estaba animadísima, como que el ban- 
quero, un figurón de la política, macilento, canoso, 
aburrido, parecía gozar con voluptuosidad malsa- 
na, con una suerte de masoquismo económico, en 
perder lo suyo. 

En el círculo, gracias á su mala fortuna, este^ 



EL HOMBRE DE! HIERRO 105 

personaje era muy popular, casi tan popular coma 
otro banquero pequeño, gordo, redondo como una 
bola, moreno, de ojos inteligentes, chacharero, ner- 
vioso, agitando casi siempre/los brazos, contestan- 
do á cien personas al mismo tiempo, ocupándose 
de todo. Estribaba la popularidad de este banquero 
en que presumía de manirroto y alocado, aunque 
lo era sólo en apariencia. Hombre sagaz y calcu- 
lista, levantó su fortuna á pulso, en corto lapso, en 
contratos con los gobiernos; pero á fuer de hombre 
perspicaz, se dejaba explotar de unos y roer de 
otros con la sonrisa en los labios, haciendo proséli- 
tos y ganando voluntades, y seguro de que varios 
de aquellos mismos hombres, que algún día lo reem- 
plazarían á él en los favores oficiales, no le serían 
hostiles ni á sí ni á sus intereses, en recuerdo de la 
camaradería y generosidad de antaño. En resumen,, 
era un lince aquella morena bola de carne, perspi- 
caz, charlatana é inteligente. 

De él decían en el club: 
— Que gane bastante. Es de los nuestros. 

Respecto al viejo de cara aburrida, la opinión 
más jugosa era la de Ramón Luz. 

— Don Fulano, por lo menos — decía Ramón— , 
pone en circulación lo que se roba. Da al César 
lo que es del César: su alma de esclavo y su ros- 
tro de escupidera. Y da al baccarat lo que es del 
fisco. 

El personaje cuyo rostro servía de escupidera 
al César, según la benévola frase del benévolo Ra- 
món Luz, apenas entraron Brummel y Adolfo Pas- 
cuas, muequeó en esguince de hastío, acaso para 
indicar el desahucio de todo, hasta de la guiña, 
pues empezaba á desquitarse. Recogió su dinera 
— una cesta de fichas — /se levantó, y sin desplegar 
los labios se fué. 



£06 R. BLANCO-FOMBONA 

— Adjudicad la banca— dijo una voz imperiosa. 
Entonces alguien anunció: 

— Cincuenta luises. 
Un empleado, á espaldas del gurrupié, empezó 
é subastar la banca. 

— Cincuenta luises: á la una, á las dos, á las... 

- — Sesenta... 

—Setenta... 
Las voces iban repercutiendo en distintos pun- 
tos del salón. El empleado volvía con premura la 
cabeza hacia donde aparecía la última oferta, ei 
mejor postor. 

— Ochenta. 

—Noventa. 

— Cien luises— dijo en voz clara y rotunda Adolfo 
Pascuas. 

Como no hubo quien pujara más, la banca se le 
.adjudicó. 

Adolfo, muy familiar con aquel público, repu- 
tado como admirable de sangre fría en la talla, 
estiró los puños de su camisa, muy finchado en su 
frac, vióse las pulcras manos con una casi femenil 
'coquetería, y volviéndose á un lacayito que espe- 
raba órdenes junto al banquero, le ordenó: 

—Tráigame quinientos luises. 
El lacayito partió apresurado, y regresó á poco 
de la caja con una cestita de mimbres rebosante 
de fichas amarillas de á cien francos. Luego de en- 
tregar las fichas presentó al banquero una pluma 
-empapada en tinta y una tarjeta de color anaran- 
jado, en cuyos centros, en cifras rojas, se leía: 500. 
Y Adolfo Pascuas firmó al pie de este letrero: «Vale 
por quinientos luises, que me comprometo á pagar 
mañana á la3 cinco de la tarde.» 

Empezó á tallar con intermitencia de fortuna. 
Pero hacia la mitad de la baraja triunfó su buena 



EL HOMBRE DE HIERRO 107 

suerte habitual. Y sonreía con amabilidad ante las 
protestas, á la sordina, de algunos jugadores. 

— Imposible ganarle. 

— ¡Qué hombre! 

— ¡Qué suerte! 
De pronto, en un lance, 

— Ocho — dijo el banquero, volviendo un ocho de 
pique y una dama de caro. 

— Nueve — respondieron á la derecha. 

Y en seguida, á la izquierda: 
— Nueve. 

Adolfo esperó que el gurrupié pagara ambos 
cuadros. Echó una ojeada á los nuevos envites, 
calculó un segundo en sus mientes, pero algo no le 
convino de seguro, porque exclamó en francés: 

— Messieurs: II y a une suite. 

— Yo la tomo — repuso una voz. 

Y apenas se levantó el banquero, cuando ya 
ocupaba el sitio la figurita de serafín de Brummel. 

Gomo Adolfo pensaba continuar de tallador, 
había dejado á la diestra del marmolito donde se 
apoyan las cartas la cesta llena de fichas — capital 
y ganancias — que le pasó el gurrupié. 

Cuando los jugadores se apercibieron de quién 
era el sustituto de Adolfo, empezaron á retirar, 
unos con disimulo y otros francamente, las apues- 
tas, sobre todo las de cuantía. Apenas quedaron 
aquí y allá, sobre el tapiz, los envites pequeños, de 
uno, de dos, de tres luises. 

La morena bola de carne, inquieta, charlatana 
y risueña, que jugaba de pie, retiró una torre de 
fichas amarillas, pero como condescendencia, dejó 
una sola isla gualda en aquel lago verde. Y apoyó 
su condescendencia en una ironía que todo el mun- 
do celebró. 

Brummel,. impertérrito, fingía no ver ni oír. 



108 R. BLANCO-FOMBONA 

Repartió la baraja. Luego vio su punto y ofreció:. 

—Carta. 
De ningún lado pidieron. Tomó pna para sí: 
una figura. 

Entonces, con la mayor tranquilidad del mun- 
do, el lindo Brummel, el encanto de las mujeres de 
Caracas, Brummel, el de la carita de serafín, lanzó 
displicentemente sus cartas al depósito de cartas 
jugadas, puso por delante del gurrupié la cesta 
rebosante con las fichas de Adolfo Pascuas, y con 
voz de imperio, con aquella voz que había rendido 
tantos corazones, le dijo: 

— ¡Pague! 
El gurrupié titubeó, en silencio, un instante, y 
sus negros ojos buscaron los ojos de turquesa de 
Adolfo Pascuas. Las turquesas sonrieron, con un 
meneo de párpados afirmativo. 

— Pague usted — insistía Brummel. 

Y el gurrupié, ya autorizado por la señal de- 
Adolfo, empezó á repartir las fichas ajenas entre 
los ganadores del fullero, del sollastre hecho á la 
tolerancia, al mimo, del querubín Julio de Nájera, 
á quien todos los hombres abren los brazos y todas 
las mujeres abren las piernas. 

— Yo te arreglaré eso mañana —prometió Brum~ 
mel levantándose y dirigiéndose á Adolfo Pascuas. 

— No corre prisa — repuso el otro, con la ironía 
de quien sabe que no verá más su dinero. 

Brummel, poco á poco, sonreído, comentando 
con un amigo la mala suerte, abandonó el salón; 
y cuando Brummel hubo partidQ, 

— ¡Qué tupé! — exclamó uno de los presentes. 

Y antes de empezar la talla, mientras barajaba, 
tranquilo, risueño, con indiferencia, con naturali- 
dad, Adolfo Pascuas empezó á referir una de esas 
remembranzas de jugador, anécdota semejante ai 



EL HOMBHE DE HIERRO 109 

peregrino caso de que él acababa de ser víctima; 
el descarado timo de dos griegos, en el Círculo de 
la Esgrima, en París. 

— El banquero, el italianito marqués de Villa-Ma 
riña, venía echando la baraja con suerte increíble. 
A cada paso: ocho, nueve. Un buen señor que juga- 
ba de pie, por la mucha afluencia de público, lanzó 
á la mesa un billetín arrugado, un billete de cin- 
cuenta francos, su último billete quizás. Villa-Ma- 
rina perdió esa vez. El billetico arrugado perma- 
neció encima de la mesa , con más cincuenta 
francos en fichas. El banquero volvió á perder, el 
gurrupié volvió á pagar, y ya el montoncito anó- 
nimo ascendía á doscientos francos. Villa-Marina 
perdió dos ó tres veces más, y hubo que reponer la 
banca. El montoncito crecía. Como nadie reclama- 
ba aquel dinero, y todo el mundo empezaba á fijar 
allí la atención, 

— ¿De quién es ese envite? — preguntó el comisa- 
rio de juego. 

Entonces un griego, muy fresco, delante de todo 
aquel público, dijo: 

— Del señor. 
E inclinándose encima de la mesa, y acaparan- 
do aquel dinero de otro, lo puso por delante de un 
paisano y compañero suyo, que le quedaba á la de- 
recha. 

El compañero dejó correr la bola y empezó á 
contar con la mayor calma, como para cerciorarse 
de que no le faltaba nada. Hubo, en medio del si- 
lencio, un cruce general de miradas. Y la risa no 
pudo contenerse cuando, por no sé dónde, una voz 
desconocida preguntó: 

— A ver, señores: ¿cuál de ambos griegos tiene 
más tupé? 



V 



Son las seis de la tarde. Crispín entra en su 
casa, de regreso del almacén. 

¡Qué soledad, qué murria, dentro de aquel ca- 
serón desierto! ( 

A María, enferma^ hubo que dejarla partir á 
Macuto, según prescripción médica; por allá anda 
en compañía de la excelente doña Josefa y de Ro- 
salía. A él no le es posible, dado sus quehaceres 
en la casa Perrín, sino tomar el tren los sábados 
en la tarde para regresar á Caracas el lunes en la 
mañana. 

¡Qué soledad, qué murria, dentro de aquel ca- 
serón desierto! 

Eva anda por fuera, con amigas; á Ramón, muy 
atareado desde que entró en fábricas é intimida- 
des con Perrín, apenas se le ve, cuando se le ve, 
sino á las horas de comida. Crispín se dirige, según 
costumbre diaria, á la pieza de su madre para sa- 
ludarla, al regreso, con un ósculo en la frente. 
Pero hoy no puede verla. Doña Felipa le grita, 
desde el interior: 
— No entres, Crispín. Me estoy vistiendo. 

La servidumbre, hacia el fondo, no aparece por 
los corredores principales. Las luces del crepúscu- 
lo mueren, y aun no comienzan á encender las 
lámparas. El jardín, en sombra, parece un campo 



EL HOMBRE DE HIERRO 11 i 

fúnebre de cipreses y asfódelos. Los boquetes obs- 
curos de puertas y ventanas, oquedades siniestras, 

¡Qué soledad, qué murria, dentro de aquel ca- 
serón desierto! 

Crispín se endereza á sus habitaciones, toma la 
flauta y ensaya á tocar; pero aquel tenido agudo, 
en la obscuridad, le destempla los nervios; la flauta 
suena como una ironía. La melancolía penetra su 
espíritu. Pone á un lado el instrumento, arrodíllaser 
en el reclinatorio de ébano, en cuyo cojín ahueca el 
raso — huella de las rodillas de la ausente — . Em- 
pieza á rezar, delante de un Cristo flácido, que 
abre sus descarnados brazos con mueca de impo- 
tencia; pero vencido Crispín, quién sabe por qué 
ignotos dolores, y enterneciéndose por la plegaria 
ó por el recuerdo, deshíncase y va á echarse enci- 
ma de un diván, las manos en el rostro ? sollozando, 
bañado en lágrimas. 

¡Qué soledad, qué murria, dentro de aquella 
alma desierta! 

Sin un amigo, sin un afecto, amando á los que 
no le aman; ajeno á cuanto no sea el trabajar me- 
cánico, la vida monótona, la existencia á eompáSr 
Sin una sorpresa en los recodos del camino, sino la 
carretera ancha, igual, sola, muda, recorrida ayer 
y que mañana recorrerá lo mismo. ¡Qué aridez der 
ruta! ¡Qué travesía más guijeña! Sin un recental 
que bale, detrás de la vaca, al regresar á la alque- 
ría; sin un árbol copudo con sus pájaros entre la 
fronda; sin una canción que salga de los ranchos, 
á la luz de la luna; sin divisar desde el horizonte 
el humo doméstico curvándose en espirales, en ti 
rabuzónes de sombra, prueba de que la amada y 
el puchero esperaban nuestro arribo; sin fuente» 
cristalinas y parleras adonde vayan por agua la» 
muchachas del lugar, la tinaja ó el cántaro á la 



112 K. BLANCU-FQMBONA 

cintura, la canción y los besos en los labios, y el 
rojo clavel, como al descuido, entre los cabellos 
negros. 

¡Qué soledad, qué murria, dentro de aquella 
alma desierta! 

Esperaba que su hijo, su primer hijo, le traería 
la felicidad... y el primogénito no llegaba, á pesar 
de cumplir él con las prescripciones médicas; y lo 
que es más, á pesar de las promesas al Nazareno 
de San Pablo y á Nuestra Señora de las Mercedes. 
Su mujer, á quien adoraba, ¿no era también su 
tormento? ¿Cómo explicarse el desapego de María? 
¿Será desamor ese desvío; será obra de su natura- 
leza versátil y caprichosa esa indiferencia? ¡Cuánto 
se hubiera dicho feliz si al llegar él de sus labores, 
por ejemplo, María se abalanzara á su encuentro 
con un beso, con una frase, con una ternura cual- 
quiera! Si al partir ella le recomendara un pronto 
regreso; si en alguna ocasión, con algún pretexto, 
ella le manifestara la más mínima, espontánea 
inclinación. La amaba, sí, y quería ser amado. Su 
corazón, para alentar, necesitaba de afecto; se 
marchitaba sin el rayo de amor y sin rocío de 
ternuras, como las plantas sin el agua y el sol. 

¡Pensaban acaso que porque nunca se quejase 
vivía con placer aquella vida suya de números y 
de vulgares epístolas; de habladurías de Ramón; 
vituperios de Schegell; ínfulas de Perrín; cizañas 
y peloteras entre su mujer y su madre!... ¡Ah! ¡Y 
la tortura peor, los celos! — no de Pedro ni de 
Juan — ¡Dios lo libre de acusar á nadie! pero de 
una cosa vaga, quimérica, y sin embargo, exis- 
tente, que filtrándose poco á poco en el alma de su 
-esposa, lo desgraciaba á él, al marido. ¡Y había qae 
fingir, Dios santo! ¡que fingir indiferencia, aco- 
modo! ¡Había que tolerar el que la esposa se ausen- 



EL HOMBRE DE HIERRO 113 

tara y fuera á instalarse allá, muy lejos, sin él, 
en un balneario! Había que pasar por todo. ¡Cómo 
no, tratándose de la salud de su mujer! Por for- 
tuna, la acompañaban la excelente doña Josefa y 
la angelical Rosalía. 

La comida fué silente, aburrida. Eva llamó por 
teléfeno para anunciar que comía fuera, en casa 
de amigas, y para que Ramón fuese por ella á la 
noche. Este, con aspecto preocupado, no pronun- 
ció diez palabras durante el ágape familiar. Dona 
Felipa se redujo á quejarse de un hipo que apenas 
se alivia con bicarbonato de soda. Crispín tampoco 
desplegó sus labios. En aquella mesa tediosa no se 
oían frases sino por el tenor: 

— Fulano, llévese la sopa. 

— Páseme las albóndigas, Fulano. 
O el quejido rabioso de la anciana: 

— ¡Caramba! ¡Demonios! Este hipo es insopor- 
table. 

Luego de terminada la comida, Ramón se puso 
á fumar un cigarrillo, esperando las nueve para ir 
por la hermana; la vieja, que apenas probó guiso, 
se retiró á sus habitaciones, eructando, ahita, in- 
digesta, seguida por la doncella con la copita de 
agua carbonatada. Crispín se restituyó á su apar* 
tamento. Sin otra luz que la de una cerilla ó pá- 
bilo á caballo sobre un crucero de corcho, dentro 
de un vaso de aceite, enfrente del altarito, las pie- 
zas de Crispín, obscuras, silenciosas, vacías, eran 
como el símbolo de aquella existencia de su mora- 
dor, tan subterránea, tan callada, tan opaca. 

En la desolación de su vida, se asía Crispín del 
trabajo, como el que resbala por un abismo se ase 
de una brizna de hierba, sin esperanza ó con espe- 
ranza vidriosa de que aquella levedad pueda re- 
sistir tal pesantez. Trabajaba como un negro; se 



114 It. BLANC0-F0MB0NA 

hundía en la labor como en una piscina, queriendo- 
olvidar en el tráfago la acerbidad de sus horas. 
En ínfimas cartas á ínfimo cliente de ínfima pro- 
vincia, metía Crispín de su alma, sobrecargo de 
conciencia, desperdicio de esfuerzo. Sugería la 
idea de un mozo de cordel atolondrado que para 
alzar un almohadón de plumas malgastara el vigor 
del parihuelero que se atreve con un piano. Era 
el que antes entraba y el último que salía del al- 
macén. Había concluido por sentir orgullo cuando 
se le preguntaba sobre la marcha de los negocios. 

— ¡Ah, la casa, viento en popa! Yo, atareadísi- 
mo. Apenas tengo tiempo de nada. 

Encantado con aquella laboriosidad siempre 
creciente, con aquel celo increíble por los intere- 
ses de la casa, Perrín se descansaba, más de lo 
justo, en su hombre de hierro. Así lo bautizó, en 
un rasgo de buen humor: el hombre de hierro. ¡Y 
para cuántas ocupaciones, ajenas á los deberes de 
almacén, lo llamaba! Crispín agradecía tal con- 
fianza, feliz de que lo explotaran. Porque uno de 
los temores de aquel timorato consistía en la apren- 
sión de que lo plantasen en la calle. Ninguna 
vanidad más contenta, ningún regocijo más sin- 
cero, cuando algún colega para congraciarse con 
él, á fin de endosarle parte de las labores, le 
decía: 

— ¡Ah, señor Luz! ¡Usted es el alma de la ofici- 
na! ¡Qué sería de la casa á no contar con usted! 

¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche, 
la pluma en la mano, las resmas de papel y los 
libracos del almacén en el corredor de su casa, á 
luz de su bujía, sacando cuentas, revisando libros, 
poniendo orden en caos de papelerías! Su mujer, 
por allí cerca, después de la comida, en la prima 
noche, se dormitaba en un butacón, rendida de 



EL HOMBRE DE HIERRO 115 

sueño y de hastío, vencida por el cansancio y por 
la aridez de la teneduría de libros. El acababa por 
suplicarle: 

—Vete á acostar, hija mía. Yo voy ahora. Es 
cuestión de un momento. 

Las horas corrían. La media noche llegaba. 
Luego, cuando iba él á recogerse, María, desper- 
tándose, malhumorada, soñolienta, le impedía 
entrar con luz, so pretexto de temor al incendio; 
en realidad para que la claridad no la ofendiese 
las pupilas. El iba en las sombras, entre los mue- 
bles, á tientas, dando tumbos, cayendo á veces, 
abrazado con sus librotes. Cuando entraba en el 
lecho nupcial y sentía el olor femíneo y la tibie- 
za de la sábana, lo invadían deseos de abrazar y 
besar á su linda mujercita. Pero ella lo reprendía: 
—¡Jesús, Crispín! Es media noche. Déjame dor- 
mir. 

No bien terminó la comida aquella noche, ño 
bien hubo prendido Ramón en silencio el cigarrillo 
i de la digestión, y luego que doña Felipa se partió 
#> á su cuarto, el regüeldo en los labios y la copita 
carbonatada á la zaga, cuando Crispín, entrando 
en su pieza, tendióse en el diván, en aquel mismo 
canapé que horas antes recogiera sus lágrimas. La 
blanca luna ascendía por el cielo del patio, blanca 
y melancólica, vertiendo calma é iluminando las 
cosas con su romántica luz. Crispín, desde el sofá, 
la siguió en su viaje por el cielo, y rendido, á la 
postre, de aquella contemplación, de aquel viaje 
celeste de sus ojos, los fué cerrando poco á poco 
hasta quedarse dormido. 

El silencio reinaba en el caserón. Sólo se oía, 
allá dentro, sonora, constante, fresca, la gota de 
agua del tinajero. 



VI 



El balneario de Macuto, con sus casitas blancas 
y el pintoresco manchón de sus quintas de madera 
y de hierro, donde chispean al sol persianas de vi- 
drios polícromos, ó alguna bandera bate al viento 
sus tres colores mirandinos, trepa de la playa al 
monte y se acurruca en las faldas de piedra y 
bajo las centenarias arboledas, como si huyera al 
monstruo azul, al iracundo mar Caribe que muge 
contra los malecones sacudiendo una blanca mele- 
na de espumas. 

De la marina que empieza en la estación del|k 
ferrocarril hasta perderse por el camino de El Cojo 
ó La Florida, parten calles transversales, en direc- 
ción del monte, paralelas al arroyo que se despren- 
de, entre peñascos, de la cima y rompe en dos el 
pueblo. En su carrera á la montaña, el pueblecillo 
resguarda sus casucas y sus quintas al abrigo de 
los copudos almendrones que bordean las aceras; 
detiénese un instante en torno del vastísimo parque 
guarecido de cedros eminentes, de palmeras como 
abanicos faraónicos y de verdes acacias que la 
primavera empurpura, para luego desparramarse 
por las floridas laderas, y contemplar desde aquel 
anfiteatro, y en seguro, la cólera del mar. 

El hotel donde posaban doña Josefa y las dos 
jóvenes damas, el casino, un gran edificio de ma- 



EL HOMBRE DE HIERRO 117 

dera sobre altos soportales de manipostería, ado- 
saba su mole contra el monte, hacia el fondo del 
pueblo, á la derecha. Sus piezas ventiladas, sus 
corredores latos, despejados, frescos, y su anchu- 
roso y entablado salón de baile, lo hacían albergue 
preferido de aquellas personas de ambos sexos que 
aman el confort relativo de una estación de baños. 
Las habitaciones ocupadas por la familia Linares, 
á la izquierda, caían sobre unas vegas, con vistas 
al mar. Desde la cama, en la mañanita, ó en la 
chaise-longue de las siestas, podían ver por la ven- 
tana el camino de El Cojo, por donde se perdían 
en parejas los sombreros de panamá y los trajes 
holgados de franela blanca de los hombres, junto á 
los parasoles encarnados como amapolas y las mu- 
selinas claras de las mujeres; las vegas cubiertas 
del rocío matinal; los perezosos cocales; las playas, 
á trechos pedrizales, ó ya tiras sabulosas, doradas 
de sol; el piélago azul, y alguna carreta campesina 
que, al paso de su jamelgo desaparecido bajo los 
verdes haces de hierba ó de malojo, se aleja por la 
ruta amarillenta, orilla del mar. 

¿Su mal era más bien moral que físico? Había 
enflaquecido bastante. Las violetas circuían de un 
halo morado sus ojos; el óvalo del rostro estiróse 
por la magrura. Las manos parecían de veras lirios 
de cinco pétalos. Comprimida por la vida, como 
una flor entre las hojas de un libro, asemejábase á 
una virgen de Memling ó de algún otro primitivo 
flamenco. Las finas cejas se arqueaban sobre la 
languidez de sus pardos ojos. Por cualquier cosa 
rompía á llorar; vapores subían á su cabeza, des- 
vaneciéndola, y un temor inexplicable, un pavor 
de quimeras se apoderó de su espíritu, angustián- 
dolo. Lá noche misma le era hostil: si dormía era 
con sueño inquieto, surcado de malos sueños; cuan- 



118 R. BLANCO-FOMBONA 

do insomne, lo que era ¡ay! tan frecuente, temblaba 
de pavura. Pero lo prefería todo antes que desper- 
tar á Crispín, que roncaba allí, á su lado, é inspi- 
rábale aquel sueño del justo, aquel sueño de tra- 
bajador, aquel sueño feliz, una antipatía, un odio 
inimaginable. A veces le decía Crispín, por las 
mañanas: 

— Creo que no duermes bien, María. Te siento 
rebulléndote. Vida, ¿sientes algo? 
E invariablemente respondía: 

— No, nada. Si duermo bien... Son aprensiones 
tuyas. 

El médico, sin embargo, la envió á Macuto. 
Allí llegó María, pálida, enferma, con bruscas 
y deprimentes sacudidas nerviosas. Allí le abrió, 
recién llegadas, una tarde, en lágrimas, su corazón 
á Rosalía. 

— Estoy enferma, pero no del cuerpo, del alma. 
Tú no sabes lo que es vivir con personas hostiles y 
taciturnas, en soledad física y moral, sin una ale- 
gría doméstica, viendo la calle — la calle prohibida 
é imposible — como una liberación. 

— Pero ¿no eres feliz? Crispín te adora, se desvi- 
ve por ti. 

— Me quiere, sí, á su modo. Yo, ¿cómo decirte?... 
yo también lo quiero. Pero ¡qué monotonía! Llega, 
me abraza, me besuquea, me refiere historias del 
almacén, siempre las mismas: que si Schegell vitu- 
pera ó censura esto y lo otro; que si Perrín proyec- 
ta cual empresa; que si los clientes del interior no 
pagan. Y luego aquella flauta, aquella eterna y 
desacorde y maldita flauta. 

De las querellas, Rosalía infirió que la posición 
de la prima era supremamente infeliz; que el des- 
amor, la antipatía del ser con quien compartía la 
existencia enraizó en el alma de su compañera de 



EL HOMBRE DE HIERRO 119 

infancia, y comprendió que aunque el esposo fuese 
un ángel, la más mínima ó delicada de las acciones 
de éste le parecerían odiosas é insufribles á la es- 
¿ posa. Pero en vez de sugerirle aquella reflexión ó 
el remedio para el mal, su naturaleza truhanesca 
la hizo reir con la historia de la flauta impertinente 
é insinuar á María: 

—¿Por qué no se la escondes? ¡Si es tan fácil! 

— Bueno; suponte que se la esconda. Pero ¿cómo 
esconderlo á él? ¿cómo esconderme yo? Soy muy 
desgraciada, Rosalía. Figúrate que me tiene loca: 
quiere un hijo; ha hecho promesas; toma remedios; 
quiere un hijo. Yo no tengo la culpa. ¿Y los celos? 
Ya tú ves: ni á casa puedo ir. Esto es horroroso. Mi 
vida, mi juventud, entre cuatro paredes, oyendo 
los rezongos de doña Felipa, sintiéndome odiada 
por Ramón y por Eva, sin otro apoyo que el de un 
marido que carece de autoridad en su hogar. ¡Soy 
muy desgraciada! 

María hasta entonces guardó silencio respecto 
de las intimidades de su matrimonio, por orgullo, 
por repugnancia á confesarse infeliz delante de la 
dicha y la vida risueña de su prima. A las alusiones 
y á las preguntas se contentaba con responder, si 
no evasivamenle, con reticencias que apenas alza- 
ban una punta del velo cobertor de tantas lacerías 
y lacras de su corazón. 

Se ignoraba, pues, la verdad. Rosalía la inte- 
rrogó, apenándose con sinceridad. 

—Pero ¿por qué no habías dicho nada primero? 
Eso tiene^que cambiar. Yo te lo aseguro: cambiará. 

— ¡Ay! ¡Cuando recuerdo nuestra vida de solte- 
ras: aquella libertad, aquella alegría! No he debido 
casarme nunca. 

Lo cierto es que María, como ella á menudo se 
repetía, casó por falta de voluntad, por seguir la 



120 R. BLANCO-FOMBONA 

corriente, porque su prima se casaba, porque era 
menester no quedarse para beata, ó — lo que más la 
horrorizaba — para cuidar los chicos de Rosalía. 
Casó 'porque deseaba labrarse una posición inde- 
pendiente y salir del tutelaje; porque las mujeres 
deben casarse; porque Rosalía, doña Josefa y Adol- 
fo Pascuas le metieron por los ojos á Crispín Luz, 
jurándole ser un excelente partido, sobre todo en 
Caracas, donde la pollería es una cáfila cíe perdi- 
dos. Casó porque la vida se conjuraba contra ella, 
porque no poseía más fortuna que sus frescos abri- 
les; porque las preocupaciones militaban en pro de 
la alianza; por todo, menos por afección. A Crispín 
no lo amó nunca de novio, y de esposo ya no podía 
sufrirlo/Sobre que en su alma, aquel rescoldo de 
la pasión secreta, de su afecto por Brummel, esta- 
ba trocándose en llama, en llama de amor que la 
abrasaba, por las asiduidades del pisaverde, por la 
desilusión de su matrimonio, por la rivalidad con 
Eva, por el ansia de mejora y el anhelo de felici- 
dad de toda alma. El ocio de su existencia favore- 
cía, además, como una brisa el fuego interior. Y 
hasta exaltaba, en su mente, aquella novela senti- 
mental, el mismo sabor de fruta prohibida, el mis- 
mo dejo de aventura, la nota de romance que esos 
amores ponían en su taciturna, estéril y bostezante 
reclusión de cadina. 

Rosalía, en son de consuelo, también abrió á los 
ojos de su prima, esa tarde, su hucha de expan- 
siones. 

Lo que en su alma había de artista, de trone- 
ra, de bohemia, enfrenado por los mil lazos de las 
conveniencias en una mujer de su clase; el tem- 
peramento suyo, que de soltera la hizo mordaz, 
loca, descocada, demimerge, ahora casada, satis- 
fecha, feliz, se explayaba en teorías de un egoísmo 



EL HOMBRE DE HIERRO 121 

feroz. Imposible para vida de hogar con otro hombre 
que no fuera de la pasta de su marido; en camara- 
dería con aquel á quien ella supo adivinar y escoger 
para esposo, con aquel Adolfo Pascuas, frivolo, 
galante, indiferente, corrompido con exquisitez, 
de corazón macerado en esencias y forrado en ri- 
sueño egoísmo, lleno de refinamientos sensuales en 
su vida conyugal y que trataba á su esposa como á 
una barragana, Rosalía aprendió lo poquísimo que 
le faltaba por saber, y su epicureismo, acordándo- 
se con el de su esposo, constituía un lazo más en- 
tre ellos, apretando aquel nudo, ya tan estrecho, 
de la común felicidad. 

Sintiéndose feliz, gozosa de la vida, pensaba y 
opinaba que los demás debían buscar por todos los 
medios la dicha, objeto supremo de la existencia. 
El lamentarse es de inválidos. Uno debe privarse 
de cuanto le sea ingrato y practicar todo aquella 
en donde encuentre placer. ¿La sociedad? ¡Bonita 
cosa! Por sobre la sociedad está la vida. Además, 
no había para qué romper. A la sociedad, como á 
los niños, se le hace apurar la copa amarga azuca- 
rando á la copa los bordes. Una mujer joven y her- 
mosa como María, no tiene derecho de desperdiciar 
su juventud y su hermosura. ¡Cuántos suspirarían 
por ella! El amor no es farsa. El amor, el verdade- 
ro, el mutuo, mitiga recíprocamente una sed recí- 
proca. Se otorga y se recibe un bien. Por el tem- 
blor de placer que nuestra boca infunde, la boca 
amada, á su vez, nos pone á temblar de emoción. 
— Mira — terminó — , yo amo á mi marido; lo ama 
de amor. Por eso no lo he engañado, ni acaso la 
engañaré nunca. Si no... Sin haber pertenecida 
jamás á otro hombre, yo soy como una casquivana 
que hubiera fatigado al Placer en todos los brazos, 
y que con el hastío que producen, según cuentan. 



122 R. BLANC0-F0MB0NA 

los amores sin amor, luego de gozados, hubiera 
formado un gran hastío, el hastío de una vida de 
experiencia, hastío que reposa hoy á la sombra y 
entre los besos del hombre á quien adoro. 

María no distinguía muy bien aquellos matices 
de sensaciones, ni penetraba hasta el fondo aque- 
llas reconditeces de un alma complicada más que la 
Buya. Pero de las imaginaciones de Rosalía, indujo 
un consejo de adulterio. Ella pensó á menudo en el 
amor á otro hombre que no fuera su marido, como 
en algo posible, probable, aceptable; pero la pala- 
bra adulterio, que ahora le vino á la punta de la 
lengua, chocóle instintivamente, con aquella re- 
pugnancia que la costumbre nos hace contraer, sin 
analizar, hacia muchas cosas, y que constituye 
parte de nuestras preocupaciones. 

Las dos jóvenes se fincharon y descendieron á 
la playa. Era la hora en que todo el mundo se echa 
fuera, á recorrer la marina, por la acera encimen- 
iada, y á sentarse en los escaños de manipostería, 
al fresco del terral, mientras se aproxima la hora 
de ir á la estación, á curiosear entre los pasajeros 
de La Guaira, para luego marcharse cada quien á ' 
la comida. 

¿Cuál no sería la sorpresa de ambas mujeres 
cuando vieron entre los arribantes de La Guaira, 
esa tardecita, á Julio de Nájera? De muchas tardes 
atrás, sin embargo, María iba á la estación con el 
deseo, con la idea, ¡qué diablos! con la seguridad 
de asistir al arribo de Brummel. Su sorpresa, pues, 
no fué tan sincera. Ei barbilindo sollastre se apeó, 
y con naturalidad, como si fuese punto convenido, 
se dirigió á las damas, é imitando la vocecita y ei 
gesto de Ana Luisa Perrín, les dijo por saludo: 

— Este ferrocarril de La Guaira á Macuto, entre 
el monte y el mar, me recuerda el de Marsella á 



EL HOMBRE DE HIERRO 123 

Genova y resto de la costa ligur. Sólo que allí el 
tren es de lujo, y la gente más chic. ¡Ah! y los tú- 
neles y los puentes y los caseríos... ¡Una delicia! 

A la noche, después de comer, mientras la 
multitud se esparcía por la marina, á lo largo del 
rompeolas, y una orquesta de lugar suena sus ins- 
trumentos, á la puerta de una cantina frontera, 
arrellanado en butacones y chaise-longues 9 de vista 
al mar, un grupito — el grupo de las Linares en 
Macuto—charla y dispone un paseo para la maña- 
na siguiente. 

Pasos aparte, en dos sillas de extensión, María 
y Brumrhel, con el mayor desenfado, cuchichean 
amartelados, como dos novios. La luna, de esas 
claras lunas del trópico, riela en el mar. A su luz 
se perciben los carcomidos y verdinegros postes 
que sostienen el puentecillo de madera que sirve 
de acceso al redondo y almenado edificio de baños. 
La espuma, rota en los postes, cubre las verdes 
lamas, la arena, los caracoles y las pedrezuelas 
rosadas, como con randas de encaje. Algunas pe- 
drezuelas se agitan, se mueven, parecen caminar: 
son cangrejos que la ola echa á la playa y que se 
deslizan por el pedrizal. La música sigue tocando. 
Los paseantes van y vienen. Brummel, inclinado 
sobre el asiento de María, inclinado hasta beberle 
casi el aliento, aprovecha un instante en que el 
grupo cercano departe .con más calor, y osada- 
mente, rápidamente, amorosamente, la besa en los 
labios. 

María fingió indignarse, y á poco se levantó; 
pero sin aspavientos ni desplantes se aproximó al 
grupito de contertulios. Luego de minutos, pretex- 
tando jaqueca, se fué. Doña Josefa, la excelente 
doña Josefa, la acompañó, y por el camino la iba 
riñendo: 



124 R. BLANCO-FOMBONA 

— ¿Sabes, hija mía? Tii eres una^ mujer casada. 
Esos cuchicheos, en público, no te convienen. Tú 
no eres Mad. Bovary. 

Poco después calló la música; los paseantes 
fueron partiéndose; la playa quedaba desierta. Y 
algún rezagado pudo ver, hacia la media noche, 
una sombra que, deslizándose por los corredores 
del casino, empujaba una puerta. La puerta, pri- 
mero de ceder, traqueó. 

Una vocecita femenina, amortiguada, mur- 
muró: 

— ¿Usted aquí, Julio? ¡Qué insolencia! ¡Llamaré! 

Y una de hombre: 
— ¡Te adoro, María! 

Hubo ruido sordo, como desplome de cuerpos 
en lucha sobre un colchón. 

En la pieza contigua, otra voz de mujer inte- 
rrogó: 

— ¿Todavía despierta? ¿Ocurre algo? 

Y la misma vocecita amortiguada que habló la 
primera, repuso: 

— No... nada... soy yo... que tropecé con un 
mueble. 



VII 



El bochorno de la canícula penetra por la tara- 
ceada celosía de tela metálica verde de una corrida 
mampara, y por puertas y ventanales con marque- 
sinas de cretona listada de crudo y de rojo. No se 
percibe en el lato recinto más que el chirriar de 
las plumas contra la aspereza del pliego; el zum- 
bido de alguna mosca ahita, de volar torpe, ó 
bien, de cuando en cuando, el esgarre, la carras- 
pera de éste ó aquél de los varios bustos inclinados 
sobre los escritorios, vestidos con la blusa de alma- 
cén, fresca, blanca ó amarilla y ligera como un 
hollejo de seda barata. 

Al igual de sus compañeros de oficina, Crispín 
se engolfa en la tarea. Sólo que á veces, distraído, 
el pensamiento errante, muerde el palillero, los 
ojos fijos en la persiana verde, por donde se cala, 
amortiguada, la lumbre solar. El calor sofocante 
no enerva, sin embargo, el vuelo de sus preocupa- 
ciones. 

¿Por qué María no se restituye al hogar cuando 
él la sabe mejor? ¿Por qué hoy, á la hora de al- 
muerzo, cuando telefoneó, según diaria costumbre, 
para saludarla, fué un criado del casino quien 
salió á responderle? Todavía oye distinta, clara, 
aquella voz masculina, indiferente, que le repuso: 
«La señora salió desde temprano al campo.» Era 



126 R. BLANCO-FOMBOííA 

la primer mañana que su esposa le jugaba aquella 
partida. ¿Ignoraba ella, por ventura, cuánto iba á 
desagradarlo con esa desatención? ¿Por qué no 
esperar su telefonema? ¿No le sobraban á María 
tiempo y vagar para caminatas y paseos? ¿Adon- 
de, con quién andar á esa hora? 

El bueno de Crispín se perdía en descabelladas 
imaginaciones. Ya era su mujer entre las olas, 
víctima del mar, á lucha partida con la Desnari- 
gada, sin encontrar en la desesperación de su 
agonía un brazo fuerte y amigo que la librase de 
morir. Ya la miraba tendida, exánime, fulminada 
por el sol. O bien á bordo de humeante, embande- 
derado trasatlántico, pronto á partir de la rada, 
¡quién sabe para dónde! Apoyada en el brazo de 
un hombre, rubio, desconocido, extranjero, agitaba 
María, risueña y llorosa al mismo tiempo, un pa- 
ñuelo blanco, en el adiós de la despedida. La veía 
con toda precisión, en la cabeza una cachucha de 
turista, terciado el carrielito, batiendo el cendal 
en el aire. En aquel buque pirata se iba su mujer, 
su felicidad, su honor. Veía rojo y pensaba en vin~ 
dicaciones y en sangre. Una gota, no de sangre, 
sino de sudor, que iba rodando por su frente y 
cayó sobre el papel, manchándolo, hizo que vol- 
viera á la realidad. 

Entonces, para desechar sus quimeras, se puso 
á escribir concienzudamente, la atención clavada, 
sujeta con la punta de la pluma, para que no es- 
capase. 

Perrín había aceptado la agencia de un artí- 
culo que, si bien ajeno á su comercio, él creía 
popularizar en Venezuela, matando así dos pája- 
ros de una pedrada, ya que, por sobre su agosto, 
hacía un servicio á alguno de sus relacionados del 
extranjero. Como Perrín creía en la eficacia del 



EL HOMBRE DE HIERRO 127 

anuncio, encargó á Crispín la factura de una recia* 
me sensacional. 

— Usted hará algo bueno — le dijo — . Mucho le 
recomiendo la cosa: una añagaza en forma. ¡No 
importa lo que se gaste en anuncios! Quiero servir 
á esa gente lanzándoles en el mercado su artículo 
con gran bombo. 

Se trataba de una medicina, un reconstituyen- 
te, bueno — opinaba Perrín — para estos pueblos 
anémicos y palúdicos: Extracto de coca, de que 
serían Perrin y C. a agentes y únicos deposita- 
rios por mayor para Venezuela, Colombia y la& 
Antillas. 

Crispín estudió, se documentó, hojeó dicciona* 
rios, enciclopedias, libros de Medicina, obras de 
Botánica, revistas de ciencias, y con aquella hon- 
rada convicción con que servía los intereses de la 
casa, y ya apertrechado, listo, consciente, se dispu- 
so á poner manos á la obra. Y como las ideas negras 
le estaban atormentando, creyó que nada podía 
sustraerlo á la tortura de pensar como el estudio, 
el análisis, la importancia del extracto de coca. 
Cerró, pues, el libraco de su escritorio, y se dio ár 
escribir, en blanco pliego de papel, con su mejor 
letra: 



«Extracto de coca 

» Planta sagrada de los incas 

»La coca está clasificada como uno délos mejo- 
res tónicos antideperdidores dinamogénicos. Con 
el uso de la coca el cuerpo humano adquiere una 
constitución atlética, que le permite afrontar toda» 
las inclemencias exteriores, procurando una pro- 



128 R. BLANCO-FOMBONA 

digiosa resistencia á la fatiga. ¿Quién no recuerda 
la historia de esos correos indios que recorrían 
enormes distancias, dejando atrás caballos reven- 
tados y jinetes extenuados, y el famoso sitio de La 
Paz (República de Bolivia), en el que sólo los sol- 
dados que tomaron la coca resistieron la fatiga y el 
hambre?» 

Al llegar aquí pensó que sería bueno ilustrar su 
exposición con nombres de celebridades, lo que 
por otra parte le servía para mostrar á los ojos de 
Perrín su eruditismo, adquirido á costa de velas. Y 
prosiguió: 

«Estos hechos, absolutamente comprobados, 
excitaron la curiosidad de indagadores: Unanue, 
Gosse, Mantegazza, Nieman, Wolher, Demarle, 
Rossier, Moreno y Maíz, Lippmann y Gaceau, han 
estudiado la acción fisiológica y terapéutica de 
esta planta, y están todos conformes en que la 
coca cura la cloro anemia de los linfáticos; sirve 
para la fatiga cerebral en los hombres de negocios; 
triunfa de los céfalos y de los vértigos, y estimula 
todo el sistema nervioso cerebro-espinal.» 

Se detuvo, leyó, y como todo autor, incluso el 
ser mitológico llamado Supremo Arquitecto del 
Universo, encontró buena su obra. Pero fué á pro- 
seguir y no pudo. La imagen de María, á bordo del 
trasatlántico, agitando su blanco pañuelo, en el 
adiós de la despedida, lo conturbó de nuevo. De 
nuevo escuchó el acento del criado: «La señora ha 
salido desde temprano al campo»; de nuevo sin- 
tióse abandonado, sin ternuras en torno, repleta el 
alma de aquella angustia, de aquella intensa ne- 
cesidad de amar, y ante la miseria y la soledad de 
su corazón corrieron por sus mejillas dos mudas 
lágrimas. 



EL HOMBRE DE HIERRO 129 

Allá, en Macuto, en presencia del mar, y al 
abrigo de las palmas, las cosas pasaban de otro 
modo: un alma de mujer rejuvenecía, vivía otra 
vez vida de adolescencia, de rayos de sol y de ale- 
ría, de sonrisas que concluyen en besos, de encan- 
tadoras futilezas, de primer amor. La pasión de 
María lo señoreaba todo en su alma. 

Sintióse feliz, gozosa de su juventud, gozosa de 
amar y de ser amada. Este sentimiento ahora lo 
conocía ella. Por una divina ceguera, no se expli- 
caba que su amor fuese culpable y su publicación 
inconveniente. Le venían ganas de gritar, por 
sobre el estruendo de las olas, en aquella playa 
testigo de su felicidad, que amaba, que adoraba, 
que era dichosa. Todos los hombres, todas las cosas 
le parecían buenos. El amor fué para ella un Leteo; 
apenas saboreó aquellas mágicas linfas lo olvidó 
todo: su matrimonio, su familia, su pasado, su por- 
venir, las conveniencias, todo. ¡Cuántas veces, en 
las noches templadas, alzando el cuello del paleto 
de Brummel, casi en público, lo amonestaba ino- 
cente, con frase de ing;enua ternura, casi ma- 
ternal: 

— Cuidado si te resfrías, Julio! 

¡Cómo le quitaba, de un papirotazo, los granos 
de polvo de la ropa! ¡Cómo le hacía el nudo de la 
corbata, riñéndole por la menor negligencia! ¡Qué! 
¿Se olvidaba de su dandismo? ¿No era Brummel? 
Y se reía á carcajadas por naderías, como una 
chicuela. 

Encalabrinada, rijosa, mimosa, no comprendía 
lo que no fuera su derecho á la vida y al amor. 
¡Cuánto hubo de reñirla doña Josefa para que no 
desatendiese al reclamo telefónico de Crispí n! La 
servidumbre conyugal sólo se la recordaba la cam- 
panilla del teléfono, á las doce, todos los días. 



130 R. BLANCO-FOMBONA 

Doña Josefa, la excelente doña Josefa, con su 
experiencia de matrona madura, ducha en acha- 
ques de mundo, sabía que á la sociedad no puede 
dársele de patadas, porque la sociedad paga en la 
misma moneda, y los mil pies de la multitud hacen 
daño, aunque calcen zapatitos de raso y botas de 
charol. Doña Josefa, que no en balde leyó bibliote- 
cas íntegras de novelas y, paseó de fiesta en fiesta 
y de salón en salón sus arrobas sofocantes, encon- 
traba inconveniente por extremo la situación, y 
deseaba regresar á Caracas lo antes posible. Pera 
la influencia de Rosalía se interpuso á cada instan- 
te entre la decisión de la señora y la felicidad de 
María. 

— Déjala, mamá, déjala. Hace bien. Es su des- 
quite, ¡Ha sido tan desgraciada la pobre! 

Brummel, por su parte, se dejaba querer; pero 
ya saciado el deseo, empezó á encontrar demasiado 
engorrosa y llena de almíbar la aventura. El juz- 
gaba las cosas bajo otro punto de vista. 

Buen comediante, su orgullo consistía en ha- 
cerse aplaudir, en deslumhrar al público. Ya cono- 
cido y comentado un triunfo suyo, satisfecho de 
paso, si podía, su capricho de semental, lo demás 
le importaba un pito. El éxito íntimo, la posesión, 
era para él lo de menos. Le bastaba con rendir el 
corazón de una mujer, aunque fuese rendimiento 
el más platónico, y con que su triunfo donjuanesco 
trascendiera al publico, no por ruin confesión del 
galante, sino por estudiadas indiscreciones propias 
ó ajenas. Su alma inquieta de enamorador militante 
necesitaba el asedio, la emboscada, la sorpresa, la 
actividad del táctico ó del guerrillero en campaña. 
La trinchera asaltada, la ciudadela rendida, la 
capital entrada á saco, no le detenían apenas, por- 
que su orgullo consistía, no en el botín, sino en la 



EL HOMBRE DE HIERRO 131 

gloria de la dificultad vencida. El caso de María, 
ya del dominio de todos, ¿qué más le interesaba? 

Ahora coronaría su triunfo, antes que llegase el 
inevitable hastío, abandonando á la expectación 
pública y á la propia tristeza aquel bagazo de 
amor. 

Pensaba, además, en Eva. Por la primera vez 
de su vida, los dardos de su carcaj se embotaron. 
¡Cómo! ¿Había ún corazón que no claudicaba? Eva 
se le metió entre ceja y ceja, y vino á ser su pen- 
samiento constante. Aquella aventura de María, 
que él juzgó más difícil, ¿no la emprendió última- 
mente para encelar á la niña con la propia cuñada? 
Tanto pensaba en Eva Luz, aun en medio de la 
embriaguez de su última erótica hazaña, que se 
preguntó á sí mismo: «¿Estaré enamorado?» Pero 
su vanidad, alambicando los sentimientos, le dio 
esta respuesta: «No; sino que para representar 
bien, debe uno penetrarse tanto del papel, que se 
sienta á sí mismo engañado. La verdad ó la ilusión 
de la verdad es el mejor medio de seducir. Y la 
ilusión no es completa sino cuando se cree uno 
capaz de producirla y cuando es capaz de sentir lo 
que halla de verdad en la propia mentira. Yo soy 
como el actor, que para conmover debe estar con- 
movido.» 

Nunca había sutilizado á tal punto Julio de Ná- 
jera, ni acaso pensó nunca menester de tales suti- 
lezas para explicarse la actitud tan desusada que 
estaba asumiendo su espíritu. Era que por su alma 
de Lovelace empezaba á correr la fuente de puras, 
cristalinas é ignoradas aguas de amor. Era que de 
aquella caza desesperada, de aquella firmeza de la 
una y de aquel asedio del otro, luego de un parén- 
tesis de indiferentismo ingenuo y glacial, empezaba 
á nacer en el alma de Brummel el anhelo de la 



132 R. BLANCO-FOMBONA 

cosa imposible, el suspiro por la cosa inaccesible, 
la aspiración al ideal, que viene á ser, en relacio- 
nes de esta índole, amanecer de amor. 

Mientras Crispín enjugaba sus gruesas lágrimas 
en silencio, temeroso de ser visto por los compañe- 
ros de oficina, preparándose á continuar aquel eru- 
dito y laborioso informe sobre las excelencias de 
la coca, objeto de tantos desvelos, el timbre de su 
escritorio retiñó. Perrín llamaba. Crispín Luz atra- 
vesó la sala, empujó los batientes forrados en reps 
verde y... 

Perrín, de sopetón, pidió no sé qué inventario 
de no sé qué bancarrota. 

— El inventario no he ido á hacerlo aún: no ha 
sido posible. 

En realidad, Crispín, con sus preocupaciones, se 
había olvidado de aquello; pero no se atrevió á con- 
fesar su descuido y buscó un pretexto que aducir. 
Perrín se amostazó: 

— ¡Pero cómo, señor Luz, por Dios! Sabía usted 
mi interés en el asunto. ¿Por qué no ha ido usted 
á practicar ese inventario? 

— He estado ocupándome del anuncio sobre la 
coca. 

Perrín se puso las manos en la cabeza. 

— ¿Pero usted se ha vuelto loco, señor Luz? 
¡Cómo preterir el inventario, que es de tanto mo- 
mento! 

— Yo... como usted sabe... la coca... 

— Pero, señor Luz — vociferó Perrín, siempre 
asombrado — ; si ese es un trabajo suplementario. 
¿Por qué venir á hacerlo aquí? ¿No tiene usted tiem- 
po de sobra en su casa? 



EL HOMBRE DE HIERRO 133 

El honorable Perrín, espejo de comerciantes, 
abría los ojos y se ponía las manos en la cabeza, 
desolado, porque el factótum de la oficina, su hom- 
bre de hierro, no le daba sino diez horas diarias de 
trabajo personal. 

¡Cómo! ¿No tenía Crispín tiempo de sobra en 
casa para los traba jillos suplementarios? 

Y dado el carácter de cera de su hombre de 
hierro, Perrín se permitió observar, con imperti- 
nencia, como si Crispín fuera algún mala cabeza 
de su familia: 

-—Señor Luz, noto hace días que usted ha perdi- 
do la chaveta. 

Luego, ya domesticado, jovial, añadió: 
— ¡Como no sea necesario recetar á usted el ex- 
tracto de coca, amigo Luz! 



VIII 



Eva, Mario Linares y Crispín se dirigen en 
coche, al través de las calles ardidas de sol, hacia 
la estación de La Guaira. 

Con el mismo desasosiego que un escolar el 
asueto para correr al solaz, poner de lado los en- 
fadosos textos y zafarse de la rigidez de la discipli- 
na, esperaba Crispín su vacancia del domingo, al 
objeto de volar á Macuto á los brazos de su mujer. 
Por el tren de las tres, el sábado, salía de Caracas 
y no regresaba hasta la mañana del lunes. 

Como tantos maridos hacían lo propio, y multi- 
tud de temporadistas de veinticuatro horas se api- 
ñaba en el andén con el propósito de dominguear 
en Macuto ó en Maiquetía, añadíase un vagón, y 
como la afluencia de pasajeros lo requiriese, aña- 
díase un par. Allí se topaban los conocidos, en las 
manos el juguete para los hijos ó el regalo para la 
esposa. Allí eran los apretones de manos, la sonri- 
sa de saludo y de inteligencia para los habituales 
encuentros, en la misma guisa, en el mismo sitio, 
con el mismo itinerario cada fin de semana. Y los 
diálogos sempiternos, por el estilo de este cliché: 

— Hola, ¿qué tal? A ver á la familia, ¿eh? 

— Lo mismo que usted, sí señor. 

— Muy animado Macuto, según parece. 

—¡Oh, sí! Aquello es vida. El mar rejuvenece. 



EL HOMBRE DE HIERRO 135 

— ¿Y cuándo regresa usted? 
— Pues yo pienso traer á mi esposa el lunes. Dejo 
sólo con las Equis á mi chica mayor, que tiene un 
divieso en la nariz y sufre de un romadizo invete- 
rado; ¿usted sabe? 

A veces terciaba otra persona, algún señor en- 
trado en años con ideas de 1715. El señor abomina- 
ba de Macuto. Aquello era peor que Caracas. No 
había libertad. El amaba el campo; sin la esclavi- 
tud de la etiqueta, eso sí. 

— Yo, con franqueza, soy partidario de Maique- 
tía— afirmaba el buen señor — . Allí tenemos fiestas 
religiosas admirables, como la peregrinación. Nun- 
ca paso de Maiqfuetía. Aquello es más campo; hay 
menos bullicio. La familia no tiene que fincharse 
desde que Dios amanece. 

Por fin el tren partía... 

A los pocos minutos quedan atrás las últimas 
casucas de la barriada, y no se divisa más la po- 
blación. El tren empieza con empuje á trepar el 
monte, deslizándose como uña culebra por la an- 
gostura de la ferrovía pegado al talud, temeroso 
de despeñarse por los voladeros. Avanza, avanza 
á duras penas, con torpedad; tornavira, flanquea la 
montaña, caracolea, zigzaguea, engaña la aspere 
za de la agria cuesta, y sigue humeante, asmático, 
dando bufidos. 

La nariz achatada contra el cristal, pensativo, 
silente, mira Crispía la ascensión penosa del mons- 
truo. Se había puesto á meditar, recordando la 
brusca injusticia de Perrín con motivo del inven- 
tario. Aquello lo preocupa sobremanera. ¡Ay, si 
por ventura se traslucía! Su prestigio en el alma- 
cén se desmoronaría. ¡Si Schegell lo supiera! Pen- 
bó en la vida de su caprichosa mujercita en aquel 
Macuto socorrido en galanteos; pensó en las seniles 



136 R. BLANCO-FOMBONA 

rabietas de su madre, que evidentemente corríar 
con las botas de siete leguas hacia la decrepi- 
tud... 

En asientos fronteros al de Crispín iban juntos 
Eva y Mario Linares, charla que charla. En un 
vagón de ferrocarril, en téte-á-téte con una mucha- 
cha tan de su agrado, ¡cómo había de tener la len- 
gua Mario Linares! 

El hermano de Eva oía sin escuchar, á cien 
leguas de allí. Pero el panorama distrajo á los con- 
versantes. 

—Fíjate, Crispín — dijo á éste su hermana sacu- 
diéndolo y enseñándole el paisaje, como si Cris- 
pín no llevase clavados los ojos en él. 

Un torrente se desprendía, bramando y roto en 
espumas, de la cima; pasaba á toda carrera, con 
el empuje sonante de sus aguas, por debajo de un 
puente, y proseguía su loca fuga al abismo. 

Los túneles, de cuando en cuando, abrían sus 
negras bocas. Se divisaba un horizonte de monta- 
nas: unas más bajas, otras más elevadas; éstas 
más vecinas, aquéllas más distantes; cuáles azules, 
brumosas; cuáles claras, verdes, de largas cabe- 
lleras de vegetación, y no faltaban las crestas cal- 
vas y los peladeros calcinados del sol. 

Alguien, cualquiera, acaso el caballero preferi- 
dor de Maiquetía, el vejete con ideas de 1715 que 
atravesaba por allí á menudo, se asombraba sin 
embargo, en todos sus viajes, de las obras de los 
hombres, y en todos sus viajes repetía á sus vecinos, 
como ahora, aludiendo á la vía férrea: 

— ¡Qué obra más atrevida! ¡No hay sino los in- 
gleses para estas cosas! 

La temperatura, entretanto, se ha ido hacien- 
do fresca, fría. La niebla se arremolina en torna 
del tren; las nubes se miran allá abajo, sobre eres- 



EL HOMBRE DE HIERRO 137 

tones de sierra, por encima de los cuales ciérnese 
la mirada de los viajeros y vuela como un hipógri- 
fo el expreso. 

De pronto, á una vuelta, se fijan todos en el 
horizonte con interés, y de todas las bocas sale la 
misma exclamación: 
— ¡El mar! 

Distante, muy lejos, allá, confundiéndose con 
la viva turquesa del cielo, se divisa una cosa gris, 
pálida, redonda, inmóvil: el mar. 

El tren comienza á descender. Ya no es el ve- 
hículo perezoso, jadeante, sino un torbellino, un 
alud, la montaña que echa á rodar con ímpetu loco 
por aquella angosta cinta ferroviaria, de curvas 
violentas, de pavorosos declives; es la locomotora 
que ruge y humea devorando el espacio, sin ape- 
nas obedecer á los frenos. 

— ¡El Zig-zag! — exclama uno de los pasajeros — * 
¡Hemos llegado en tan poco tiempo al Zig-zag! Pa- 
rece mentira. 

Mario se apeó, como otros muchos, y trajo una 
copa de limonada á Eva Luz. El calor empezaba 
de nuevo. 

De La Guaira, en sentido inverso, ascendía un 
tren que cruzaba con el de Caracas en aquella es- 
tación. Venía repleto de extranjeros. Por la venta- 
nilla empiezan á salir cabezas curiosas, rostro» 
colorados, espaldas atléticas, figuras desconocidas. 
Un vapor angloamericano acababa de llegar ese 
mediodía, repleto de turistas yanquis, y los yan- 
quis subían á Caracas. 

En el cafetín de la estación y dentro de los va- 
gones ascendentes se perciben locuciones inglesas, 
fragmentos de conversación: hombres que piden 
cerveza, mujeres que se ahogan de calor, viajero» 
que apresuran á los acompañantes; todo el bullicio 



138 R. BLANCO-FOMBONA 

de una detención en el campo, frente á una canti- 
na, cinco minutos. 

El tren que remonta parte el primero, é inme- 
diatamente rompe á volar por cima de los montes, 
hacia las playas, el que se dirige á La Guaira. 

Ya el mar no es la cosa plomiza y quieta, sino 
el intranquilo, azul y espumeante mar Caribe. La 
espuma taracea los peñascos, las arenas, al pie de 
los cocales. Las velas cruzan el horizonte. Las ca- 
sitas de Maiquetía, con sus techos rojos, se enfilan 
debajo del yiaducto entre los árboles. El Tajamar 
de La Guaira, un poco más lejos, hunde en el 
Océano su dorso de manipostería, á cuyo abrigo ya 
no se balancean los trasatlánticos, sino que allí se 
están fijos, cachazudos, en apariencia de marinos 
monstruos. 

Eva contempla el panorama con su binóculo. 
De pronto, volviéndose hacia su acompañante y 
pasándole el anteojo, dijo: 

— ¡Qué adornado aquel buque! Mire, Mario. 

Mario asestó el catalejo en la dirección que Eva 
mostraba con la rosada punta del índice. 

Uno de los steamers, en efecto, el italiano, lucía 
de gala. El verde, rojo y blanco de la enseña 
nacional, su cruz de nieve en fondo escarlata al 
centro, daba al sol de la tarde, con alegría, sus 
risueños colores. Izados por bramantes al aire, 
grímpolas, flámulas y gallardetes retozaban con 
las brisas. 

Pasando los gemelos á Crispín para que tam- 
bién mirase, dijo Mario: 

— Es por el nacimiento de la primogénita del 
írono, quizás. 

Y Crispín añadió: 

— Eá verdad. En el almacén oí algo. 

Y empezó á recordar para su capote una frase 



EL HOMBRE DE HIERRO 139 

de Schegell, á propósito de aquel real alumbra- 
miento, sobre los matrimonios estériles. ¿Sería una 
alusión? ¿Contra quién se enderezaba aquella pulla 
buida? ¿Sería contra su hogar? Por eso sí tumbaría 
los dientes á Schegell de un bofetón. ¡Inmiscuirse 
en los asuntos ajenos más íntimos! ¡Atrevido! ¡Ca- 
nalla! Si el picaro del cajero sospechase la acritud 
del negociante por el mamotreto de inventario, el 
hombre de hierro estaba perdido. ¡Adiós respeto; 
^diós autoridad! El hombre de hierro se partía; el 
brazo derecho de Perrín se gangrenaba. ¡Si Sche- 
gell supiera! 

La brusca cesación del movimiento lo sacó de 
sus imaginaciones. El tren acababa de arribar á 
Maiquetía. Algunas personas se agrupaban á ver y 
á ser vistas; otras á recibir á sus deudos. 

— ¡Papá, papá! — gritaban los niños. 
El tren siguió. La playa, los cocales, una serie 
interminable de casucas que aparecían y se borra- 
ban en segundos... Y se llega á La Guaira. 

Nubes de mozos de cuerda se aglomeran en las 
portezuelas. 

— ¿El señor se embarca? 

— Déme la papeleta para reclamar el equipaje. 

—¿A Macuto? 

— ¡Ah, sí señor! 

—¿Cuál es su maleta? 

— Démela á mí, señor. 

— A mí. 

— A mí. 
Los pasajeros se desmontaban con premura, 
maltrechos, dando empellones, saludando aquí y 
allá. Y corrían, desalados, hacia el tren de Macu- 
to, pronto á partir en aquel instante. 

A María le produjo doble desagradable impre- 
sión el arribo de Crispín y de Eva, á pesar de es- 



140 R. BLANCO-FOMBONA 

perarlos. La presencia de Eva, sobre todo, la de- 
sazonaba. ¡No creyó odiarla tanto! Eva, allí, le 
producía la impresión de un enemigo que, á media 
noche, á mansalva, penetrase en su aposento para 
sustraerle algo más caro que la vida y que el honor. 
¡Quién sabe qué! Algo siniestro, en complicidad 
con la presencia de su esposo, le auguraba el arri- 
bo de Eva. Sufre. Está recelosa, y cuando al brazo 
de su marido se endereza al hotel, le parece el 
brazo leal de Crispín, aquel único sostén de su 
vida, como argolla de ergástula, verdadera esposa, 
manilla de hierro, fatídica escarpia, alcayata que 
la afianza en la infelicidad. Hasta sintió ímpetus 
de escabullirse. El, entretanto, la reñía con dulzu- 
ra, á media voz, á causa de la desatención del te- 
léfono. 

—¡Jesús, Crispín! Me lo has dicho bastante. No 
quieras martirizarme el día que vienes á pasar 
con una. 

Ya en el hotel, su marido manifestó la conve- 
niencia de regresar á Caracas. Se dijera que ella 
no comprendía, extrañada, azorada, tratando de 
entender, como si le hablasen otro idioma que el 
suyo. 

— ¡Pero estás loco! ¿No ves que esto me da la 
vida, que estoy cambiada, que me siento muy 
bien? 

Y tuvo un arranque de retrechería. Artimaño- 
sa y carantoñera se le sentó en las piernas, lo 
besó en los ojos, y tirándole amorosamente de los 
bigotes, como hacía con Brummel, empezó á em- 
briagarlo la zalamera. 

— Tú no querrás que tu mujercita muera, ¿ver- 
dad? Me dejarás en Macuto, mi vida, ¿no? 

Extrañado, encantado, radiante, feliz, Crispín 
prometía, cedía. ¡Cómo no! Que se quedara. El 



EL HOMBRE DE HIERRO 14 L 

no aspiraba sino á saberla contenta, rebosando 
salud. 

Y luego, pensando en sus noches solitarias y 
tristes, el exorable esposo, 

— ¡Pero tú sabes, María!... — le dijo—; ¡es un gran 
sacrificio para mí! ¡Qué falta me haces! La vida es 
insoportable sin tu presencia. ¡Te quiero tanto! 

Ella proyectaba cosas. Cuando restablecida por 
completo regresara, todo cambiaría. Nada de abu- 
rrimiento. ¡Iban á ser tan felices! 



IX 



Aquel domingo fué uno de niá8 bellos días de 
Crispín. Se levantó de mañanita, se afeitó él mis- 
mo y se fué á los baños. Había poca gente á esa 
hora y se lo hizo observar á Tacoa al entrar. 

— Poca gente, amigo Tacoa. 

— Sí señor. Los caraqueñitos madrugan poco. 

— ¿Y usted, Tacoa? 

— ¿Yo? Desde las cinco estoy en mi puesto. 
Era hombre célebre aquel Tacoa. Jamás, desde 
que Macuto existe, se conoció otro bañero. Peque- 
ño, regordete, ventrudo, redondo, no le faltaba 
sino el borrico albardado para ser remedo cabal 
de Sancho Panza. Aquella bola de carne estaba en 
armonía con el edificio de baños, de fachada se- 
micircular. Era indígena, ó quizás mestizo de blan- 
co é indio, á presumir por su piel clara, á pesar 
de la curtimbre del mar y del sol; pulquérrimo, 
de buen natural, pulido por el trato dé gentes, y 
no obstante su familiaridad con los bañistas, cor- 
tés y moderado. Conocía, por supuesto, á todo el 
mundo. 

¡A cuántos presidentes de República, á cuántos 
ministros, á cuántas celebridades de todo orden 
había él zabullido en el mar! Ellos pasaban; él no. 
A menudo se dirigía á cualquier gomoso en estos 
términos: 



EL HOMBRE DE HIERRO 143 

— Cuando su abuelo, don Fulano, en los baños 
viejos... 

O bien á algún zagaletón: 

— Mira tú, perillán; tu padre, á tu edad, era 
todo un hombre. No chillaba con esa algarabía 
como tú. 

Su obligación ahora consistía en estarse á la 
puerta recibiendo los billetes y vigilar y asear el 
edificio. 

Cuando invadiendo los dominios de la baña- 
dora solía penetrar como Pedro por su casa en el 
departamento de las mujeres, las ovejas no se des- 
carriaban al ver aquel lobo en el aprisco. Las que 
estaban desnudas ó en camisa cruzábanse las ma- 
nos sobre los senos, exclamando: 

—¡Jesús, Tacoa! 
Las que salían del agua en este momento, reían 
de la indiscreción, y seguían andando con la ca- 
misa pegada y húmeda que moldea las carnes, y 
se frunce é introduce con lujuria entre las divinas 
oquedades del cuerpo femenino, mientras que otras 
bañistas, las piernas al aire, en pantaloncillos ó 
enaguas, continuaban poniendo, sobre la blanca 
piel, la media negra. 

El edificio, por fuera, simulaba un templo en 
rotonda. A la izquierda de un tabique entran las 
sacerdotisas; los bonzos á la derecha. Ambos com- 
partimentos, semejantes: un ábside en curva re- 
entrante, con nichos numerados para el despoje 
de los oficiantes, ó dígase bañistas. Un triángula 
escaleno, cuyo vértice penetra mar adentro, sirve 
de rompiente y de tajamar. La furia del agua y la 
osadía y abundancia de tiburones impiden el ba- 
ñarse en las playas, y la promiscuidad de sexos la 
impide aquel sedimento de prejuicios de un pue- 
blo que, aun practicándolo, teme el pecado, y cuya 



144 R. BLANC0-F0MB0NA 

concepto del honor es el mismo, ó poco menos, que 
el empingorotado y absurdo del siglo XVII his- 
pano. No en balde nuestro país llamó un tiempo 
amo y señor á don Felipe II, y lleva en sus venas 
sangre de los graves españoles, altisonantes y en- 
fáticos en punto á casos de amor, como lo prueba, 
tanto ó más que la historia, todo el glorioso teatro 
de aquella gloriosa nación. 

Crispín entró en el agua. No sabía nadar. Aga- 
rrándose de la cuerda que sirve de apoyo, se acu- 
clillaba, en espera de la ola. La ola en su abrazo 
brutal lo envolvía, le hacía perder el equilibrio, lo 
revolcaba. Crispín, manoteando, braceando, saca- 
ba la cabeza fuera del agua, los ojos irritados por 
la sal marina, la boca amarga de los buches sor- 
bidos y los bigotes en guías hacia las comisuras 
bocales como un chino. Su figura desmirriada, en 
desnudez, aparecía caricaturesca. Los hombros en- 
jutos, los brazos kilométricos, el estómago sumido, 
las choquezuelas como nudos en las piernas como 
veradas; todo aquel desmirriado y triste ser, los ca- 
bellos en punta, el agua á media pierna, jugando 
con el gran mar azul y resplandeciente de hermo- 
sura y de fuerza, era un espectáculo grotesco. Reía 
de su impotencia y azotaba al mar como Jerjes. 
Luego tornaba á ponerse en cuclillas: la ola venía 
de nuevo, desarrollando su cauda luminosa, y otra 
vez lo zambullía, entrándole por los ojos, por las 
orejas, por la boca, por todas partes. Y vuelta á 
golpear al agua con palmadas y sornavirones. 

Otro caballero mañeador que nadaba como un 
pez y permanecía de espaldas sobre el agua, como 
una boya, causó la admiración de Crispín. 

— Venga, venga — le decía el nadador — . No ten- 
ga miedo. Yo lo ayudo. 

Pero Crispín no se atrevía. 



EL HOMBRE DE HTBftRQ 145 

— ¡Oh, no! Ya he bebido bastante agua. 

Cuando regresó al desayuno, su mujer se despe- 
rezaba en el lecho. 

— Anda, floja — se permitió insinuarle — ; anda, 
levántate. El agua está deliciosa. 

Después de la colación se fué á caminar hacia 
La Guzmania, limpio de cuerpo, liviano de espíri- 
tu, extrañándose de aquella libertad inusitada y 
de aquel vagueo bajo los árboles, á millas de su 
casa, contra sus habitudes eutropélicas. En el par- 
que se encontró con un señor que leía. Saludáronse 
y convinieron en caminar juntos uft rato. 

— Esto desentumece, ¿oh? No es la vida sedenta- 
ria que vive uno en Caracas. 

Crispín asentía, encontrándolo todo á maravi- 
lla: el cielo, el mar, la montaña, el arroyo, las 
palmeras. Le parecía que todo aquello lo veía por 
primera vez. Se encontraba en excelente disposi- 
ción de ánimo. A menudo dirigía á su acompañante 
frases en que salía á colación la esposa. 

— Mire usted, mi mujer es muy previsora; cuan- 
do venía para Macuto... 

Y contaba una futileza cualquiera, en loa á las 
previsiones de María. 

Entusiasmándose, á la vista de los uveros, ex- 
clamó: 

—A mi esposa le encantan. Voy á llevarle. Per- 
mítame usted. 

Se puso á recoger uvas silvestres y á repletar 
su pañuelo y sus bolsillos. 

— A la verdad, son de un agridulce delicioso. 
¿No las prueba usted? 

El señor no probaba nada, asegurando que 
aquellas acidas frutas serían buenas, á lo sumo, 
para los pájaros. 

Crispín tildaba de herejía tal parecer, mordía- 
lo 



146 R. BLANCO-FOMBONA 

cando las acres uvillas playeras y gesticulando 
con la dentera que produce la acrimonia de laa 
uvayemas. 

— ¡Vamos, hombre! Una fruta excelente la u villa. 
¡Gusta de tal suerte á María! 

Ella se lo había dicho: el empleo de sus maña- 
nas consistía en saltear uvas, entre amigas, en ban- 
dadas, como pericas. ¡Una diversión! 

A cosa de las diez regresarían de la excursión 
matinal el señor y Crispín. Al pasar por frente de 
La Aleinania, éste se detuvo. Varios ociosos, ins- 
talados en plena acera, jugaban al dominó. Crispín 
se dispuso á verlos; se interesó en la partida; se 
hizo explicar; trató de penetrar los misterios y com- 
plicaciones infantiles é insulsos de aquel insulso é 
infantil divertimiento, invención de algún aburrido 
con poca chispa ó de algún matemático de á bordo 
ó prisionero, sin caletre para más. 

Lo cierto es que al entrar en el casino, Crispín 
participó su proyecto á María, 

— ¿Sabes, mi hijita? Pienso comprar un dominó 
para nuestras veladas de Caracas. 

Como su mujer no respondiese, él dijo: 
— ¿No te parece bien? ¿Te gusta el dominó? Es 
un juego agradable. Distrae mucho. 

Y acordándose de las uvas: 

— ¡Toma! ¡Qué cabeza la mía! Ya iba á olvidar... 
¡Como á ti te gustan tanto! 

— ¿A mí? i 

— Sí; ¿pues no me dices que correteas todas las 
mañanas por las plavas, salteando uvas? 
— ¡Ah! 
— ¡Cómo ah! 

— Que no recordaba el habértelo dicho. ¡Tienes- 
una memoria! 



EL HOMBRE DE HIERRO 147 

Esa noche se bailaba en el casino, y hubo de 
adelantarse media hora la comida, con objeto de 
arreglar convenientemente los corredores, retiran- 
do las mesas del restaurant, sillas y butacones in~. 
útiles; encender los farolitos venecianos puestos 
adrede, y que ciñen y decoran la baranda, y regar 
con esperma el cemento de los corredores y las 
tablas del salón. Se comió á trompicones. Cuando 
ambas primas acabaron de trajearse para la fiesta, 
ya los primeros arribantes concertaban piezas de 
baile, y de cuando en cuando se oía el registro de 
una flauta ó el preludio de. un violín, todavía des- 
acordes. 

Se rompió con un vals, y apenas terminado, 
salían los bailadores fuera, á los corredores, á res- 
pirar la brisa marina, el terral nocturno, mientras 
nuevos arribantes se precipitaban en el salón, bus- 
cándose los mozos y las mozas. 

Los graves papas, las voluminosas mamas y los 
maridos cincuentones se repantingan en cómodos 
asientos contra los muros, á mirar cómo brincan y 
se divierten los suyos y á gozar de los ojos y aun 
del recuerdo . 

Se empezó una cuadrilla. Julio de Nájera, dis- 
cretamente eclipsado por el día, apareció esa no- 
che en el baile en todo su esplendor. María y Mario 
Linares hacían vis-á-vis á Eva, cuyo galán era 
Brummel. Este, correcto, glacial, brummélico, sin 
dar resquicio á la sospecha, tomaba las transpa- 
rentes manos de María, en las figuras y pasos de 
baile, con la punta rosada de sus dedos. María, 
por el contrario, trató una y otra vez de estrechar 
con fuego en el disimulo y mudanzas de la cuadri- 
lla las manos acicaladas del tenorio, espiando con 
discreta indiscreción en los ojos de su amante el 
"vuelo de las miradas, celosa de Eva. 



148 R. BT.ANCO-FOMBONA 

Brummel, que enamoró á María para encelar á 
Eva, ¿por qué se mostraba correcto, glacial, brum- 
mélico, sin dar resquicio á la sospecha, cuando la 
ocasión era propicia como ninguna para permitir 
entrever á la renuente muchachita los progresos 
que supo hacer el desdeñado en otro corazón de 
mujer? ¿Por qué no hacía alarde ni gala de su 
triunfo? ¿Por qué no probaba con un guiño de ojos, 
con un ademán dp connivencia, que él sabía con- 
solarse de la una y reemplazarla con la otra! ¿Por 
qué no daba celos á la chiquilla de Eva? ¿Por qué 
se erguía en su frac, correcto, glacial, brummélico? 

Algo adivinó ó creyó adivinar Eva Luz, sin em- 
bargo, con ese claro instinto de las mujeres en 
cosas de amor. 

Cuando finalizó la cuadrilla, Brummel sacó su 
pareja á los corredores á respirar un poco de aire. 
Se acercó á la baranda, y acodándose allí con fa- 
miliaridad, de espaldas á la concurrencia, se puso 
á conversar con Eva, también de vista al mar, de 
pie junto al esbelto y elegantísimo de Brummel. 

En el cielo cabrilleaban las estrellas. A lo lejos 
se oía el tumbo del mar. 

Brummel, en voz meliflua, empezó á querellar- 
se. Ella no era lo que parecía con su aspecto inge- 
nuo y encantador. Debajo de aquella envoltura de 
seducción había un alma .dura, desamorada. ¿No 
sabía Eva de memoria que él la amaba, ¡ay, desde 
cuándo! en silencio, en tortura, con heroísmo de 
que él mismo se creía incapaz? 

— El alma de usted, Julio —dijo Eva — , no podría 
negar yo que es un espectáculo digno de contem- 
plación; pero vamos á admirar juntos ahora algo 
menos inmaterial. Mire: mire el cielo estrellado. 
Los luceros nos guiñan los ojos: se están burlando 
quizás de nosotros. 



EL HOMBRE DE HIERRO 149 

Julio sonrió, aplaudió ios rasgos de crueldad y 
de ingenio, dos cosas encantadoras, muy de ella, 
una seducción más que la hacía tan diferente de 
las otras mujeres. Pero él la adoraba, y ella reía., 
¿Por qué? 

Eva pensaba para sí: «¡Dios mío, y estéis Brum- 
mel, el irresistible Brummel, arrancador de cora- 
zones! ¡Pero si es idéntico á todos! ¡Si es la misma 
eterna canción! No merece la reputación que las 
tontas le dan. Le voy á probar que se ha equivo- 
cado; que yo no soy del montón; que no sirvo para 
pedestal de fatuos » 

Julio insistía. El la adoraba. Que ella no le cre- 
yera no le sorprendía. Aquella maldita reputación 
lo perjudicaba á los ojos de ella, y con razón. Pero 
estaba dispuesto á probarle la sinceridad de su 
sentimiento. Que exigiera la prueba más dura. Se 
sentía dispuesto á complacerla, á pasar por todos 
los crisoles: su amor le infundía fuerzas para salir 
victorioso. 

Era sincero en aquel instante: estaba enamora- 
do, quizás de veras, quizás merced á la ilusión de 
su teoría; para conmover es necesario estar con- 
movido. Pero ante la actitud de Eva quiso cambiar 
allí mismo, violentamente, de táctica, ponerla de 
lado y entregarse á María, quien pasaba y repasa- 
ba cerca de la baranda, comiéndose á Julio con 
los ojos. Sino que pensó, no sin acierto, que el no 
llenar mucho lugar en el corazón de Eva era óbice 
al advenimiento de los celos, porque salvo casos 
clínicos, donde no hay amor no despuntan celos. 

Mientras Julio charlaba y exponía su corazón, 
Eva, tornando la cabeza con disimulo, miraba de 
hito en hito hacia el salón y por los corredores, 
como si buscara algo, en asechanza de quién sabe 
qué. 



150 R. B'uANCO-FOMBONA 

La orquesta empezó á preludiar otra pieza. Ju- 
lio continuaba sus querellas. Eva seguía oteando, 
de soslayo, con disimulo, impaciente. 

— No me hable de amores, Julio. Su voz es agra- 
dable, pero oiga: se parece á un piano que no pro- 
dujese más que una melodía, la misma, siempre la 
misma. 

El sonrió, la alabó. Estuvo feliz, seductor. Pero 
las mujeres son las mujeres. Mario pasaba en ese 
instante. Eva se dirigió á él. v 

— Mario, hágame el favor de darme el brazo. 
Lléveme ai salón. 

Y dejó plantado en aquella baranda, sin motivo, 
sin explicación á los ojos de toda la concurrencia, 
á Brummel, al lindo, al rufo, al jarifo, al enamo 
rado, al dandy Brummel, sueño y encanto de tantas 
mujeres. 

Con perfidia, con estrategia, había acechado la 
ocasión de romper con él así, ruidosa, desdeñosa, 
cruelmente. No creyó tan cerca la oportunidad, 
pero una vez propicia, no había por qué se escapa- 
ra. La ocasión la pintan calva. Y pensó, riéndose 
á carcajadas en lo íntimo de su alma: «Ahí queda 
eso: un harapo; que lo recoja María.» 



LIBRO TERCERO 



La artritis y sus secuencias victimaban á doña 
Felipa; á la dispepsia crónica, á los fallecimientos 
cardíacos, sumábase otra dolencia muy más cruel 
—concreciones en las vías biliares — , máxime en 
los periodos agudos del mal, cuando sobrevenía el 
cólico hepático. Entonces era todo berrear la vieja, 
correr la familia y presentarse el médico, el céle- 
bre, el solemne doctor Tortícolis, á ingerir inyec- 
ciones hipodérmicas de morfina para mitigar, por 
medio del narcótico, la pena, ó bien á propinar 
cucharadas y aun vasos íntegros de aceite de oli- 
vas, cuando el dolor no era muy lancinante. 

— Es una tremenda colelitiasis — afirmaba el cue- 
llierguido del doctor, con aquella tiesura de per- 
sona que le valió su bien llevado apodo de Tortí- 
colis, y trayendo á cuenta la terminología médica 
y de la farmacopea, terminalogía á que era muy 
afecto y que hubiera debido granjearle otro apodo, 
'el de Pedancio, por donde se habría inmortalizado 
^1 doctor Juan Peza, como Pedancio Tortícolis. 
La anciana padeció en corto espacio de tiempo 



152 R. BLANCO-FOMBONA 

dos cólicos hepáticos, que minaron aun más su ya 
usada naturaleza. Sino que la vieja, testaruda en 
todo, pugnaba con sus* años y sus dolencias, sin 
ceder á morirse. Pero no digería más que líquidos 
y los regüeldos la ahogaban. 

Se redujo á su aposento, y ya no vivía sino 
muñéndose, tendida ó arrellanada en un extraño 
mueble, mitad asiento, mitad cama, que gracias á 
un resorte enderezaba el espaldar, tornando la ya- 
ciga en poltrona, ó tumbaba el respaldo trocando 
la poltrona en yaciga. 

Flaca, nariguda, amarillenta la tez y amari- 
llentas asimismo las esferas escleróticas, el pes- 
cuezo como un cuello de violín, parecía doña Feli- 
pa un maniquí alámbrico y de cera, ó fabricado 
con pleitas de atocha. 

Y desde su aposento, ya reclinándose, ora re- 
pantigándose, entre eructo y eructo, bregaba por 
dirigir la casa, por pedir cuentas, por cuchichear 
con Ramón, por seguir viviendo y mandando, á 
manera de comodoro herido en medio de la re- 
friega, 

Crispín, muy apesadumbrado, vivía cuanto le 
era dable al pie del butaque materno. 
—Ramón — llamaba la vieja, desadormitándose. 
— No está aquí, mamá; soy yo, Crispín. 
—No es á ti; es á Ramón á quien llamo. 
—Anda por fuera, mamá. Pero diga, ¿qué desea? 
—Pues hablar con él. ¡Pobre hijo mío! 

Y la anciana cuidábase poco de aquel otro hijo 
suyo que estaba allí, velándole el sueño. 

Acababa doña Felipa de pasar el último ataque 
de cólico, y esa noche, en el recibo del corredor, 
amueblado con un ajuar de mimbre, que dicen de 
Víena, las Linares, de visita con motivo de la en- 
fermedad de la anciana, departían casi tan alegre- 



EL HOMBRE DE HIERRO 153 

mente como en sus propias tertulias caseras. A la 
habitación de la paciente, sita hacia el fondo, no 
llegaba el rumoreo de aquel buen humor general. 
Crispí n acababa de presentarse, diciendo: 

— Mamá sigue bien. Después de tomar la poción 
se ha quedado dormida. 

— As¿ puede vivir diez años más — dijo María. 
Y añadió para encubrir la brutalidad de su 
aserto: 

— Eso dice el médico. 

—¿Y Eva?— preguntó Mario Linares. 

— Por allá la dejé. Probablemente venga ahora. 
Discúlpenla si no se presentó antes á recibirlos. 
¡Tan atareada la pobre! 

— ¡La pobre! — repitieron á una Mario Linares y 
Adolfo Pascuas. 

En ese instante, cosa de las nueve, llamaron al 
portón, y se presentaron de visita el doctor Luzar- 
do y su familia, rara gente. 

Sabían que doña Felipa no andaba muy bien. 
¡Qué lástima! Una matrona de tanto mérito! 

— Pocas nos quedan como ella en esta sociedad 
< — aseguró el doctor. 

Orispín abrió aun más sus grandes ojos redon- 
dos con un meneo de cabeza, que bien podía ser 
para dar gracias, como para asentir á tan lisonjera 
opinión. 

En el fondo, á Luzardo y á su familia se les 
daba un ardite de la enfermedad y de las virtudes* 
de doña Felipa. Ellos venían á otra cosa. 

El doctor, médico sin clientela, nunca practicó 
en serio su carrera y arbolaba el título académico 
á modo de estandarte en cuyo torno, hambrienta 
de autoridad y honores, se congregaba la familia, 
«la familia del doctor.» A pesar de sus continuas* 
declamaciones contra personas constituidas en dig- 



154 R. BLANCO F0M80NA. 

oidades de gobierno, el doctor Luzardo vivió siem- 
pre de empleos oficiales subalternos, conexos con 
sus sedicentes estudios: inspector de sanidad pú- 
blica, médico de ciudad, ó algo por el estilo. Su 
pedantismo le hacía creerse superior á sus cargos 
y pensar que si hubiera un Gobierno serio, conser- 
vador, un Gobierno en el cual los ciudadanos se 
apreciaran en razón directa de los méritos, él sería 
por lo menos ministro ó consejero de Estado. Si 
bien al servicio de los gobiernos existentes — pan- 
dillas de rateros — él podía permitirse el censurar- 
los desde la eminente cima de su honorabilidad 
personal. Por lo demás, era un vejete adocenado, y 
más doctoral que docto. 

Su familia se reducía á la trimurti que lo acom- 
pañaba, la esposa y las dos hijas, contraste perenne 
€on el vejete larguirucho, acartonado, lampiño, pues 
eran las tres damas gordas, pringosas, rechonchas, 
más damesanas que damas, amorfas y bigotudas. 

Difícil precisar la edad en tales mujeres. Impo- 
sible distinguir cuál fuese la madre y quiénes las 
hijas. Aquellos tres sacos de tocino tenían cuaren- 
ta, cincuenta, sesenta años, ¡quién sabe! El solo 
indicio de los pelos blancuzcos del frondoso mosta- 
cho en el uno de aquellos esperpentos, indicaba la 
edad provecta. Por lo demás, los mismos andares 
patojos, los mismas piernas cortas y embutidas en 
el vientre, los mismos bustos adiposos, tetones, 
comadronescos. Junto á ellas la voluminosa doña 
Josefa, encorsetada, empolvada, presentable, de-. 
€ente, parecía una sílfide. Beatas redomadas, musi- 
tando preces, desgranando rosarios y pegando á la 
cogulla, odiaban con odio de sacristía á cuanto 
fuera lujo, gracia, coquetería, buen olor. 

Se las llamaba por mal nombre las osas. Sol- 
teronas papandujas, las hijas, las osas menores, no 



EL HOMBRE DE HIERRO 155 

conocían el amor sino por un pecado á que nadie 
quiso inducirlas nunca. Habían ejercido no sé qué 
profesorado de catecismo en no sé qué parroquia, 
y de aquel vago magisterio conservaban un tono 
de suficiencia dogmática con que hablaban á todo 
<el mundo, como si todo el mundo fuera catecúmeno 
intonso. A la más leve rascadura sobre su costra 
iiipopotámica comparecía en ambas la maestra de 
escuela, con su disciplina, su autoridad, su maes 
trescolía y su grotesca importancia. 

No venían por doña Felipa, de quien se les daba 
un bledo, sino en la esperanza de encontrar allí 
público y disfrutar la gloria de esparcir, las prime- 
ras, cierta nueva religiosa. Así, la una de ellas, 
soltó de rondón: 

— ¿Saben ustedes? Quien arribó ayer de Nueva 
York es el padre Iznardi Acereto. 

— ¿Y quién es el padre Iznardi Acereto? 
Como nadie conocía al padre Iznardi Acereto, 
las Luzardo parecieron amostazarse, á pesar de 
que tampoco lo conocían ellas. Pero triunfó la in- 
manente lógica, y ante la ocasión de verter el 
acopio de noticias obtenidas por medio de algún 
presbítero, sonrieron con sus bocazas bigotudas. 

— ¿El padre Iznardi Acereto? Un padre virtuosí- 
simo, venezolano, joven: una esperanza, una gran 
esperanza de la Iglesia. 

Y se explayaron en consideraciones. 
* ¡Como Caracas no lo echase á perder! Porque 
en Caracas, las señoras, como usted oye, las seño- 
ras, echan á perder al clero. El padre Iznardi, que 
pertenecía á la Congregación X, venía con el pro- 
pósito de establecerla en Venezuela. 

— Pero las Congregaciones — dijo Mario — están 
prohibidas por las leyes de la República. No sé 
«corno se las componga. 



156 R. BLANCO- BOMBONA 

Ahí saltaron las tres euménides á un tiempo^ 
como picadas de tábano: 

— ¿Prohibidas? Pues fundará la Congregación., 
¡Cuente usted con qué la fundará! Cuanto á las 
leyes y á los gobiernos, la Iglesia se ríe. Ahí están 
el señor arzobispo y las señoras de Caracas. 

El doctor Luzardo quiso meter baza, elevando 
á más altas esferas la cuestión: 

—¡Las leyes! ¡Ay, amigo Linares; usted es muy 
joven; yo tengo los cabellos blancos: vea! Las 
leyes no significan nada; no involucran la opinión 
del pueblo venezolano, que no las hace, que las 
ignora. 

— Pero si no las hace, las acepta. 

— Por eso no. El pueblo de aquí es un hato de 
carneros. Acepta las leyes, sí, como una tiranía. 

— Entonces, doctor Luzardo, según usted, ¿las 
revoluciones de Venezuela son protestas? 

— Usted lo dice, amigo Linares; protestas contra 
la tiranía que le impone leyes que no comprende, 
costumbres que no practica, mandatarios que no 
elige, que no ama. 

Adolfo Pascuas, mudo hasta allí, adujo una ex- 
cusa cualquiera, saludó y se fué. Rosalía y María 
le acompañaron hasta la puerta, enlazadas por la 
cintura, como en tiempos de soltería, enfadadas 
de la controversia, del debate, de la lección, que 
de todo había en los discursos de aquella gente 
que vino á erigir en el corredor de la casona tri- 
buna, pulpito y cátedra. 

—EL que tiene la culpa es Mario, que les da 
cuerda — susurró María á la oreja de su prima. 

— De veras. 
Crispín, sin compartir el parecer de Mario, 
tampoco opinaba como el doctor. Para él las leyes 
eran sagradas por ser las leyes. Y cuanto al régi- 



EL HOMBRE DE HIERRO 157 

men gubernamental, Crispín, hombre pacífico y 
ajeno á la política, sin reatos que pudieran torcer 
ú obscurecer su criterio en el asunto, y alecciona- 
do por triste experiencia, se adscribía á los paci- 
fistas, repitiendo ia célebre frase de don Domingo 
Olavarría: «En Venezuela el peor de los gobiernos 
es preferible á la mejor de las revoluciones.» 

Se abstenía de terciar en el parloteo, porque 
éste iba ya tomando visos de disputa, como toda 
conversación en la que ingerían su dogmatismo el 
doctor Luzardo y sus tres osas. 

Cuanto á Mario, charlatán incorregible, pensa- 
ba: «que rabien», sin parar mientes en la desazón 
de Crispín, en la fuga de Adolfo, en el alejamiento 
de su hermana y de su prima, ni en las señas. de 
malhumor de dona Josefa. 

— Pues yo no pienso, doctor, que las revoluciones 
sean meras protestas. En medio de una docena de 
pesimismos é ignorancias de buena fe, que no creen 
sino en la eficacia del sable, otra docena de odios 
personales al presidente ó á sus agentes y otra 
docena de ambiciones extraviadas, pero altas, no- 
bles, disculpables, nuestras guerras civiles no son 
sino la exteriorización de una morbosidad, el poner 
por obra, con pretexto más ó menos hábil, cierto 
fondo latente de banditismo. 

— ¿Un bandolerismo disfrazado, entonces? 

— Sí señor; un bandolerismo disfrazado. 

— Pues por lo que á mí respecta, amigo Linares, 
creo con firmeza que mientras nos gobiernen pica- 
ros, las revoluciones son santas. 

— ¡Ah, no! — dijo Crispín, horrorizándose—; la 
guerra nunca es santa. 

—Caro nos cueston esas doctrinas, doctor. Vamos 
carrera tendida al coloniaje. Supóngase que per- 
damos la libertad; pero conservemos siquiera la 



158 R. BLANCO-FOMBONA 

independencia. Es el caso de México; y ya lo ve 
cuan próspero. ¿Era más feliz en tiempo de las re- 
voluciones inveteradas que le valieron la pérdida 
de sus provincias nórdicas, hoy en manos del yan- 
qui, y la invasión europea? ¿Qué seria de la Repú- 
blica y de la patria mexicanas, á no existir aquel 
benemérito de las Américas, aquel glorioso y épico 
Benito Juárez? Sin libertad pudo ser Roma el pri- 
mer pueblo del mundo. Por lo demás, es preferible 
el tiranicidio á la revolución. 

— ¿Cree usted que hay diferencia? Demos que 
muera el tirano; ¿no se sublevarán unos por con- 
quistar el poder, y no pugnarán otros por no des™ 
apuñarlo? 

— Hay otra cosa, doctor. Esos hombres nuestro» 
que se citan como tiranos espantables no son, ni 
con mucho, tales tiranos. Ei más formidable de 
todos ha sido Castro. Y sin embargo, ¡cuan lejos de 
un tirano, de un Rosas, por ejemplo! 

—Es que los tiempos son muy otros. Ejerce la 
dictadura hasta donde puede. ¿Cree usted que una 
degollina á lo Rosas la tolerarían las potencias? 

— ¡Bah! ¿No toleran la matanza de los judíos en 
Rusia, de los cristianos en Albania? El emperador 
Guillermo II, ¿no ordena impunemente el azote 
para los niños y madres polacos, renuentes á la 
germahización de las escuelas y de los hogares, 
por eí sólo crimen de hablar y aprender en polaco 
■y no en alemán? ¿Inglaterra no hace perecer anual- 
mente, según sus propias estadísticas, once mil 
niños boers en los campos de concentración del 
Transvaal? ¿Y la guerra de China? ¿No se apandi- 
llan las grandes potencias para llevar la pillería y 
el exterminio al Extremo Oriente, en nombre de 
Mercurio y de Cristo, por el comercio y por la reli- 
gión? ¿No es esa guerra una agresión cobarde é ini- 



EL. HOMBRE DE IIÍERRO 159 

cua, de la inicua, cobarde y agresiva Europa? ¡Bahi 
No rae hable de las grandes potencias. 

— ¡Qué diferencia! ¡Qué diferencia! Vamos, ami- 
go Linares, aquellos son países estables y cultos. 
¿Cuándo se ven aparecer allí tipos como los núes 
tros? 

— Oiga, doctor. El emperador Guillermo no me 
negará usted que es un soldadote sin campañas; si 
no bruto, brutal; un déspota anacrónico. El zar de 
Rusia, un pobre señor. Francisco José de Austria, 
un viejo chocho. Eduardo VII, un libertino... 

Las osas hacían aspavientos. El doctor Luzardo 
se ponía las manos en la cabeza, escandalizado, 
pues por extraña constitución anímica, él, que no 
respetaba nada en su país, veneraba hombres y 
cosas del extranjero, sobre todo las cosas y los 
hombres de Europa, á los que la distancia, la ve- 
tustez y la historia prestaban, á sus ojos, un pres- 
tigio sagrado. 

Doña Josefa, no menos alarmada, increpó á su 
hijo: 

— ¡Jesús, Mario! No dejas títere con gorra. 

Crispín Luz, con su habitual signo de asombro, 
abrí^ desmesuradamente sus grandes ojos de buho. 

Rosalía y María, retiradas, de pie bajo una 
lámpara del corredor, se engolfaban en la lectura 
de un diario de la noche, indiferentes á cuanto no 
fuera la reseña de una fiesta social, á la que no 
pudieron asistir por la gravedad de doña Felipa. 

Mario, irrestañable de parlaría, pleiteando la 
palabra á los demás que querían arrebatársela y 
y rebatirle, continuó: 

— Por lo que respecta á nuestros hombres públi- 
cos, ¿no opina usted, doctor, que Guzmán Blanco 
fué un cerebro muy claro, un estadista, un refor- 
mador consciente y brillante? Y Castro, ¿no es un 



160 R. BbANCO-POMBONA 

innovador que dicta leyes, abre caminos, erige 
monumentos, mejora el ejército, organiza la ha- 
cienda y tiene en grado heroico la virtud, ya rara 
en Venezuela, del patriotismo y la no menos rara 
del amor á la gloria? Natural es que ambos, inno- 
vadores violentos y de carácter cesáreo, conciten 
en su contra animosidades. Cuanto á Crespo, á pe- 
sar de sus rapiñas, fué un gobernador liberal y tole- 
rante. Ninguno más que él prestaba oído á la opi- 
nión pública. La prensa fué libérrima durante su 
administración. Recuerde que hasta negro bozal 
se le decía, y no por eso persiguió á sus detractores. 
—Usted cambiará de opinión cuando avance en 
edad — aseguró una de las osas—. Y entonces com- 
prenderá que esos hombres y unos pocos más son 
los causantes de todas las desgracias de Vene- 
zuela. ¿No protegen la masonería? ¿No derrocan y 
suprimen los conventos? ¿No imponen el divorcio? 
¿No roban el tesoro de la nación? ¿No encarcelan? 
¿No persiguen? ¿Quiere usted más? 

Las osas se alborotaban, en actitud de púgiles, 
exasperadas por el disenso á sus pareceres. 

Doña Josefa, francamente desagradada con la 
impertinencia charlatana de su hijo, lo reprendió: 
—Pero ¡por Dios, Mario! ¿Qué tienes? Pareces 
una cotorra. 

Este comprendió que sería prudente amainar. 
Pero nueva embestida osuna le decidió á insistir. 
Estaba de veras cargante esa noche, y casi tan 
pedantesco en su terquedad como el doctor Luzardo. 
— Acepto cuanto afirman las señoras — dijo — . 
Sólo añado que si á mí, á Crispín, al doctor, á 
cualquiera de nosotros, nos invistiesen con la su- 
prema autoridad que, dados nuestros hábitos, ejer- 
cen los presidentes de República en Venezuela, 
seríamos quizás mucho peores que los hombres á 



EL HOMBRE DE HIERRO 161 

quienes censuramos con tanta acritud y á veces 
con tanta injusticia. 

María y Rosalía no regresaban á sentarse al 
■circulito donde peroraban mejor que conversaban 
Mario y el doctor, sino que permanecían engolfa- 
das leyendo á cuatro ojos el diario que el reparti- 
dor de periódicos acababa de deslizar por las jun- 
turas de la puerta á la salida de Adolfo. Como 
estaban ai otro extremo del corredor, á espaldas 
de doña Josefa, ésta no las veía, si bien escuchaba 
perfectamente el conocido rumoreo de las enaguas 
y el sonar del papel apañuscado y sabía á las dos 
mujeres por allí cerca. 

— ¿Esas niñas? ¿Dónde andan esas niñas?— inqui- 
rió, sin embargo, más que otra cosa para ver de 
canalizar por otro rumbo la conversación. 

Crispín aprovechó el receso, y se levantó di- 
ciendo: 

—Permítanme un momento. Voy á ver cómo si- 
gue mamá. 

—Nosotras nos vamos, Crispín — exclamó la osa 
mayor. 

— No se vayan. Espérense un instante. Le avi- 
saré á Eva para que venga á saludarlas. 

A poco de allí apareció Eva. 

Doña Felipa seguía bien. Pero imposible de- 
jarla sola. 

No quiere tomar lecho por nada. Y pide noti- 
cias y cuenta de todo. 

Las osas comprendieron que era llegado el mo- 
mento de partir. Y partieron con el bamboleo de 
bus tres grasas moles. Detrás iba el régulo del 
doctor, amo de los tres sacos de tocino, custodio 
de las tres Furias, cornac que guía de feria en 
feria sus elefantes domésticos. 

Apenas salieron, 

11 



162 R. BL.ANCO-FOMB0NA 

— Yo las abomino — dijo Eva, 

Y Rosalía: 

— A mí me producen un malestar casi físico. 
— Son malas y torvas porque no amaron nunca 
— expresó María. 

Y Rosalía, aludiendo á las osas menores, tornó 
á embestirlas con una frase que ya había dicho á 
la oreja de su prima: 

—Son virtudes agresivas. 
Pero María afirmó que Mario tenia la culpa, 
porque las exasperaba contradiciéndolas y porque 
daba cuerda á las teorías del doctor. Demasiado 
moderadas estuvieron. El cargante é imperdonable 
había sido esa noche Mario. Todos asintieron me- 
nos Eva, que sonreía, sin opinar. Sonreído también 
de los cargos que se acumulaban sobre su cabeza, 
Mario dijo en son de disculpa: 

— Me encanta hacerlas rabiar, ya que han hecho 
rabiar á tantos. Lo repugnante de esta gente con- 
siste, no en lo que dicen, sino en el modo como lo 
dicen. El doctor es cargante, pero ellas, las tres, son 
más pesadas que las virtudes de que blasonan. 

Doña Josefa, para no ser menos que los demás, 
introdujo su cuchara en la olla podrida de imprope- 
rios ó burlas. 

— A mí se me parecen á la mujer del Nabab 
—dijo. 

— ¿A la mujer de Perrín?— preguntó Mario re- 
cordando que su madre llamaba el Nabab á Perrín. 

-—No, hombre; á la del otro, el auténtico, el de 
Daudet. 

Como nadie recordaba aquella vaga persona 
de novela, se rieron, 

Y Rosa le dijo: 

— ¡Jesús, mamá! Siempre anda usted con su» 
comparaciones de biblioteca. 



II 



Cuando meses atrás, á poco del regreso de Ma- 
cuto, María le participó la gran noticia á Crispín, 
éste no supo qué pensar, alelado, y se la hizo repe- 
tir varias veces. 

— ¿Tú en cinta, María? ¿Pero es posible? 

— Y tan posible como que estoy de veras emba- 
razada. 

— Pero ¿cómo no lo has dicho antes? 

— Porque antes lo ignoraba. 

— Bien, mi hijita. ¿Qué tienes? ¿Qué sientes? 
¿Cómo supones?... 

— ¡Por Dios, Crispín! Las mujeres sabemos de 
estas cosas. 

Entonces fué cuando Crispín se alborozó de 
veras, llamando á su mujer mamita, y cabriolando 
como genuino caprípedo. El, tan comedido, tan 
discreto, sintió deseos de comunicar á todo el mun- 
do en el almacén la noticia. Le retozaba en la 
boca la frase: «Oiga usted, caballero, mi señora 
está en cinta.» 

A Schegell sobre todo se lo hubiera él gritado 
con la voz de Stentor, para atronarlo y confun- 
dirlo. 

Cuando se lo dijo á doña Felipa, la vieja gruñó: 

— Pero ¿estás seguro? 

— Sí, mamá; ¡cómo no! 

— Y eso, ¿desde cuándo? 



164 R. BLANCO-FOMBONA 

— No sé. María se viene á dar cuenta ahora. 

— Mira, Crispín; yo también soy mujer; tú. no 
eres muy ducho... 

— Pero ¿qué quiere usted decir, mamá? ¡Por Dios! 
No me desespere. No amargue las más santas ale- 
grías de mi vida. 

La reticente anciana se hundía en mutismo, el 
ceño apretado como un puño. 

Crespín salió furioso. Pero poco á poco fué re- 
cobrando el humor apacible: «Pobre mamá — pen- 
só — ; la enfermedad la pone tan impertinente...» 

A Rosendo y á Joaquín les escribió sendas car- 
tas. ¡Cómo no! ¡Una trascendente noticia! Les ha- 
blaba de la madre, ya no grave, pero requiriendo 
asiduos cuidados. Eva, la pobre, constituida en 
hermana de la Caridad, y al propio tiempo en ama 
de llaves. ¡Qué alma tan bella! Y luego la buena 
nueva: «La familia se aumentará dentro de poco. 
La angelical María dará al mundo un retoño. El 
advenimiento del chiquitín es esperado con ansia 
en este feliz hogar.» 

Otros sentimientos animaban á la angelical 
María. Aquella melosidad, aquellos agasajos de 
Crispín, duplos, múltiples, desde el día en que lo 
advirtió del embarazo, la torturaban hasta lo in- 
creíble. Empezó por sentir lástima de su esposo, 
pero se le ha hecho intolerable, repulsivo. Aquqlla 
aversión es más fuerte que su voluntad, y su di- 
simulo no puede vencerla. Físicamente, Crispín le 
inspira horror. «¿Por qué, Dios mío?», se pregunta. 
Nada sabe sino que al ver ese regocijo, ella sufre; 
al sentir el calor y la respiración de su esposo de 
noche, en la cama, sufre. A veces no puede conte- 
nerse y le da un empellón cuando él, panza arriba, 
la cabeza en las almohadas y la boca abierta, duer- 
me y ronca. 



EL HOMBRE DE HIERRO 165 

— ¡Jesús, Crispín, no ronques tanto! No me dejas 
dormir con esa música. 

El se disculpa, se tornahacia la pared, se echa 
boca abajo, muerde un pañuelo de seda, hace cuan- 
to puede, por complacer, pbr no impertinar. Pero 
nada. Vuelta á dormirse y ai ronquido. 

Brummel, por su parte, con su despego, la ha 
hecho andar una calle de amargura. A la casa no 
ha querido volver. 

— No pisaré nunca más el quicio de esa gente— le 
dijo. 

«¿Será por no encontrarse con Eva ó por no vi- 
sitarme?», se pregunta María. Citas en iglesias, ca- 
minatas al Calvario, carreras en coche á extramu- 
ros, todo lo ha osado, á todo se ha expuesto la 
pobre mujer, enferma de amor. En el hogar de 
aquella pasión han ardido todos sus escrúpulos, y 
se fundió hasta su orgullo de hembra. 

Por fortuna, Crispín, anuente en el regocijo de 
su paternidad, la permite salir con Juanita Pérez. 
¡Ay! ¡Juanita Pérez hSr sido su áncora de salva- 
ción! Ya no se distancia de Juanita. 

Juanita Pérez es la amiga complaciente, la 
amiga pobre, la condiscípula, compañera de anta- 
ño, hoy huérfana, venida á menos, y que desdeña- 
da de los hombres por fea, no por misérrima como 
ella se figura, tiene que coser para las amigas de 
la infancia, condiscípulas prósperas, y que suda la 
gota gorda por reunir los veinte pesos mensuales, 
alquiler de la casita por la Pastora. 

Su hermana la mayor, más fea aún, cose que 
cose, apenas sale sino á la iglesia. Juanita va por 
las costuras, hace las compras, reparte los encar- 
gos, ensaya á domicilio el traje de prueba. A veces 
pasa el día cosiendo en esta ó en aquella casa, y se 
aprovecha para almorzar; para llevar con disimu- 



166 R. BLANCO-FOMBONA 

lo, en la noche, un bocado á la mayor, y acepta 
para vestirse los trajes viejos ó usados de las rela- 
ciones pudientes, mitad regalo, mitad limosna. Ella 
sabe tornarlos nuevecitos y se emperejila con tales 
prendas, ó bien los vende como de su manufactura 
en los barrios bajos. Juanita Pérez es la amiga que 
sirve de criada y la criada que sirve de amiga. 
Goza reputación de honrada porque trabaja, no 
pudiendo hacer de otra suerte; de virtuosa, porque 
para delinquir es menester un hombre, y ningu- 
no la invita á pecar; de cristiana, porque alaba la 
caridad que la ayuda á vivir, y porque asiste á 
misa por escuchar el órgano y gozar de ese espec- 
táculo al alcance de todos los bolsillos, además de 
que iglesiea porque es el templo quizás el único 
rincón donde codea de igual á igual á sus amigas 
de antaño. Por lo demás, el alma de Juanita Pérez 
es sumidero de rencores: contra las hermosas, por- 
que es fea; contra las casadas, porque es virgen; 
contra las ricas, porque es pobre. Ella abomina de 
los hombres porque la dejan en soltería; de la so- 
ciedad, porque se cree explotada; de la vida, porque 
se cree víctima de la fatalidad. Espera de buena 
fe que un día el Todopoderoso, redimiéndola de las 
injusticias humanas, la hará ascender al Empíreo, 
al coro de los mártires, ya bienaventurados, sin 
desvestirla siquiera, con los faldellines de acomodo 
y pingajos olientes á bencina. Juanita Pérez es la 
víbora que inocula su veneno en esta guisa: 

— ¡Fulana es tan buena! Este sombrero me lo re- 
galó ayer. No creo un ápice de cuanto se le acha- 
ca. Pero ¡ay nifia, debiera ser más prudente! 

Y refiere una historia íntima, de las que ella 
presencia en los interiores adonde la piedad le da 
acceso, de las que ella presencia ó adivina y en- 
revesa á gusto de su torva intención. 



EL HOMBRE DE HIERRO 167 

Y Juanita Pérez fué el áncora de salvación de 
María. Empezó por llevar y traer papelitos y acor- 
dar citas en las iglesias entre Julio y la mujer de 
Crispín. Aquella fué una romería de templo en 
templo. Hoy en la Pastora, mañana en la Candela- 
ria, el jueves en Altagracia, el viernes en San José. 
Y no faltaron á Santa Rosalía, ni á las Mercedes, 
ni á San Juan. Cuando Julio se fatigó de aquel 
amor oloroso á incienso, reducido al platonismo de 
un beso ó á la osadía de un apretón detrás de un 
pilar, mientras Juanita Pérez musitaba sus preces 
ante el Santísimo, fué Juanita la que iba por el 
coche para las escabullidas al Portachuelo, al Em- 
pedrado, al Camino Nuevo. Y fué Juanita, la ama- 
ble, la discreta, la indispensable Juanita, la que 
prestó voluntaria y generosamente su cama y su 
casa cuando su hermana salía á compras, lo que 
ahora ocurría periódicamente dos ó tres veces por 
semana. 

Aquello le reportaba mejor provento, con menos 
ajetreo, que zurcir farfalas. 

Juanita Pérez valía un tesoro, y María la mi- 
maba, queriéndola con mezcla de gratitud y de 
avaricia. 

So pretexto de costuras, María obtuvo el que 
Juanita pasase todos los mediodías con ella. Pero 
la intimidad y los nexos fueron estrechándose, al 
punto de que Juanita, can disculpa de acompaña- 
miento á la soledad de María, ya no comía ni dor- 
mía sino en casa de Crispín. A éste se encargaba 
de hacer creer la propia Juanita que todo no era 
Bino caprichos del embarazó. Crispín, aunque á 
regañadientes, cedía. 

Como la aversión que le inspiraba su esposo era 
invencible, y como por una fidelidad á rebours, 
María sentíase incapaz de engañar á su amante 



163 K. BLANCO-FOMBONA 

con su marido, ideó el que Juanita Pérez durmiese 
en el lecho nupcial, con ella, relegando á Crispín 
al canapé. Las primeras noches el esposo protestó, 
se incomodó, no quiso, pero María insistió, gimió, 
invocó á los santos, jurando que su malaventura la 
haría abortar. Resignándose con un beso en la 
frente, golosina rara para él, Crispín aceptó el ex- 
trañamiento al diván. Poco á poco fué acostum- 
brándose. El mismo llegaba ahora á. mullir su 
yaciga. Había que encoger las piernas en aquel 
maldito sofá y no rebullirse ó tartalear mucho 
para no rodar por tierra, puesto el ancho de la 
otomana. Pero ¡qué demontre! Aquello pasaría 
pronto. ¡Cuestión del embarazo! «¡Por las que pasa- 
mos los maridos!», pensaba Crispín. No tardaría en 
llegar el querubíncito. ¡Cómo no sufrir gustoso por 
aquel hijo suyo! El querubíncito sería un libertador 
de tristezas, un redentor de infortunios, nuncio de 
paz, heraldo, lictor, bautista de la felicidad. En el 
amor del nene se encendería, más brillante que 
nunca y para no extinguirse, el amor de los es- 
posos. 

De vez en cuando doña Felipa lo increpaba: 

— Crispín, ¿por qué no pones á la intrusa en la 
puerta de la calle? 

Y suspiraba con amargura y amenaza: 

— ¡Ah! Si yo estuviese bien no estorbaría aquí 
cinco minutos más. 

El mismo Crispín se desahogaba á veces en el 
seno de su hermanita: 

— Esta mujer siempre en la casa, presente siem- 
pre ¡Es atroz! Se ha introducido entre María y yo 
como una pared. No tener un instante á solas, ni 
de día ni de noche, para tratar uno con su mujer... 
¡Es atroz! 

— ¿Por qué no la despides clara, rotundamente? 



EL HOMBRE DE HIERRO 169 

— ¡Es tan amiga de María! ¡Se quieren tanto! 

Y luego, suspirando, añadía: 

— De todos modos, es terrible. Esa mujer me su- 
prime porque sí, porque le da la gana, mis dere- 
chos, los derechos que la sociedad y la Iglesia me 
acuerdan. 

Eva no respondía. Pero á menudo mojaba su 
pañuelo, después de aquellas confidencias, alguna 
lágrima fraterna por la acrimonia, por el fraude, 
por el ridículo de que era víctima su hermano. 

Y pensaba: «¡Dios mío! Si tú galardonas de tal 
suerte la virtud, yo reniego de la virtud. ¡Qué 
asco!» 

¡Cuántas veces ella, que presumía la verdad, 
toda la verdad, quiso abrir los ojos de Crispín! 
«Pero no; imposible. Equivaldría á matarlo. El, 
que la cree una santa... ¡Pobrecito hermanito!» 

Llanto de amor, de impotencia, de vergüenza 
y de rabia, empapaba la funda de sus almohadas- 
en el silencio de las noches. 



III 



El padre Iznardi Acereto estaba haciendo furor 
entre la beatería de Caracas, y aun entre la gente 
mundana y despreocupada, sobre todo entre las 
mujeres, acaso por aquel espíritu de esnobismo, 
llamado antes novelería, que es uno de los soportes 
del carácter venezolano. 

Era un hombre joven, de treinta y ocho á cua- 
renta afios, alto, fornido, coloradote, los ojos agu- 
zados y escudriñadores, detrás de sus espejuelos 
de miope; el cabello corto y negro. Parecía extran- 
jero, y se adivinaba, con verlo, que el sol de los 
trópicos no le requemó ni curtió de joven la piel, 
dándole ese tinte bronceado, amarillo bilioso, he- 
pático, de los que habitan ó permanecen mucho en 
las regiones equinocciales. Partido á Europa desde 
la infancia, estudió en no sé cuál seminario la ca- 
rrera eclesiástica, y el destino lo condujo á Holan- 
da, donde corrieron sus mocedades en ejercicio de 
su ministerio. Luego pasó á los Estados Unidos. 
Después de una estada de cinco años entre los 
yanquis, se restituía al país de su origen. En sus 
modales había gracia y desenvoltura varoniles, 
sin aquella untuosidad de palabras, de ojos gachos 
y de brazos en cruz del jesuitismo. Acaso la cir- 
cunstancia de haber perdurado en pueblos protes- 
tantes, librándolo de las mentiras del balandrán, 



EL HOMBRE DE HIERRO 171 

lo libró asimismo de muchas otras mentiras. No 
acostumbrándose el cuerpo, con el uso de la sota- 
na, á los aspectos de santidad, su alma se mantuvo 
igualmente libre de ficciones y posturas convencio- 
nales, por aquella correlación que existe entre el 
interior y el exterior de las personas, que ha dado 
margen á toda una filosofía del traje. 

Regresaba á su país, sobre todo por el ansia de 
verlo, y con un plan de regeneración moral por 
medio de la fe. Era un hombre sincero y acostum- 
brado, en su lucha de propagandista católico entre 
protestantes, á saber del triunfo por la perseveran- 
cia del esfuerzo. 

Hasta su destierro llegaban al levita ecos de los 
desórdenes de la patria; y como la amaba con aquel 
sentimiento que se despierta por el terruño, aun 
entre los mismos que lo denostan, cuando no se 
vive en él y no se oye de lejos sino el clamor de sus 
tristezas, creyó el padre Iznardi en la redención 
de su patria por la fe y vino á realizar el gran 
sueño de su juventud. 

Como esos médicos de laboratorio que desdeñan 
el ponerse á curar bronquitis y , gastralgias, él se 
aficionaba poco de los chischibeos del confesonario 
y otras minucias de la carrera, cansado de haberse 
visto constreñido á practicarlas, y sintiéndose con 
alas para mayores vuelos, en más abiertos y azu- 
les horizontes. El oficio de confesor, sobre todo, le 
repugnaba. Beatas insulsas y pecadoras sin ver- 
güenza, no eran aliciente para su alma férvida, 
batalladora y ambiciosa, cuya caridad consistía, 
no en dar centavos ni consuelos de poca monta, 
Bino en luchar las grandes luchas en pro de muy 
cristianos y altruistas ideales. La rejilla del confe- 
sonario le parecía á veces la rejilla de un albañaL 
Decididamente carecía de vocación para conver- 



172 R. BLANC0-F0MB0NA 

tirse en letrina de orduras morales. A otros esa 
cóprida delectación. ¡Guantas veces, á su paso por 
los templos, evitaba como á chinches á esas viejas 
pegajosas y rezanderas que le espiaban detrás de 
algún pilar! 

— Padre, yo quiero confesarme con usted. 
— No puedo, hija; no puedo ahora — respondía 
malhumorado, escabullándose. 

¡Cuántas veces quemó, sin responder, el billete 
de alguna elegante pecadora que lo quería hacer 
confidente de íntimos deliquios! 

Predicar, predicaba. ¡Cómo no, si aquél era 
uno de sus medios favoritos de persuasión y de 
propaganda! Predicaba sermones abrasados de fe, 
de fe y de patriotismo. No era un Bossuet, ni con 
mucho, pero á pesar de su acento un poco extran- 
jero, parecía elocuente, como que rebosaba de ta- 
lento, de osadía y de convicción, A sus oraciones 
asistía numerosa concurrencia. Iba á oírsele como 
á un tenor en moda. Sus prédicas, sin embargo, 
empezaron á inquietar al arzobispado. Aquel ora- 
dor no se reducía á ponderar las delicias del Empí- 
reo ni á siniestras pinturas del Averno, admirables 
para emocionar almas de cocineras y gañanes, 
sino que osaba á más, y hasta convertía el palpita 
en escuela de ciudadanos. 

Misa, rezada algunas veces, á las cinco ó á laa 
cinco y media de la mañana, en Catedral. Se le 
permitía decir misa, aunque no fuese cura parro- 
quial; pero imponiéndole esa hora tempranera, 
casi casi en son de hostilidad. Los fieles afluían, no 
obstante. Llegaba apenas clareando á la sacristía; 
despertaba al monaguillo, amodorrado por allí, 
esperándolo ya, de roquete blanco y hopa purpúrea; 
calábase las vestiduras de oficio en un santiamén, y 
en un santiamén rezaba su misa. 



EL HOMBRE DE HIERRO 173 

Cierta mañana, á poco de iniciarse el santo sa- 
crificio, aconteció una cosa tremenda. 

La tierra sacudióse de súbito como el cuerpo de 
un corcel nervioso. Pasaron uno, dos, tres, cinco 
segundos y la tierra continuaba estremeciéndose. 
De los altares cayeron ios candelabros, las imáge- 
nes rodaron por tierra, fracasándose; las briseras 
y cristales de las hornacinas retiñeron, rompién- 
dose. Los fieles echaron á correr, dando berridos: 
— ¡Temblor! ¡Temblor! ¡Misericordia! 

Una vieja se desmayó. El monacillo, abrazán- 
dose con los Evangelios, rompió á llorar. No se oía 
sino este unánime alarido: 

— ¡Misericordia! ¡Misericordia! 

Cuando los fieles desembocaron en la plaza Bo- 
lívar, las puertas de las casas circunvecinas ya 
traqueaban, abriéndose: por los balcones se despe- 
ñaban racimos de gente. Del Hotel diagonal con la 
Torre salía una algarada indescriptible: juramen- 
tos, exclamaciones, súplicas: en francés, en inglés, 
en alemán, en español. Y dominando el tumulto, 
surgía de todas las bocas el grito de lamentación, de 
impotencia, de amparo: 

— ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia! 

En medio de la universal desesperación no fal- 
taban las notas cómicas. Una tiple de zarzuela 
española, recién arribada á Caracas, sin darse 
cuenta de la magnitud del peligro, en medio del 
alboroto, salía del hotel á medio vestir, furiosa, 
diciendo: 

—Tenéis razón, ¡caramba! América para los 
americanos. Aquí no se puede vivir. 

De todas las calles afluía gente, las caras de 
espanto, en greñas, á medio despertar, fantasma- 
ticos: unos en camisa, otros en pantalones; éstos 
con una capa echada sobre su desnudez, aquéllos 



174 R. BLANC0-F0MB0NA 

arrebujados en sábanas, pálidos, como visiones. 
Las mujeres en bata, sin corsé, sin medias, sin 
zapatos, ó bien abrigándose apenas con una coi- 
cha, con una funda, con el sobretoda del marido, 
con lo primero que se encontró al correr; temblan- 
do, llorando, abrazándose con los hijos, con los 
hermanos, con los esposos. 

Toda aquella multitud algarabienta y quejum- 
brosa congregábase en la plaza, en torno de la 
estatua del Libertador, apiñada junto á Simón Bo- 
lívar, como en los días trágicos de la patria, como 
si fuera él, Bolívar, el Libertador, nuestro padre, 
el único que pudiera salvarnos de todos nuestros 
infortunios. 

De nuevo tembló la tierra. El clamoreo resurgió 
más agudo, más angustiado, más suplicatorio: 
— ¡Misericordia! ¡Misericordia! 

Los soldados huían de los cuarteles; hombres, 
mujeres y niños en nuevas olas humanas fluían 
hacia la plaza. No se divisaba sino un mar de ca- 
bezas desgreñadas, de sombreros apabullados, de 
ojos fuera de las órbitas, de rostros macilentos y 
desencajados. Y sobre toda aquella pavorida mul- 
titud el corcel del Libertador y la figura imperté- 
rrita de Bolívar, al viento la esclavina, el bicornio 
en la diestra, como en alguna entrada triunfal, 
como recibiendo en alguna de las capitales de 
América, bajo lluvia de flores, los homenajes y 
aclamaciones de aquella gente redimida por su 
espada. Ese era su pueblo, su pueblo magullado y 
dolorido, muerto de miedo como en 1812, cuando 
irguiéndose el héroe en tribuna improvisada sobre 
las ruinas y los diez mil cadáveres de Caracas, en 
aquel doble terremoto de la tierra y de las ideas, 
silenció al cura agorero esclavo del rey, y galva- 
nizó á la multitud con este grito sublime: «Aun- 



BL HOMBRE DE HIERRO 175 

que se oponga la Naturaleza, la venceremos, y 
habrá libertad y habrá república.» 

En andas, en vilo, sacábase de las habitaciones 
á los contusos y á los heridos. De todas parte se- 
guía llegando gente. Ya no cabían más en la plaza. 
Algunos gritaban: 

— ¡Al campo! ¡Al campo! 

Entonces pudo verse una cosa épica. En la 
puerta de Catedral apareció el padre Iznardi, re- 
vestido aún de la sobrepelliz, grande, coloradote, 
impasible, solemne, como si no tuviera él, tan 
fogoso, nervios. Con dignidad heroica había ter- 
minado su misa. Había cumplido su deber hasta 
el fin. 

El alba teñía de rosas el cielo de Oriente. 



IV 



De tiempo en tiempo el Avila bramaba como 
un león. 

Esa mañana la multitud invadía plazas y jar- 
dines públicos. La vida de la ciudad se interrum- 
pió con el pánico. Los almacenes no abrían sus 
puertas; los vehículos no traficaban. Sólo en las 
boticas, en las imprentas y en el telégrafo, agol- 
pábase, estrujándose, la gente; pero no bien se 
oía el estrépito de una puerta al cerrarse, ó de 
alguna vigueta en desequilibrio que venía al suelo, 
cuando todos echaban á correr, en aspaviento, 
alocados, sin saber adonde. Salían á luz boletines 
y ediciones especiales de los diarios con noticias 
de toda la República. El público devoraba las nue- 
vas de Maracaibo, de Valencia, de Ciudad Bolí- 
var, de Coro, de Barquisimeto, de La Victoria, de 
Mérida; en angustia los que tenían parientes por 
allá, todos esperando nuevas fatídicas. 

De repente circuló una extraña noticia. En el 
Observatorio Astronómico flameaba una bandera 
negra. Y corrió junto con un escalofrío de pavura 
el anónimo y absurdo anuncio de que á las doce 
estallaría un volcán en el monte Avila. 

Todas las miradas, en el colmo del espanto, se 
dirigieron á los relojes públicos; pero los relojes 
públicos se habían parado al estruendo sísmico 
-en- la hora de la catástrofe. 



EL, HOMBRE DE HIERRO 177 

La gente se arremolinaba. Unos á otros se diri- 
gían preguntas imposibles de responder. Las mu- 
jeres empezaron á llorar. Y atropándose á la puerta 
de los templos clamaban de nuevo: 
— ¡Misericordia, Sefior; misericordia! 

Era precisamente la hora del mediodía. Manos 
invisibles, las manos del Miedo, comprimían las 
gargantas; apenas se respiraba. En ese instante 
hubo otro sacudimiento de la tierra y el Avila 
bramó como un león. Hasta los más serenos {la- 
quearon. Todo el mundo creía llegada su última 
hora. Y no se oía por todas partes sino la alarma 
de la multitud, exhalándose en opiniones, en lágri- 
mas, en rezos. 

Ya nadie pensó más que en correr á los cam- 
pos vecinos. Caracas salía en éxodo. Por todas par- 
tes se veían braceros con bultos, mujeres del pueblo 
con líos á la cabeza, carretillas con hamacas y 
colchones, parihuelas con baúles, y en aquella 
liorna, en manos de tan abigarrada emigración, 
maletas, cofres, abrigos, tiendas de campaña, le- 
chos portátiles, sillas de extensión. 

El cielo estaba azul, la tarde serena, y el sol, 
el radiante sol de Caracas, esparcía su alegre cla- 
ridad sobre todos aquellos pavores en fuga. 

De Rosendo se había recibido un telegrama: 
«Aquí todos bien. Gran susto. ¿Y allá?» Telegra- 
ma lacónico, de palabras bien contadas y calcu- 
ladas, cosa de que no costara sino el mínimum, que 
no era Rosendo hombre á poner de lado su taca- 
ñería innata por un terremoto de más ó de menos. 
Como se le repuso en seguida que no ocurrió nove- 
dad en la familia, se aventuró á preguntar por 
otro despacho telegráfico: «¿Han sufrido intere- 
ses?», temeroso de que alguna casa de las del patri- 
monio común se hubiese derrumbado en la capital. 

12 



173 R r BL.ANCO-FOMBONA 

Cuanto á Joaquín, vino personalmente á ver de 
trasladar á Cantaura á su madre, á sus hermanos 
Eva y Ramón, á María y á Crispín. Pero imposi- 
ble. ¿Cómo transportar á la anciana, tan achacosa, 
casi inválida? Sobre que ella dijo: 

— No me moveré de aquí. Es inútil que insistan. 
En Caracas nací y en Caracas moriré. 

María, en cinta, era otro inconveniente. Eva 
no quiso abandonar á su madre, y á Ramón se le 
convenció, aunque á duras penas, de que debía 
permanecer con la familia en aquellas horas de 
alarma y de eversión. 

Por fortuna la casa poseía uno de esos corrales 
enormes de las viejas mansiones señoriales del 
país, construidas en tiempos de la Colonia, cuando 
el suelo, por la rareza de población, valía poco y 
la fortuna pública estaba íntegra en manos de un 
corto número dirigente, de una oligarquía. Se con- 
vino, pues, en instalarse en catres en el corral, 
bajo techo provisional de colchas, para resguar- 
darse del relente. Sábanas, que pendían entre 
catre y catre, daban aspecto de dormitorios inde- 
pendientes al gr^n dormitorio común. 

Cuando menos se esperaba, la campanilla del 
teléfono sonó. Los nervios estaban á tal punto sen- 
sibles y alarmados, que todo el mundo se puso en 
carrera, sin explicarse por qué. Al fin Eva acudió 
al llamato. Eran el doctor Luzardo y su familia, 
transidos de pavor, á quienes se les echaba la no- 
che encima, sin saber adonde guarecerse. Se les 
permitió venir, de mil amores. Ramón era uno de 
los más empeñados en que viniesen. 

— El miedo entre muchos toca á menos— dijo en 
tono de zumba, pero traduciendo, á pesar de la 
zumba, su más íntimo sentir. 

Cuando ya los supo instalados y más tranquilos,. 



EL HOMBRE DE HIERRO 179 

Joaquín partió á tomar el último tren de Los Te- 
ques. La gente, apiñándose en las estaciones ferro- 
viarias, se disputaba los billetes á puñetazo limpio. 

Por concesión especial, los trenes hacían alto 
á cada momento como tranvías, para desembuchar 
en cada hacienda, en cada quinta, y aun á campo 
raso, de trecho en trecho, racimos de personas. 

Cuando Joaquín llegó á Los Teques, serían las 
seis y media de la tarde. 

En Caracas no quedaban sino los que se insta- 
laron desde temprano en las plazas públicas, y que 
se disponían á pernoctar en las alamedas. 

A eso de las siete ó siete y cuarto, la tierra tem- 
bló una vez más. La obscuridad añadía espanto á 
la catástrofe. Todos, Eva, María, Ramón, Crispín, 
Juanita Pérez, la servidumbre, hasta doña Felipa, 
hasta las Luzardo, todos fraternizando en el espan- 
to, dulcificados por el pavor, se agruparon en torno 
de una imagen en yeso de la Virgen de Lourdes, 
puesta sobre un velador, y empezaron á rezar con- 
tritos y fervorosos el rosario. 

Se oía una voz de mujer destacándose en el si- 
lencio como una flecha dirigida al azul: 

— «Padre nuestro, que estás en los cielos...» 

Y luego rezongaba el coro, lleno de unción: 
— «Dios te salve, María, llena eres de gracia; el 
Señor es contigo...» 

La blanca luna, en el claro azul de la noche, 
ascendía por el cielo parecida á una hostia, como 
en los versos de Lamartine. Un perro aulló, á la 
distancia. Todos temblaron pavoridos en silencio. 

Una sirviente dijo: 
— Cuando los perros laten... 

Pero no pudo concluir. 
— Cállese usted: por el Santísimo Sacramento, 
cállese usted — la interrumpió el doctor Luzardo, 



180 R. BLANCO-FOMBONA 

presa de terror supersticioso, el acento y las manos 
en rehillo. 

María se desmayó. Un sudor frío empapó su 
rostro. Los circunstantes se inclinaron ansiosos. 

—No es nada, mi hijita. No tengas miedo — le 
decía Crispín, haciendo de tripas corazón, no me- 
nos asustado que los demás. 

Y Ramón, el egoísta Ramón, que la abominaba, 
se puso á verter para la enferma gotas de serpen- 
taria en el agua de un vaso. 

Apenas recobrábase María, nuevo temblor, más 
violento, más prolongado, más espeluznante, hizo 
poner de pie á todo el mundo, y mirar á la dere- 
cha, á la izquierda, con ganas de correr y espan- 
tándose de aquel enjaulamiento. 

— Cúmplase tu voluntad, Dios mío — pronunció 
el doctor, arrodillándose. 

Y los demás fueron cayendo de hinojos, uno á 
uno, y murmurando á su vez: 

— Cúmplase tu voluntad, Dios mío. 
María, sin embargo, no cayó de rodillas, ni se 
resignó á rezar: «Cúmplase tu voluntad, Dios qiío», 
sino que desmadejándose y retorciéndose, empezó 
á dar alaridos y á llevarse las manos al vientre: 

— ¡Ay! ¡me muero, me muero! 

— ¡Un médico! — suplicaron varias voces al mismo 
tiempo. 

Y todas las miradas se clavaron en Ramón. Pero 
Ramón, transido de pavura, alelado, sin compren- 
der, repitió como los demás: 

— ¡Un médico!... 

— ¡Yo iré, mi hijita! — voceó Crispín, en desespe- 
ro — . Yo iré por el médico. Yo, tu marido. Yo, que 
te adoro. 

— ¡Sí, Crispín, por Dios, un médico! ¡Me muero! 
Cuando Crispín se encontró en la calle, la san- 



EL HOMBRE DE HIERRO 181 

gre se heló en sus venas. No había más luz que la 
del cielo, una clara luna que plateaba los edificios, 
dándoles un tinte sepulcral y rielando en el pavi- 
mento. El pavimento, haciendo visos al claror noc- 
turno, parecía un charco de agua. 

Ni .un alma, ni un rumor. Las calles se dirían 
más largas. La pavura se respiraba en la atmósfe- 
ra. Aquello era una ciudad de cementerio. Los pasos 
de Crispín resonaron á la distancia, y al eco de sus 
pisadas, en la ciudad silente y vacía, corrió por su 
espina dorsal el calofrío del pánico. 

Allá, en el horizonte, el Avila bramó como un 
león. 

Crispín se detuvo un instante; se persignó; 
quizo rezar. Se agarró con ambas manos á un farol 
de la esquina; miró hacia el Norte; miró hacia el 
Sur; miró hacia el Este: por dondequiera la calle 
recta, solitaria, muda, sombría. Bajó la vista como 
para no ver la soledad; pero luego volvió á clavar 
los ojos en la noche, y de súbito, desasiéndose del 
farol, ignorante de ío que hacía, echó á correr sin 
rumbo, pávido, como un loco, por aquella ciudad 
desierta. i 

A lo lejos, el Avila bramaba como un león. 



V 



Aquello no era vida. Crispín ya no podía más. 

Doña Felipa con sus achaques, María con un 
desequilibrio nervioso, á causa quizás de los tem- 
blores, y el primogénito, el reciennaeido, que sub- 
siste por milagro, á fuerza de cuido, de desvelos, 
de azares, entre riesgos, ¡qué vida! 

Las noches las pasa en claro el pobre Crispín, 
con su hijo en los brazos, y despertando con pre- 
cauciones, con mimos, á la regañona de nodriza 
para que dé el seno ai chiquitín. Este ni siquiera 
llora. Los pies y ]as manos, enormes para tan di- 
minuto ser, se agitan en el aire, la boca hace una 
mueca dolorosa, y vuelta á caer en quietismo ca- 
davérico. Cuando lo atetan, mama, chupa glotona- 
mente, y luego echa un vómito blanco, manchando 
el babero, la camisita, los cobertores. De sus ojos 
fluye un pus amarillento, como si el pobrecito mi- 
rase por dos ulceras. La boca la tiene choreta, y 
enorme la cabeza como una calabaza. 

Crispín toma al infeliz deforme en sus brazos, 
le llama querubín, arcángel, primor; le besa las 
mejillas, la torcida boca, los purulentos ojos. Se lo 
acuesta en las piernas, boca arriba, y con un go- 
tero le vierte blanco líquido, gota á gota, en las 
cuencas; luego seca y limpia el transparente licor 
con un algodoncillo y trata de despegar aquellos 



EL HOMBRE DE HIERRO 183 

párpados, obstinadamente apretados. Ante la mise- 
ria fisiológica del pequeñuelo, Crispín se llena de 
piedad, de ternura, de desesperación. En cuanto 
^ntra del almacén, toma al niño, lo cura, lo besa 
y lo llama su amor, y le aplica todos los diminuti- 
vos de la lengua y todas las mimosidades del léxi- 
co. De noche, apenas encuna ó cede el hijo, lo coge 
de nuevo ó lo arranca otra vez de los brazos de la 
criadora, y lo carga, lo pasea, le canta, lo arrulla. 
Otra de sus tristezas consiste en que, según él, 
María carece de sentimiento maternal. ¡Cómo se 
indignó con una chanza de Rosalía, á propósito del 
angelito, chanza que obtuvo, no la reprobación, 
sioo el aplauso de María! 

Rosalía preguntó á su prima: 
— ¿Qué nombre le vas á poner? 
i Y la madre repuso: 
— El santo de cuando nació, quizás. 
Buscaron el almanaque. Había nacido el día de 
Santa Ana. 

— ¡Admirable! ¡de perlas! — exclamó Rosalía, con 
«cara de regocijo — . Que se llame Ano. 
Y ambas se desternillaron de risa. 
¡Cuántas veces ha increpado Crispín á su mujer: 
— ¡Jesús, María! ¡Tú no amas al pimpollito! 

Los nervios de María se exasperaban. 
— Mira, Crispín: no me vuelvas loca. Tú estás 
chocho. Yo no. Y no me recrimines por todo y á 
cada paso. Concluiré por ver en ti un verdugo y 
por abominarte. 

— La verdad es que tú consideras al chiquitín 
€omo una basura. Y es tu hijo; es nuestro hijo. Tal 
como sea debemos quererlo. 

Juanita Pérez terciaba entonces: 
—Pero Crispín, considere; tenga paciencia. Ma- 
ría está muy mal. Sus nervios... 



184 R. BLANCO-FOM30NA 

En Crispín empezaba á despuntar un nuevo y 
desconocido sentimiento de repugnancia hacia su 
mujer; animadversión que él, sin embargo, no que- 
ría confesarse. Pensaba: «Si no quiere ai chiquitín 
es porque tampoco me quiere á mí. Y ¿no me des- 
viví yo siempre por ella? En el fondo es gran in- 
justicia la suya, sobre que no querer á un hijo es 
monstruoso.» Pero luego se decía: «No, no puede 
ser. Ella sufre. ¡Ay, esos nervios! ¡La pobre!» 

Su mujer sufría, en verdad; sufría mucho. Su- 
fría porque lo abominaba á él, al esposo; porque 
sus caricias, sus modales, su voz, su presencia, 
todo él, le era intolerable; y sufría, además, por el 
abandono de Brummel, su grande, su verdadero, 
su único amor. ¿No la plantaba el perillán por una 
mujer con hijos, por una mujer mayor que ella, 
por la mujer de un soldadote brutal y oloroso á ca- 
ballo, por la esposa del general Cabasus Abril? No 
hubo medio de retenerle. Se lo habían embrujado. 
Todos los billetes, todas las lágrimas de María 
fueron inútiles. Hasta la elocuencia de Juanita 
Pérez hizo fiasco. Aquella Remedios, con su nom- 
bre oliente á botica, debió de haber hecho uso de 
su nombre. ¿Qué pócima, qué filtro, qué menjurje 
le hizo apurar la hechicera? María no la llamaba 
en sus pensamientos y en sus conversaciones sino 
doña Remedios, en tono despectivo y burlón. Cayó 
enferma. Perdió el apetito. Se enflaqueció, empezó- 
á quejarse de dispepsia, de flatulencia, de turba- 
ciones gastrointestinales. Sus ojos adquirieron un 
brillo inusitado, y su aspecto se tornó en ansioso y 
terrible, mientras la turbación de su alma se tra- 
ducía por gestos bruscos y monóton s y por llanto 
sin razón aparente. De noche apenas si dormía. El 
insomnio sentóse á la cabecera de su cama. Por su 
cabeza pasaban, durante las horas de vela, ideas* 



EL HOMBRE DE HIERRO 185 

tristes, ideas negras; se reprochaba á menudo el 
no querer bastante á su hijo ó el haber perdido el 
amor de Brummel por parquedad de mimos. Tenía 
la culpa de su infelicidad. Debía morir. Estaba 
dispuesta á no sufrir las acusaciones de su con- 
ciencia. ¿Por qué no morir? ¿Por qué no matarse? 
La muerte sería menos amarga que su vida. 

El doctor Tortícolis, llamado á consulta, expli- 
caba muy serio, con su énfasis habitual: 

— Es un caso de lipemanía. 

— ¿Y qué es eso, doctor? — interrogaba el marido. 

— Eso — decía gravemente el galeno, arqueando 
las cejas y apuntando á Crispín con el índice — , eso 
es, según Mareé, una afección mental caracteriza- 
da por delirio de naturaleza triste y una depresión 
que arriba á veces hasta el estupor. 

— ¿Y qué le damos, doctor? ¡Sufre tanto! 

— ¡Ah! Será menester un régimen. Sedativos 
nerviosos é hipnóticos; bromuros, cloral, inyeccio- 
nes de cocaína, según aconsejan Morselli y Buceó- 
la, ó bien tintura de nuez vómica y láudano, sin 
olvidar las duchas y los purgantes diarios, como 
opinan Belle y Lemoine. 

— Pero ¿y usted qué opina? — preguntó el pobre 
Crispín con la mayor ingenuidad. 

— ¿Yo? Pues... tónicos: quinina, hierro, cafeína, 
kola, peptonas; purgantes, lavajes metódicos del 
estómago. Pero mire: voy á extenderle más bien 
una receta. 

Sacó de la voluminosa cartera un lapicero de 
oro, y sobre una lámina de papel timbrado con su 
nombre, dirección y horas de consulta, escribió: 
«Clorhidrato de cocaína, 1 gramo. 
» Agua destilada, 100 gramos. 
»Para inyecciones hipodórmicas: de 6 mili- 
gramos. 



186 R. BLANCO-FOMBONA 

El doctor pasó la receta á Crispín, y sobre nue- 
va hojita empezó á extender otra prescripción: 
Vino de kola, 2B0 gr. 
Id. quinina, 250 gr. 
Id. genciana, 250 gr. 
Id. colombo, 250 gr. 
Licor de Fowler, 10 gr. 
Tintura de nuez vómica, 5 gr. 
— Esto — dijo extendiendo la receta á Crispín — 
para que se le dé un vasito dos veces por día; en 
almuerzo y comida. 

Explicó algo más al marido, prometió volver 
pronto y salió taconeando muy satisfecho de sí mis- 
mo, enfundado en su negra levita y con su cuello 
«erguido más que nunca. 
Pero María no mejoraba. 

Crispín se dolía de los males de su mujer, á 
pesar de ser la primera víctima de aquella natura- 
leza en desorden. Todo lo pasaba, sin embargo. Lo 
que no perdonaba Crispín era el desafecto de Ma- 
ría hacia la criaturita. 

— ¿Tú no comprendes— le decía—que mientras 
más desgraciado, más debemos quererlo? 

Pero las objeciones del esposo la ponían fuera 
de quicio. 

— Yo no comprendo nada, ¿sabes? nada. Ni deseo 
que tú me vengas con filosofías. Quiérelo tú y dé- 
jame á mí tranquila. Yo lo quiero á mi modo, 
¿sabes? á mi modo. ¿O te crees tú solo capaz de ca- 
riño, de bondad y de rectitud? 

— ¡Pero María, por Dios! ¡Esas maneras! 

— Son mis maneras, ¿sabes? son mis maneras. Y 

te casaste conmigo conociéndome de sobra. La 

que no te conocía esos aires de santurrón era yo. 

La engañada, la víctima soy yo. Así, clarito, yo... 

Durante media hora no escampaba la lluvia 



EL HOMBRE DE HIERRO 187 

<le agravios. Crispín se fingía el sordo, el mudo, el 
tonto, se desesperaba, tomaba el chiquillo y pa- 
seándolo nerviosamente, le canturreaba en voz 
.alta para ahogar las vociferaciones de su esposa: 

Arrorró, arrorró, mi niño; 
arrorró, arrorró, mi amor... 

La canturía y la fingida indiferencia exaspera- 
ban aun más á María, sorda á la prudencia, sorda 
,á Juanita Pérez, sorda á la nodriza que le decía: 
— No se emberrinche la señora, que le hará daño. 
Crispín continuaba, él nifio en brazos, cantán- 
dole: 

Riqui, riqui, 
riqui, ran. 

Las campanas de San Juan 
piden queso, piden pan. 
Las de Roque 
alfondoque. 
Las de Rique 
alfeñique. 
Riqui, riqui, riqui, ran. 

Una tarde llegó Crispín á su casa más tempra- 
no que de costumbre, pálido, inmutado el semblan- 
te, una gran amargura en el rostro. Había caído 
en sus manos un papelito anónimo contentivo de 
iina alusión á la infidelidad de su esposa, papelito 
furtivamente deslizado en el escritorio de Crispía 
por alguna mano traidora y con la más vil y avie- 
sa intención. Aunque la letra no se parecía á la de 
ninguno de los compañeros de oficina, Crispín acha- 
có sin vacilar la ruin empresa á Schegeli. Aque- 
lla asechanza, aquel golpe traidor en la sombra, 
á cuanto él tenía de más caro, aquella repentina 
irrupción de fango que manchaba su nombre, lo 
inmerecido de aquella nueva desventura, quiéa 



188 R. BLANCO-FOMBONA 

sabe qué instinto dormido en su alma y en sus ner- 
vios lo movió, porque levantándose de súbito aquel 
hombre reflexivo y pacífico, sin esclarecer suposi- 
ciones, sin vacilar ni razonar, como un impulsivo, 
como un sanguíneo, como un violentó, se enderezó 
á Schegell y le fulminó, sin decir oste ni moste, 
dos tremendas bofetadas. El cajero, sorprendido 
de la agresión, echó á correr; los demás empleados 
se apresuraron á intervenir, á pedir razones; todo 
fué un momento alboroto y confusión en el templo 
de Mercurio. Crispín se negó rotundamente á dar 
más explicación que ésta: 
— Ese hombre es un canalla. 

Así lo dijo también, sin añadir una jota, al mis- 
mo Perrín. Y todo el mundo pensó, dado el carác- 
ter del agresor, que se estaba volviendo loco, ó 
bien que alguna razón recóndita y de peso le obli- 
gaba á aquel extremo. 

Cuando llegó á su casa, ya desfogado, el tempe- 
ramento de Crispín recobró su imperio; y aunque 
venía resuelto á interrogar á su mujer, cuando es- 
tuvo en presencia de María no se atrevió. Le pare- 
ció que sería ofenderla. No; aquello no era posible. 
La duda, sin embargo, empezó á roerlo, y fué una- 
espina más que punzaba su corazón, ya tan mal- 
trecho y lacerado. Ahora era él quien esquivaba, 
todo parlamento con su esposa. 

A veces encunaba al chicuelo, ó lo ponía en 
brazos de la criadora, y se iba sudoroso, rabioso, 
desesperado, hacia el interior de la casa, á los. 
apartamentos de Eva y de doña Felipa. Pero allí 
la cosa no era mejor. La vieja se debatía furiosa, 
maldiciendo, asegurando que sus hijos todos eran 
unos pillastres, mal agradecidos, y que la estaban 
matando á disgustos. 

Era su cantaleta habitual. 



EL H0M8KE DE HIERRO 189 

Los caserones de Ramón se derrumbaron con el 
terremoto. Perrín vociferaba que Ramón, en vez 
de emplear materiales y obreros buenos para la 
fábrica, hizo una porquería y procedió como un 
píllete para embolsarse lo ajeno. De ahí el fracaso. 
Demandado Ramón, ya el tribunal había elegido 
una comisión de esperticia. 

Perrín venía desazonado desde el comienzo. La 
ganancia inicial iba á consistir en el producto del 
contrabando que se introdujera con los materiales 
cuya exoneración de derechos acordó el gobierno 
en obsequio de aquella obra de utilidad pública. 
Pero el contrabando fué descubierto y apresado 
por la Aduana, lo que ocasionó las primeras des- 
ilusiones. La exoneración de los derechos aran- 
celarios fué suspendida. Ahora las casas se de- 
rrumban. 

— ¡Ah, no! ¡Caramba! ¡Eso no! — gritaba Pe- 
rrín — . Yo no estoy dispuesto á dejarme estafar por 
un gandul. 

Perrín se olvidaba de la Biblia, á pesar de ser 
protestante, y de que con la vara con que mides 
serás medido. 

Había demandado á Ramón y á su fiador soli- 
dario y principal pagador, es decir, á doña Felipa. 
Aquello fué la de Dios es Cristo. Joaquín y Rosendo 
corrieron á Caracas, á cual más furioso, é increpa- 
ban con rudeza ya á Ramón, ya á la vieja. 

Joaquín argumentaba cejijunto: 
— Pero mamá, lo que usted ha hecho es ilegal, es 
horrible, es monstruoso. Usted nos arruina. Ni us- 
ted ni Ramón tenían derecho para disponer de lo 
ajeno. 

Rosendo afirmaba que en cuestión de intereses 
él no reconocía familia. 

Y agregaba: 



190 R. BL.ANCO-FOMBONA 

— Yo no he pasado mi vida en el monte, traba- 
jando como un peón, para que mis hijos se mueran* 
de hambre por las chocheras de usted, mamá, y lo& 
chanchullos de Ramón, que vivió siempre en Cara- 
cas como un millonario, sin alzar un dedo ni saber 
lo que significa sudar el pan que uno se come. 

Tauto Joaquín como Rosendo regañaban á Eva 
y á Crispín, sobre todo á Crispín. 

— ¡Cómo es posible — le interpelaban asombrán- 
dose — , cómo es posible que tú, viviendo en Cara- 
cas, bajo el mismo techo que mamá, hayas tolerado> 
ó no hayas impedido este desbarajuste! 

— ¿Pero creen ustedes que mamá rinde cuentan 
á nadie? Ustedes la conocen. 

— ¡Se necesita ser bien memo! 
Eva, cuando se la interrogó, dijo: 

— Solía ver á Ramón en secreteos con mamá. 
Pero ¡cuándo iba á suponer! Además, yo no recla- 
mo ni exijo nada para mí. 

— Ni yo tampoco — expresó Crispín. 

— En lo que hacen muy bien ambos — afirmaba 
Rosendo — . Ustedes no tienen derecho á nada, pue& 
no supieron vigilar los haberes comunes. Es natu- 
ral que el descuido de ustedes les perjudique á us- 
tedes, y no á quien, como yo, ha pasado su vida 
trabajando más que un burro. 

Ramón se contentó con negar la palabra á sua 
hermanos. Se envolvió en su mutismo como en una 
toga, ofendido. 
La vieja decía: 

— No culpo á Ramón. Eí negocio era bueno. Ya 
no hago ni entro en tonterías. Mala suerte: he ahí 
todo. Además, mi deseo era ganar dinero para us- 
tedes. Yo estoy más muerta que viva. Lo que se 
hubiera ganado sería para ustedes. Si hay pérdi- 
das no se quejen tanto, pues. 



EL HOMBRE DE HIERRO 191 

Y con gesto de acritud añadía, volviéndose á 
Crispín: 

— Todos saben cuánto he hecho por éste. Desde 
bien temprano lo coloqué en casa de Perrín, para 
que llegara un día á asociársele. Pero él no ha sa- 
bido abrirse paso ni medrar. La culpa no es mía. 
Si Crispín fuera socio de aquella casa, muy distin- 
ta sería la situación. 

— ¡Pero mamá, por la Virgen del Carmen, no 
sea usted injusta! — altercaba Crispín, defendiéndo- 
se — . Yo no he hecho en mi vida sino trabajar. 
Fíjese, además, en que desde que usted cayó enfer- 
ma, soy yo quien sostiene la casa. 

— Es cierto — ingirió Eva — . Además, Crispín ha 
sido siempre muy generoso con todos nosotros,. 
sobre todo conmigo... y con usted, mamá. 

La vieja, sintiéndose vencida, no quería escu- 
char una jota más y cerraba el palenque. 

Terrosa la color, extenuada, marcándose en el 
cuello enflaquecido las cuerdas nerviosas de la gar- 
ganta, doña Felipa, con sus ojos orbiculares de 
amarillentas escleróticas y con su nariz judaica, 
cuya punta se encorva hacia la barba, ya sin dien- 
tes la boca, parecía un ave de rapiña: no un geri- 
falte, un neblís ó un cóndor, sino más bien un 
gavilán ó una lechuza, 

— Todos — aseguró por último la vieja — son cul- 
pables. Si hay pillos, lo son todos por igual. Rosen- 
do y Joaquín, ¿desde cuándo no rinden cuentas ni 
envían fondos? Todos son malagradecidos y me es- 
tán matando á disgustos. 



VI 



La popularidad, la nombradla del padre Iznar- 
úi Acereto, pasó bien pronto. 

¿Qué fué sino verdura de las eras? 

cantaría el poeta Jorge Manrique, ó bien Garci- 
laso: 

¿Qué más que el heno á la mañana verde, 
seco á la tarde? 

Sic transit gloria mundi, diría el doctor Luzar- 
do, con uno de sus más sobados latines. 

El clero le juró guerra á muerte. Las damas de 
la sociedad no encontraban en aquel sacerdote al 
elegante y lozano presbítero que imaginaron. La 
beatería popular lo abominó, inducida por la baja 
clerecía. Lo cierto es que el religioso, descorazo- 
nado, vencido por el medio ignaro y hostil, terminó 
por abrigar la idea de regreso al extranjero, donde 
se había criado y adonde se iría á enterrar, con 
sus huesos, sus sueños irrealizables de regenera- 
ción patria por medio de las doctrinas del Crucifi- 
cado. Sus ilusiones estaban en derrota. Esta gente 
vanidosa, frivola, egoísta, sin asomos de simpatía 
ni de comprensión por ninguna alta empresa moral, 
no eran los bueyes con que pudiera ararse, para 
luego semillar, el erial natío. Nadie tenía confianza 



EL HOMURE DE HIERRO 193 

en nadie. Ninguno se empeñaba en un propósito 
cuyo beneficio no fuese inmediato. Sus compatrio- 
tas le parecían plantadores que no sembrasen sino 
arbustos de cuyo mezquina utilidad se aprovecha- 
rían bien pronto, y desdeñosos de los grandes, no- 
bles y productores árboles que mal pudieran crecer 
ni prosperar por ensalmo, de la mañana á la noche. 

Las Luzardo lo habían introducido en casa de 
las Linares. Allí conoció á Mario, con quien hizo 
excelentes migas, á pesar de la disparidad de opi- 
niones. Mario le producía la impresión de un bota- 
rate que malgastara su fortuna de la manera más 
infructuosa. ¿Por qué derrochaba Mario su caudal 
de energías, su almacén de ingenio, su acopio de 
ideas, en vanas y estériles charlas? ¿Qué enferme- 
dad de la raza, qué morbosismo del terruño influían 
en aquel hombre, como en tantos otros, para impe- 
dirle canalizar, en propio bien y en bien de sus se- 
mejantes, ninguna idea? ¿Por qué se amodorraba en 
la inacción, como si no tuviera músculos ni cerebro? 

Solía concurrir después de mediodía á las ha- 
bitaciones de Mario — en el segundo piso de la casa, 
al fondo, independientes—, donde iban á tertuliar 
varios jóvenes casi de diario. 

Caían los piezas á una azotea, desde la cual se 
divisaba todo el Este de la ciudad, y más lejos aún 
la Silla de Caracas, en las laderas verde y hacia 
la cúspide azul, con su turbante de neblinas al 
amanecer; los estribos del Avila, chorreras de 
agua avileñas que chispean al sol, casa-quintas 
blancas, entre arboledas, el antiguo Lazareto, las 
ruinas de Sarria, el ferrocarril Central, y fajas de 
carretera polvorienta, la carretera de Petare y Los 
dos Caminos, bordeada de haciendas y cafetales 
que desaparecen bajo los guamos de flores blancas 
y los búcaros de flores rojas. 

13 



194 R. BLANC0-F0M30NA 

Esa tarde se presentó el padre Iznardi Aeereto 
á la tertulia más desanimado y alicaído que de 
costumbre. No estaban allí con Mario sino Esteban 
Gaiindo y Lucio de la Llosía: ambos muy jóvenes, 
entre veinte y veinticinco años. Lucio, escribiente 
en un Ministerio, al cual no asistía con fijeza más 
que el quince y el treinta de cada mes á cobrar el 
sueldo, escribía en los diarios y en efímeras revis- 
tas versos y poemas en prosa, con bastante senti- 
miento del arte y un nimio y vano amor de la 
levedad, de la gracia, de la arquitectura verbal. 
En él las ideas se traducían por sensaciones: era 
bueno lo que le agradaba y malo cuanto no se 
acordó con sus nervios. Con este pensar, escasa 
lectura v corto conocimiento del mundo, sus filo- 
sofías eran muy epidérmicas y de tan susceptibles 
cambios como sus nervios. Esteban Gaiindo, más 
joven, pero más amigo de hondos pensares, no era 
escritor, sino estudiante de Derecho, ya para gra- 
duarse de abogado. Al revés de sus condiscípulos 
y de la generalidad de los abogados venezolanos, 
que fuera de los códigos lo ignoran casi todo, Este- 
ban Gaiindo cultivaba al par de su Derecho, y por 
su propia cuenta, estudios de Letras, de Etnolo- 
gía, de Sociología, de Historia, y estaba dotado, 
no sólo de talento, sino de una agilidad y trave- 
sura de espíritu increíbles. 

— Vean ustedes — empezó el padre Iznardi para 
disculpar su abatimiento: se trata en el arzobis- 
pado de una propaganda al objeto de erigir en 
la cumbre del Avila una imagen colosal de la 
Virgen. 

—¿Y eso le disgusta, padre? — inquirió Mario—. 
La idea es admirable. Ya había pensado yo en uñar 
estatua de Bolívar, de Miranda ó de Sucre en tal 
sitio, con más una ciudad en la cumbre, una Es- 



EL HOMBRE DE HIERRO 195 

tación de salud y de placer. Que erijan á la Vir- 
gen, bien; pero que sea una obra de arte, no un 
mamarracho. En mi concepto, no hay sino dos es- 
cultores modernos capaces de salir airosos en tal 
empresa: Rodín y BertholdL 

— No se trata de eso, amigo mío. Usted anda por 
los cerros de Ubeda. Se trata del procedimiento á 
emplear con aquel fin. 

Y el padre Iznardi explicó el proyecto clerical 
de hacer una petición al gobierno, firmada por ex 
presidentes de la República, ex ministros, minis- 
tros en ejercicio de funciones, con más caballeros 
y señoras de lo más granado, recomendando al 
Ejecutivo, en nombre de la piedad social, la erec- 
ción de ese monumento. 

— Pero el gobierno — dijo Esteban Galindo— los 
enviará á paseo. 

— Lo mismo opino yo— repuso el sacerdote — . Por 
esa y por otras razones propuse que se hiciera la 
propaganda y la colecta entre los fieles. En esa 
forma los buenos católicos que haya en el gobierno 
podrían contribuir como particulares con su dinero 
y con su nombre. Lo que serviría de estímulo á 
otros. Ese procedimiento serviría, además, de ter- 
mómetro para indicar á cuánto sube la fe. De qué 
sea capaz el catolicismo nacional nadie lo sabe; 
nunca se ha puesto á prueba. ¿Por qué exigirlo y 
esperarlo todo de arriba? ¿Por qué no contar con 
nosotros mismos? ¿A qué sino á la iniciativa indi- 
vidual de la Iglesia, sin asomo de apoyo guberna- 
mental, se deben las florecientes colonias católicas 
de los Estados Unidos y Holanda? Me han tildado 
de soñador. Me han dicho claramente que mi au- 
sencia del país me inhabilita para ninguna intro- 
misión en la política eclesiástica. 

— Usted, de veras, quizás no conozca bastante 



196 ít. BLANCO-FOMBONA 

á Venezuela, padre — opinó Lucio de la Llosía — . 
Esto es una pocilga. Convénzase. 

— Puede ser, amigo mío: no conoceré á mis pai- 
sanos, en especial; pero conozco un poco el mundo, 
á los hombres. En el fondo de esta petición extem- 
poránea, lo que hay, créalo usted, es egoísmo artero 
y personal, mera baja política. 

— Entonces, ¿usted no cree en la buena fe del 
clero venezolano? 

— Pero si aquí en rigor no hay clero. Se carece 
de vocación, de fe. Observe usted: no existe un 
solo nombre de familia patricia en las personas del 
clero; no existe un solo varón eminente por la 
piedad, por la elocuencia, por el saber. La mayo- 
ría la constituyen mulaticos y gentes de escalera 
abajo que se ordenan para ascender socialmente, 
no por fe. 

— Entonces, si el clero carece de piedad, ¿quiénes 
son las gentes piadosas? 

— Pues los fieles... — respondió Galindo con sor- 
na — . ¿Cómo quieres tú, Llosía, que los clérigos 
sean curas y creyentes, cómicos y espectadores, 
pastores y ovejas? 

La sonrisa con que lo dijo quitaba toda amar- 
gura á la intención. El mismo padre Iznardi tomó 
á chanza la salida. Mario terció. 

— La pregunta de Llosía — dijo— vale la pena de 
una respuesta. Un momento. Voy á darles mi pa- 
recer. 

Hacía calor. Se inclinó sobre el muro de la azo- 
tea y formando una bocina de las dos manos, gritó 
á la sirviente: 

— Fulana: sube un jarro de agua con hielo. 
Luego, regresando á los amigos, se expresó así: 

— Venezuela, desgraciadamente, es un país sin 
fe, no ya religiosa, sino carente de fe en cualquier 



EL HOMBRE DE HIERRO 197 

É 

orden de ideas. No se tiene fe en los principios, ni 
en los esfuerzos, ni en los hombres, ni en nada. La 
suspicacia es aquí monstruosidad de que ninguno 
se espanta porque todos la padecen. Como en un 
país de lázaros nadie se espantaría de las carnes 
agarrotadas, corroídas y purulentas de nadie. Y 
esta suspicacia, esta mutua desconfianza, nos con- 
duce á un individualismo propio de tribus bárba- 
ras. La raza española pura se distingue, entro 
otras cosas, porque se paga mucho de viejas pala- 
bras y de las ideas que un tiempo fueron anexas á 
esas palabras. Las palabras no son inmutables, 
pero evolucionan más paulatinamente que los sen- 
timientos y las ideas. El concepto del honor, de la 
religión, de la guerra, es hoy mucho más lato que 
en el siglo XVII, pongo por caso, aunque la pala- 
bra permanece la misma. Así, de ese apego á las 
vanas palabras, deriva en mucha parte el conser- 
vantismo de los españoles. 

—¿Adonde diablos te engolfas, Mario? — inte- 
rrumpió Esteban Galindo — . Tú también te pagas 
de las palabras, como nuestros abuelos de España, 
no ya de su sentido, sino de su música. Eres un gá- 
rrulo á la española. 

— Por favor, Esteban, déjame concluir. 

— Bueno; pero no pontifiques. Mira que te pare- 
ces al doctor Luzardo. 

— Pues bien — dijo Mario con fuego — ; quiero 
manifestar que nosotros, en cierto modo, ya no nos 
parecemos ni siquiera á España, sino á los salvajes. 
¿Entiendes? á los salvajes. No tenemos memoria 
nacional, ni para el bien ni para el mal, cosa de 
salvajes; somos más supersticiosos que crédulos, 
como las salvajes; somos de un individualismo 
feroz, como los salvajes, y nos devoramos en gue- 
rras canibalescas, como los salvajes. ¿Entiendes? 



198 R. BLANCO- FOMBONA 

— No; tú no ibas á decir eso. Ibas á probar que 
en Venezuela no hay fe en nada. 

— Es verdad. Pero tu interrupción me hizo per- 
der el hilo. 

— Bien, explícate... aunque sea como los sal- 
vajes. 

Todos se sonrieron. Mario prosiguió: 

— Caracas — dijo tecleando sobre las rodillas del 
padre Iznardi — , por superficialidad, por el influjo 
del libre pensamiento militante, por el contacto con 
el exterior, por la sucesión no interrumpida duran- 
te treinta y tantos años de gobiernos liberales, 
quién sabe por qué, es una ciudad escéptica en la 
más lata acepción de la palabra. 

— Cosa deplorable — expresó el padre Iznardi 
Acereto. 

— Deplorable, sí señor. Los campos y villorrios 
por primitividad, por ignorancia, por incultura, 
son descreídos en materia de religión, ó más cierto, 
indiferentes al culto. Quedan las ciudades de se- 
gundo orden, como Valencia y Maracaibo, que son 
los verdaderos focos religiosos del país, lo mismo 
que algunos pueblos remotos del mar, como Mérída, 
en la cima de l¿s Andes, donde se conservan ínte- 
gras muchas costumbres é ideas de las primeras 
décadas del siglo XVIII, lo mismo que en ciertas 
provincias de nuestra vecina Colombia. Coro, la 
muy noble y leal en tiempos coloniales, tiene aho- 
ra una población casi toda judía: la semilla católica 
no prospera en tal medio, como es de suponerse. Y 
por lo que respecta á Ciudad Bolívar, es un antro 
de mercachifles corsos y alemanes de la peor ralea, 
que no adoran ni tienen más ideal sino el becerro 
de oro. 

— ¡Cómo nos pintas!— exclamó Lucio, el poeta 
de fruslerías y levedades japonesas en prosa y 



EL HOMBRE DE HIERRO 199 

Terso, que no pensó nunca en los problemas nacio- 
nales, como si habitara en la luna. 

— Nos pinto como somos, querido Llosía; como 
somos. 

El padre Iznardi, con sincera pesadumbre, sus- 
piró. 

— Sí — dijo — ; somos muy desgraciados. Usted 
tiene razón: aquí no se cree en nada. Aquí se ríe 
todo el mundo de los más nobles entusiasmos. En 
Caracas, lo único en Venezuela de que yo puedo 
hablar, la sonrisa y el chiste — el maldito chiste, 
mejor mientras más vulgar — son la ducha que ate- 
rida los propósitos más puros, más altos. 

Para asentir á la opinión del sacerdote, pre- 
guntó Mario: 

—¿No recuerdan ustedes cómo se rieron con car- 
cajada homérica en Caracas, años atrás, cuando 
cierto personaje anduvo de pueblo en pueblo ha- 
ciendo la propaganda de su candidatura á la Pre- 
sidencia de la nación por el medio pacífico de dis- 
cursos é inocentes comilonas? 

— No tan inocentes sus ágapes ni sus peroratas 
—insinuó Esteban Galindo — . Iba preparando, sotto 
voce, la guerra. 

— Muy bien hecho — soltó el poeta de las ánfo- 
ras y otras bujerías, deseoso de dar su nota per- 
sonal, como si se tratara de un Pequeño poema en 
prosa — . Muy bien hecho. Yo soy partidario de la 
guerra; por la paz, en las democracias, no llegan 
al poder sino los zarandajos, los aduladores, las 
medianías ó las francas nulidades, como Ignacio 
Andrade. 

— Es verdad— dijo Mario — . Y por la guerra no 
arriban sino los desalmados y los bandidos. 

— ¿Cómo?... 

— Como nadie... No especifico. Al contrario, 



200 R. BLANCO-FOMBONA 

pienso que hoy Castro, lo mismo que ayer Gruzmán f 
es de lo mejorcito. 

— Di tu que con esos hombres en el poder es como 
Venezuela ha sido más respetada. 

—Sí señor — añadió el irónico Esteban Gralindo — ; 
la agresión italoanglotudesca de 1902 fué una gran 
prueba de respeto dada al país. 

—Pero ¿qué consiguieron? ¿Crees tú que con An« 
drade ó Rojas Paúl en el Capitolio hubiéramos sa- 
lido mejor librados? Ya ves hoy á las potencias 
haciéndole zalemas á Castro y tratando de conse- 
guir con genuflexiones lo que no pudieron obtener 
con amenazas. 

— Lo cierto es — dijo Mario — que ahí están los 
yanquis, á la puerta, con su intención como una ga- 
rra, según el verso de nuestro amigo Carias. Y si 
no abrimos ojos, ellos nos enseñarán, á pesar nues- 
tro, á tener fe... Por lo menos, en el músculo y en 
el dollar. 

— ¡Es terrible! — suspiró el padre — , Pero si con- 
tinuamos en guerras canibalescas y en apatía fata- 
lista, así será. Ya lo dijo nuestro paisano Zumeta: 
«Los ríos son de quien los canaliza y navega; las 
tierras de quien las ara y cultiva.» 

— La culpa es del clima, de la raza. 

— No, por Dios, no — dijo el padre desolado — . El 
clima es cien veces más hostil en el Norte de Eu- 
ropa que en el centro de América. Si ustedes vieran 
fabricar una casa en Amsterdán ó en Haarlem, 
pongo por caso, sabrían lo que es esfuerzo y lo que 
significa triunfar sobre la Naturaleza. Lo primero 
que hay que fabricar es el subsuelo, que no es tie- 
rra, sino un barrizal inmundo y deleznable. Su- 
pónganse. Y por lo que respecta al frío, ¿no se le 
ha burlado? ¿Por qué no se burlaría el calor entre 
nosotros? ¿No lo hicieron ya los árabes en Granada 



EL HOMBRE DE HIERRO 201 

y en Córdoba, por medio de palacios umbríos, con 
surtidores y palmeras? Si en Europa hay calorífe- 
ros, ¿por qué no habría en América refrigeradores? 
Esteban Galindo no pudo contenerse y echó á 
reír ante el entusiasmo del cura por los refrigera- 
dores de soñación y por los palacios moriscos. 

— He ahí la risa caraqueña de escepticismo 
— indicó Lucio de la Llosía, no menos sonreído é 
incrédulo. 

La charla iba á tomar giro meóos empingorota- 
do y sociológico; pero la irrestañable garrulería de 
Mario no quiso perder la ocasión de ahondar un 
poco más en temas tan de su agrado. * 

—La cuestión raza — insistió Mario — es mucho 
más grave á mi ver. Es el gran problema del país. 
No hay unidad de raza, y por consiguiente carece- 
mos de ideales nacionales. No contemos á los mes- 
tizos, en quienes predomina ya un elemento, ya 
otro, elementos que la educación morigera ó des- 
arrolla, según los casos. Pero de tres venezolanos,, 
blanco, indio y negro, dígase: ¿cuál es el lazo de 
unión, aparte el de la lengua y el de la nacionali- 
dad? Los ideales son distintos en cada uno; lo mis- 
mo en arte, que en política, que en todo. Carece- 
mos de alma nacional. 

— Es muy cierto — aseveró Galindo quitando lar 
palabra á su amigo—. Por eso yo me río de ciertos 
pujos de progreso: de los pujos gubernamentales 
por fabricar acueductos, tender puentes y erigir 
monumentos. En cambio se ocupan poco de la ins- 
trucción, y nada ó casi nada de la inmigración. 
¿A quién preocupa, además, el predominio ó la 
desaparición entre nosotros del tipo, la sangre y 
los ideales caucásicos? Puentes, acueductos y mo- 
numentos los destruirá la ignorancia criminosa en 
la primera revuelta. ¡Y otra vez á construir en los 



202 R. BLANCO-FOMBONA 

paréntesis de paz! ¿Se empuja así al país hacia 
adelante? ¿Y la gente? Como en cada guerra civil 
mueren muchos, los mejores, los más valientes, la 
flor de la raza, va restando lo incoloro, lo enteco. 
lo pacato, lo cobarde, lo ruin, lo enfermizo, lo ner- 
vioso, lo anémico, lo insignificante. ¡Y haga usted 
calzadas y puentes y ferrocarriles! ¡Y viva el pro- 
greso! ¡Y viva la patria! 

Desde la azotea, como para subrayar la amar- 
ga ironía de Esteban Galindo, se percibía en lonta- 
nanza una leve columnita de humo, en la serena 
tarde azul y dorada. Era el ferrocarril del Este que 
corría allá, -muy lejos, en carrera tendida hacia 
Petara. Lucio de la Llosía, salido afuera, á respi 
rar el ambiente puro, cansado del aire apestoso á 
cigarro de la habitación donde se parloteaba, quiso 
apuntar el telescopio al horizonte; pero no pudién- 
dolo manejar con la destreza con que manejaba 
consonantes, tomó un anteojo de larga vista, siem- 
pre á mano para gozar del bello paisaje, y se puso 
á seguir con el anteojo el vuelo torpe, como de 
avutarda, del ferrocarril. 

El tren avanzaba por la planicie. Las esmeral- 
das del Avila, claras hacia las cimas, heridas aún 
por el sol de la tarde, tornábanse obscuras mala- 
quitas en laderas y quebradas. Al abrigo de unos 
raquíticos y asoleados bambús, allá lejos se dis- 
tinguían figuras cerca de la estación, Era un grupo 
de señoritas y mancebos elegantes que jugaban al 
lawn tennis. 

Más arriba, por una vereda, rumbo al monte, 
subía una negra, las faldas arremangadas, los pies 
descalzos y un haz de chamiza á la cabeza. 

Ya era tarde. La parluría duró mucho. El padre 
Jznardi se dispuso á partir. 

Con melancólica amabilidad al despedirse, re- 



EL HOMBRE DE HIERRO 203 

sumía sus ideas de regeneración patria, diciendo 
entre consejo y chanza á sus amigos: 

— Ya saben: lo primero abandonar la indiferen- 
cia, la cruel y estéril rechifla, creer y enseñar á 
creer en Dios. Que nuestro pueblo tenga fe en el 
Altísimo. La fe en los hombres, en el propio es- 
fuerzo y en la felicidad vendrán después. 

Y Esteban Galindo, sin poder contenerse, re- 
zongó: 

—Amén. 



VII 



Perrín era inexorable con Ramón y doña Feli- 
pa. Y la inexorabilidad del filistino constituía una 
de las mayores tribulaciones de Crispín. Nunca le 
habló una jota el comerciante de aquel embrollo; 
pero el dependiente imaginaba que Perrín no de- 
biera llevar las cosas tan á punta de lanza, tratán- 
dose de la madre y del hermano del mismo celosa 
y fidelísimo servidor á quien antaño bautizó con 
justicia «el hombre de hierro». Doña Felipa y Ra- 
món lo tildaban de sinvergüenza y de bobalicón 
porque no dimitía el cargo, separándose de Perrín 
y compañía. ¡Pero qué difícil, cuan dolorosa tal de- 
posición! ¡Equivaldría á trastrocar su vida! ¡Se 
había connaturalizado por tal suerte con sus hábi- 
tos de servidumbre! Su naturaleza misoneísta se 
horrorizaba á la mera idea de un brusco cambio 
de existencia. Y ante el pensamiento de sentirse 
fuera de la jaula comercial de Perrín, ensayando 
las propias alas en el espacio abierto, lo invadían 
temores de ignotos peligros. 

«Además — pensaba—, ¿no estamos al borde la 
ruina? ¿Cómo escoger este momento para renunciar 
á lo seguro por satisfacer nuestra vanidad? ¿No he 
contraído yo un compromiso ante Dios y ante la 
sociedad, para con mi mujer y mi hijo? ¿Qué dere- 
cho tengo de, por vanidad, exponer el sosiego de 
la una y el porvenir del otro? Por otra parte, ¿no 



EL HOMBRE DE HIERRO 205 

es á mi madre y á mi hermano á quienes ese hombre 
demanda y enjuicia? ¿Qué hacer, Dios mío? ¿Qué 
partido tomar? ¿Resolverme? ¿Y si yerro? Aparta, 
Señor, de mis labios esta nueva copa de cicuta.» 

Acerbo debía de ser el trago en realidad para 
Crispín. En su corazón cundían sentimientos en- 
contrados: el de satisfacer á su madre y á Ra- 
món, renunciando á toda concomitancia con el 
persecutor de aquellos seres queridos; el de apego 
invencible á la casa y á las ocupaciones en que 
transcurrió su juventud; el temor de comprometer 
con una intemperancia ó ligereza de carácter el 
porvenir de su mujer é hijo, y por último un senti- 
miento de punto ó de vanidad. ¿No afirmaba Sche- 
gell que la dictadura de Crispín en el almacén 
— eran sus palabras — estaba en vísperas de expi- 
rar? Lo cierto es que Perrín, cuando no le tocase el 
asunto de Ramón, descubría un ápice de desvío del 
antiguo factótum. No lo llamaba tan á menudo, á 
propósito de cualquier cosa, como antes. Otro tim- 
bre — el correspondiente al empleado de inmediata 
inferioridad á Crispín en el escalafón de la casa — 
empezaba á resonar con frecuencia. ¿Sería que Pe- 
rrín adiestraba á un probable sucesor, á un futuro 
hombre de hierro? Schegell aseveraba que sí. Cris- 
pín empezó á ver con ojeriza al émulo, y llegó á 
tanto la cosa, que en el almacén se formaron dos 
partidos: los crispinistas y los parciales del proba- 
ble sustituto, capitaneados por Schegell. 

Aquellas eran cuestiones de honra para Crispín. 
¿Cómo abandonar, pues, la casa? 

Y sin embargo... 

Sufrir, sufría, por el conflicto entre sus deberes, 
porque era menester pensar en el trance ingrato, 
porque debía tomar resolución, y él no estaba acon- 
dicionado á resolverse. 



206 R. BLANCOFOMBONA 

Ya no esperaba el crepúsculo. Al sonar la» 
cinco, junto con todo el personal salía del almacén, 
la cabeza como un volcán, cojitabundo, inquieto. 
No iba á su casa directamente, sino que ascendía 
de la esquina de la Francia al Principal, calle de- 
recha hasta la Santa Capilla, hasta Mijares, hasta 
las Mercedes, iglesia y virgen de su devoción y 
preferencia. Penetraba en el templo, y allí, en la 
penumbra, en la soledad, arrodillándose, rezaba 
con fervor, implorando á Dios la salad de su hijo, 
la salud de su madre. Pedía al Señor asimismo que 
tornase de rispido en dulce el tornadizo carácter 
de María, y para él menos fragosa la cuesta, y de 
no tanta ponderación la cruz de la vida. 

Luego, al anochecer, volaba á su hogar. Su pla- 
cer consistía siempre en tomar al chiquitín, curarla 
por sus manos, calentarlo á su pecho y mecerlo y 
arrullarlo como estuviese el chiquillo impertinente. 
A pesar de los achaques, el niño se aferraba á la 
vida. Ya gruñía como un porquezuelo. Cuanto al 
solemne doctor Tortícolis, cuando se le interro- 
gaba movía la cabeza con gesto dubitativo ó de 
evasión. 

—Pero bien, doctor, ¿vivirá? — inquiría Crispín 
con el mismo desasosiego de los primeros días. 

— Ya usted ve: va viviendo. Es un milagro; pero 
se cumple. 

— ¿Y qué será menester, doctor, para que viva? 

— Pues... que no se muera. 
Y como la brutalidad de la respuesta llenaba 
de pesadumbre al pobre Crispín, el médico, huma- 
nizándose, añadía: 

— Se ha hecho cuanto indica la ciencia. Se le ha 
aplicado para la oftalmía el agua blanca; para la 
fiebre, antitérmicos en proporciones dosimétricas; 
para la diarrea, salol, tannalbina, y hasta pensé 



EL HOMBRE DE H1UKR0 207 

un momento en lavados intestinales con agua naf • 
tolada. Ya usted lo ve mejor. En último caso recu- 
rriríamos á la dieta hídriea. 

Crispín, desentendiéndose de la habitual fra- 
seología del gran Tortícolis, le imploraba, en an- 
gustia: 

— ¡Sálvelo, doctor; por la Santísima Virgen! ¡Yo 
no soportaría ese golpe! 

Y clavando los ojos en el pequefiuelo, é imagi- 
nándoselo tendido exánime, entre cirios, dentro de 
blanco ataúd de raso, angustiábase al punto de que 
el dolor asomaba en perlas á sus pupilas, 

— ¡Oh, no! Sería muy cruel. Yo no soportaría ese 
golpe; imposible. 

No se le había podido bautizar. 
— ¿Cuándo lo hacemos cristiano, doctor? —inte- 
rrogaba Crispín. 

Pero el médico se oponía al remojo. 
— No hay que pensar en eso por ahora. Más 
tarde. 

Y luego, apeándose de su solemnidad, añadía: 
— Vale más pagano vivo que cristiano muerto. 

María no sacaba ahora la cabeza fuera de las 
habitaciones ni para comer. Rosalía y doña Josefa 
solían venir á verla, aunque no con la frecuencia 
de antes, huyendo el contagiarse de murria en 
aquella mansión de infelicidad. Juanita Pérez era 
la única fiel, la sola que soportaba con servil pa- 
ciencia, y á trueque de un mendrugo y de una pitan- 
za, la acrimonia de María. En calidad de compa- 
ñera asalariada, más bien nurse que amiga, sufría 
las asperezas de la enferma. Su hermana mayor 
tuvo que hacerse con una criada para cumplir las 
antiguas obligaciones de Juanita. 

María sufría como nunca, y las personas alle- 
gadas á ella no sufrían menos, ante aquella mujer 



208 R. BLANC0-F0MB0NA 

pálida, surcada de arrugas prematuras, que se acu- 
saba á sí misma continuamente de ser causa de su 
infelicidad y de la infelicidad de los suyos; que 
veía ó creía ver de noche, ya en sueños, ya en in- 
somnios, fantasmas, muertos, ángeles, llamas de 
infierno ó sangre de alguna degollina. María /rehu- 
saba todo alimento, creyéndose indigna de la vida 
y declarándose pronta á matarse de inanición. Era 
un martirio para todos, máxime para Crispín. Cada 
vez que su mujer se juraba indigna de alentar y 
causa de la infelicidad doméstica, el marido se 
figuraba que aludía á falta conyugal, á la falta des- 
honorante de que la acusó el anónimo. Pero otras 
veces se negaba á dar asenso á tales suposiciones, 
por considerarlas descabelladas. 

Sentía á veces vivos impulsos de interrogarla. 
La sorda sospecha, nunca desvanecida totalmente, 
separaba su corazón de aquella mujer á quien, 
sin embargo, se empeñaba en creer y aun creía 
inocente. 

En ocasiones, Crispín, huyendo á las reyertas 
con su mujer, y temeroso de lanzarle en el calor 
de una disputa el secreto á la .cara — porque no 
quería, porque no podía, porque prefería la duda á 
la seguridad de la falta, porque temía lanzárselo, 
no fuera María en cólera y por desventura á con- 
firmarlo — , escabullíase del aposento connubial, y 
como en las piezas de su madre no encontraba sino 
recriminaciones y animadversión, se marchaba 
cabizbajo, perezoso, vencido, al corral. Allí se 
echaba en la obscuridad y el ailencio nocturnos 
sobre las piedras del lavadero. Miraba al cielo, 
testigo de su amargura, y meditaba en el derrum- 
bamiento de todas sus ilusiones, en presencia de 
las estrellas. 

Cuando la servidumbre extinguía las luces de 



EL HOMBRE DE HIERRO 209 

la casa, cuando ya todos estaban durmiendo, él se 
descalzaba para no hacer el menor ruido, y con 
sus zapatos en la diestra, y deslizándose por el 
caserón en quietud, iba á echarse en el canapé 
adonde le recluyera el desafecto conyugal, á veces 
sin desvestirse, temeroso de despertar ai niño ó 
para evita: las amonestaciones de su mujer. 

En ¿rie ocasión quedóse dormido sobre las pie- 
dras del lavadero. Cuando se despertó estaba hecho 
una sopa. La fina lluvia nocturna lo había calado 
hasta los huesos. Al día siguiente amaneció con fie- 
bre y una fluxión de pecho. Tuvo que tomar cama, 
y como la enfermedad degeneró en pleuresía, por 
mucho tiempo debió permanecer en reclusión. 

P^ ?o á poco, al cabo de muchos días de pade- 
cer, fué recobrándose. Cuando pudo tenerse en 
pie, descolorido, esquelético, pensó lo primero en 
restituirse á sus tareas del almacén. Pero allí esta- 
ba el imprescindible y tieso doctor Tortícolis con su 
cuello de ocho centímetros de altura y su eterna 
levita de ceremonia, que lo previno diciéndole: 

— Si usted quiere salvarse, amigo mío, debe so- 
meterse á un tratamiento higiénico. Vayase in- 
mediatamente al campo, á Los Teques. Nada de 
trabajo intelectual. Descanso, mucha alimenta- 
ción, mucha superalimentación: comer, llenarse y 
seguir comiendo. Mantequilla á pasto. Tomar sus 
copitas de coñac. Beber leche fresca y buen bur- 
deos. Y las medicinas que le indiqué: cápsulas 
creosotadas y Wampole. 

E inclinándose al enfermo le agregó al oído: 
— ¡Ah! Y nada de contacto sexual. 

Crispín Luz sonrióse melancólicamente. Luego 
preguntó: 

— ¿Pero cómo me voy al campo, doctor? ¿Y el 
almacén? ¿Y el niño? 

14 



210 R. BLANCO -FOMBON A 

— Nada, nada. Lo primero es la salud. Al niña 
lléveselo. El campo le probará. Lo mismo que á 
la señora. Todos esos pulmones han menester de 
oxígeno. 

— ¿Pero al campo, doctor? ¿Solos? ¿Sin usted? 

— Tranquilícese. Yo iré á verlos de cuando en 
cuando. Además, en Los Teques hay excelentes 
facultativos. Yo les indicaré allá un buen médico: 
discípulo mío de patología interna. ¡Supóngase! 

Días después partían Crispín, María, la inse- 
parable Juanita Pérez, el niño y la nodriza para 
Cantaura. 



VIII 



Ei aire puro de las montanas, las aguas vivas 
que formando chorreras caen de las cumbres y se 
empozan en cristalinos pozos, la leche al pie de la 
vaca, las caminatas al sol, el ajetreo y la despre- 
ocupación del campo, iban reponiendo á María, 
devolviéndole el sueño, barriendo las alucinacio- 
nes nocturnas, tornándola poco á poco, física y 
moralmente, á su primitivo ser. 

(Mens sana in corpore sano — recordaría el doc- 
tor Luzardo.) 

Comía, engordaba; iba despercudiéndose, per- 
diendo el marfil añejo de la piel. Su hígado, su 
estómago, toda su maquinaria funcionaba con re- 
gularidad. Los nervios asumían más sumisa acti- 
tud. Las ideas negras, según ella misma las llama- 
ba, rompían á volar como fuga de cuervos. La 
historia de sus lamentables amores no le embar- 
gaba el ánimo de continuo, como entre las cuatro 
paredes de su habitación, en Caracas. Con la salud 
recobraba, sin darse cuenta, longanimidad y man- 
sedumbre, y su corazón poníase tan rozagante como 
su cara. 

El mismo chiquitín, aunque apenas sacaba la 
nariz fuera de los corredores, dio en curarse de los 
ojos, en volverse un mamoncito de primera; en una 
palabra, se resolvió á sanar y á vivir, aferrándose 
con sus manazas al seno de la nodriza y reclinan- 



212 R. BLANC0-F0MB0NA 

do cómodamente la cabezota de hidrocéfalo en eL 
regazo del ama. 

Sólo Crispín no mejoraba. Seguía flacucho; la 
fiebre lo invadía á la tardecita; sudores copiosos 
empapaban su piel y las ropas de su lecho. El 
menor esfuerzo lo agobiaba. Comer, no comía, á 
pesar de la prescripción médica. Parecía un espec- 
tro de puro flaco. El pescuezo le bailaba dentro 
del cuello de la camisa, ya holgado en demasía 
para aquella magrura. Las manos, huesudas, lar- 
gas, nudosas de coyunturas, sólo pellejo y huesos, 
se dirían las de un esqueleto. Los pómulos salien- 
tes, rosados por la fiebre, los hundidos ojos, las 
arrugas, el pergamino del rostro, toda su descar- 
nada figura inspiraba compasión. A veces, repan- 
tigado en un butaque, en el corredor de la casa, 
ensayaba disipar su tedio con la flauta, pero no 
bien soplaba un momento en el orificio, postrábase 
desfalleciente. 

— Es como si levantara un peso de mil kilos 
— decía. 

Y entonces Juanita Pérez, para lanzar una sae- 
ta y para distraer la morriña del pobre Crispín, 
agregaba: 

— ¡Ah, sí! Como si hubiese cargado á alguna de 
las Luzardo, ¿no es cierto? 

— Cuando me cure — decía á su mujer — haremos 
un viaje por mar. Iremos á Trinidad, á Ciudad Bo- 
lívar. Quiero embarcarme en un gran vapor. Quie- 
ro conocer el Orinoco. Di, María, debe ser curioso, 
¿no es verdad? ¿Recuerdas El Soberbio Orinoco, de 
Julio Verne, que leíamos juntos? 

Memoraba su luna de miel, corrida en aquella 
misma casa de Cantaura, poco tiempo atrás. Se la 
pasaba recordando su primer amanecer en la mon- 
taña: á Petronila, coquetona y endomingada, echan- 



EL HOMBRE DE HIERRO 213 

dolé maíz á las gallinas; á Juana, que le dio una 
carnaza de leche recién ordeñada; á Juan, el hijo 
de la cocinera, que hendía leña en un rincón de la 
cocina y que le presentó un ramo de flores. Y luego 
la carrera de María hacia la cama, cuando la sor- 
prendió en camisa, casi desnuda, y la vocecita de 
la esposa que decía: 

— Si es que me da pena, Crispín. De veras, me 
da pena. Tú, vestido; y yo, así. 
A menudo la llamaba: 

—¿María?... 

— ¿Qué quieres? 

— Siéntate junto á mí; ven. 
La esposa aproximaba una silleta á la mecedora 
de Crispín. 

— ¿Te acuerdas, María, de nuestra luna de miel? 
¿Te acuerdas del viaje á caballo? ¿Te acuerdas del 
ramo de flores y de la carnaza de leche que te llevé 
á la cama aquella primera mañanita de campo? 
¿Te acuerdas? 

María se acordaba, ¡cómo no! de aquel pasado 
de ayer. ¡Pero por cuántos vericuetos y precipicios 
había discurrido su alma desde entonces! ¡Su pobre 
corazón sufrió tanto! ¡Qué enfermo debía de estar, 
ahora se lo explicaba ella, ahora que su corazón 
convalecía! Fuera de las cuatro paredes de su casa, 
lejos de cuanto mantenía latente en su ánimo la 
fresca y emponzoñada herida de amor; sin el obli- 
gado pensamiento de su amargura, gracias, á dis- 
tracciones y novedades de la vida campestre, cu- 
rada físicamente por las montañas, y moralmente 
por el tiempo — gran doctor — , María, después de 
la crisis, tornaba á la conciencia de sus deberes 
domésticos. 

Dióse cuenta de la enfermedad de su marido, y 
pensó en la viudez y en la libertad como cosa pro» 



214 R. BLANCO-FOMBONA 

bable. En lo íntimo de su alma algo se alegraba y 
sonreía ante la idea de la futura redención. ¡Volver 
á ser libre! ¡Ah ? qué felicidad! Ahora, con su expe- 
riencia de la vida, ya no erraría al emprender otra 
vez rumbo. La idea de la viudez le sonreía y la 
angustiaba al propio tiempo. Hubiera querido ha- 
llarse viuda súbitamente, un día al amanecer, sin 
drama, sin peripecias. Le sucedía lo que á la per- 
sona que va en casa del dentista. Quiere sacarse 
la muela, para evitar el dolor; pero imposible de 
suprimir una pena sin otra. La persona titubeaba. 
Quisiera sentirse libre de la carie sin pasar por el 
martirio de las pinzas. 

Los esputos de su marido le inspiraban un asco 
atroz, lo mismo que el pestífero aliento. Lo asistía, 
no obstante, sin forzarse en desechar, como hasta 
hacía poco, la idea de manumisión. Sí; pronto ya na 
sería más esclava. Necesitaba, pues, apurar aquel 
tósigo, ya cercano á las heces. Había que cumplir 
ese deber conyugal; «el último», pensaba ella. 

Al chicuelo tampoco lo quería como una madre 
debe querer, como ella se sentía capaz de amar á 
otro hijo suyo. Sin embargo, acaso porque fué 
acostumbrándose al retoño, merced acaso al apego 
invencible por los renuevos que la Naturaleza pone 
en el corazón de los padres en obsequio de la es- 
pecie, para salvarla de la extinción, acaso por no 
escandalizar con lo desusado é inhumano de su 
flaco sentimiento de maternidad, lo cierto es que 
ya no abominaba en agrias parlurías del pequeñín, 
sino más bien se aficionaba ó fingía aficionarse del 
sin ventura, y hasta deseaba con sinceridad, en 
ocasiones, que viviera y creciera. 

Cuanto á Crispí n, ya no dudó de su mujer, y no 
sólo desechó como infame la idea de infidelid, sino 
que el natural queredor, bueno, del infeliz, fué 



EL HOMBRE DE HIERRO 215 

reaccionando poco á poco, á medida que la esposa 
perdía en rispidez. Y como ésta, convenciéndose 
cada día más del inevitable y próximo fin de su 
marido, le mostraba cada vez mayor solicitud, 
como si quisiera reparar todas las injusticias ante- 
riores, el optimismo de Crispín, el ciego y absurdo 
optimismo que tan caro le costaba á su inexperien- 
cia, y que no desaparecía ni con sufrimientos ni á 
las puertas de la tumba, terminó por imponerse. 

Las tardes iban todos á un colladito accesible, 
cercano, á contemplar las puestas del sol. Era un 
capricho de Crispín. Apoyándose en el brazo d^e su 
esposa, y á veces también en el brazo de Juanita 
Pérez, caminaba el pobre enferme, paso entre paso, 
penosa, trabajosamente. Por fin se llegaba, y sen- 
tándose en las sillas que Juan y Petronila condu- 
cían desde la casa, admiraban aquellas fiestas 
polícromas del cielo. 

Desde allí se divisaba un horizonte de monta- 
nas lujuriantes de vegetación, un rompecabezas de 
montes y quebradas imposible de descifrar. Pare- 
cía absurdo querer salir de aquella cumbre sino 
volando por encima de crestones y cañadas de la 
cordillera. En lo profundo de las quiebras la obs- 
curidad se escondía. Luego las laderas iban cla- 
reando, hasta las cumbres, que chispeaban como 
esmeraldas al sol del crepúsculo. Y alia en la leja- 
nía, sobre el último picacho, la gloria del poniente. 
El sol, arquero velado de su broquel, á veces no se 
descubre, pero irradia en todo el cielo de Occiden- 
te luces divinas, nácares, conchas rosadas, surti- 
dores de gualdos fuegos. Ya son fingidos ánsares 
albicantes, palomas carmesíes, dragones de oro, 
flamencos de rosa; ya son lagos de ópalo, fuentes 
de topacios en fusión, cascadas róseas gemas y 
arquitecturas grises y pizarrosas, por cuyos venta- 



216 R. BLANCO-FOMBONA 

nales y boquetes surgen llamas de incendio; torres 
de amatista, pilares de alabastro, cúpulas de cor- 
nalina. Triunfa en el vasto azur la gama del oro; 
en la joyería asiática del crepúsculo predominan 
crisólitos, crisoberilos, rubicelas, jacintos y topa- 
cios, rosas de fuego y lirios de sol. Predomina en 
el poniente la gama entera del amarillo, desde el 
jalde profundo hasta el diamante de aguas atopa- 
ciadas. 

Joaquín y la señora de éste solían venir por las 
manarías. El hermano acompañaba al enfermo en 
el corredor, ó bien del brazo io sacaba al sol y á 
caminar un poco por los senderos, bajo los yagru- 
mos, los guamos, los guayabos y los membrillos, ó 
por entre los cafetales, ahora maduros. 

— Respira este aire — le decía Joaquín — . Esto va 
á ponerte bueno muy pronto. Me pareces muy 
débil. 

El enfermo tosía con ruido extraño, como si 
dentro de su pecho se quebrasen en añicos cosas 
frágiles y sonoras. 

— Deseo curarme pronto. Mi anhelo es hacer un 
viaje por mar. Nunca me he embarcado. Será deli- 
cioso eso de que uno esté como en su casa, y sin 
embargo adelantando y sobre el mar. 

Pero no había que andar lejos. Se fatigaba mu- 
cho. La conducta de su mujer; «el retorno— como 
él pensaba — del antiguo afecto»; el que su mujer lo 
atendiese con solicitud y sufriese y perdonase sus 
impertinencias de enfermo, lo tenía conmovido. 

— María es una santa — decía á su hermano-—. 
¡Estuvo tan mal de los nervios la pobre! Pero el 
campo la ha transfigurado en corto tiempo. Yo 
también me pondré como un hércules; como tú, 
Joaquín. 

María aprovechaba los paseos matinales de 



EL HOMBRE DE HIERRO 217 

Cri3pín para salir ella con la concufiada. Iban de 
preferencia á bañarse juntas á un pozo rebosante 
de agua cristalina frígida. De la cima de un monte 
se desprendía el chorreón bullente con gran estré- 
pito; caía en una piedra cóncava, como la taza de 
gigantesca fuente, y formaba allí la más deleitosa 
bañera, Luego el agua del pozo corría un trecho 
dentro de un canal por la Naturaleza labrado en la 
roca, y se despeñaba á su turno sobre otra piedra, 
formando nueva cascada y nuevo pozo. De allí des- 
parramábase hasta perderse en varias venas de 
agua, en acequias, por entre los cafetales. 

Las mujeres llegaban; se zambullían, y chapu- 
ceando y riéndose como ninfas, pasaban una hora 
feliz, dentro de aquella agua fresca, á la sombra 
de los árboles, entre cantos de capanegras, parau- 
latas, azulejos, turpiales y cien pájaros más que 
allí cantaban y anidaban de continuo, por donde 
se conocía el pozo con el nombre de Pozo de los Pá- 
jaros, 

Joaquín Luz no creía en la gravedad del her- 
mano. Cuando la esposa de Joaquín hacía hincapié 
en los esputos, en los pómulos róseos, en la fiebre 
no interrumpida, en los sudores nocturnos, en la 
demacración, en los hombros puntiagudos, éste, de 
la, mejor buena fe, la tranquilizaba. 

— No, mujer. No lo creas desahuciado. Crispín 
siempre fué enclenque y canijo. Cuando niño, por 
cualquier cosa le daban unas bronquitis del diablo. 
Yo le he visto peor. Verás cómo sana. 

La señora, más incrédula, gesticulaba, respon- 
diéndole: 

—No, Joaquín. No haya ilusiones. Está malo; 
está tísico el pobre. Yo no permito que los mucha- 
chos nuestros vayan mucho por allá. Para mí es, 
caso perdido. 



IX 



Una mañana se presentó Joaquín Luz á caba- 
llo, más temprano que de costumbre, vivaz, dando 
Toces: 

— ¡María! ¡Crispió! 

—¿Qué es? ¿Qué hay? 

— Es necesario prepararse á partir inmediata- 
mente. 

— ¿Partir? Pero ¿por que? 

— La guerra acaba de estallar. El general Hache 
se alzó anoche en el Guárico. 

— ¿Pero nosotros por qué hemos de partir? — pre- 
guntó Crispía, extrañándose de la actitud y pre- 
mura de bu hermano — . ¿Por qué hemos de partir 
cuando aquí todo está en calma, y lo estará aún 
por mucho tiempo? 

— : ¡Cr"Í8pín, por Dios! Tú no sabes lo que diceá. 
Oye: acabo de recibir comunicación y órdenes ter- 
minantes del Comité revolucionario de Caracas. 
Mañana, al amanecer, me alzo yo aquí. 

— ¿Tú? ¿En Cantaura? Pero ¿estás loco? ¿Y tu 
mujer? ¿Y tus hijos? 

Y como Crispía estaba viendo los granos de 
café, rojos, maduros, cimbreando las matas, y la 
cosecha eu vísperas, no se explicaba el absurdo 
abandono de la finca, y con su buen sentido en 
alarma, increpó á su hermano: 



BL HOMBRE DE HIERRO 219 

— ¡Es un crimen, Joaquín! La cosecha, la finca, 
todo va á perderse. Es un crimen. Cuando pudié- 
ramos ponernos á flote con la venta del café y un 
poco de economía... Nos vamos á arruinar. ¡Qué lo- 
cura! ' 

— No es locura. Cantaura, tarde ó temprano, 
vendrá á caer en rnauos de Perrín. La cosecha, 
además, es mediocre. El último deshierbo de este 
año, como ves, no lo hice. ¿A qué gastar dinero, 
■con la guerra encima y para beneficio de Perrín? 
Además, empeñé mi palabra. Un golpe de fortuna 
en la política puede salvarnos á todos. La intem- 
pestiva es la guerra. Mejor hubiera sido dentro de 
dos ó tres meses; pero ¿qué hacer? 

* — ¿Y su familia, Joaquín? — preguntó María, en 
alarma. 

— Hoy mismo sale para Caracas. Ustedes se alis- 
tarán para irse también volando. Yo debí alzarme 
esta mañana: son las órdenes. Pero imposible re- 
unir la gente. Será á la noche ó ai amanecer. Pre- 
párense, pues, á tomar el tren de la tarde. 

Y torciendo su caballo, se perdió á la carrera 
entre los cafetales. 

María empezó á empaquetar á toda prisa, ate- 
rrorizada, viendo por todas partes fusiles apunta- 
dos sobre su pecho y espadas prontas á tajar su 
cuello. Juanita Pérez chillaba. Crispín se enfure- 
cía. ¡Tan bien que les iba á todos en Cantaura! 
¡Qué lástima! ¡Condenada revolución! Y nadie 
había soplado una jota de guerra. 

Joaquín les dejó, al partir, la proclama del jefe 
insurrecto, publicada en Caracas y circulando ya, 
de fijo, en todo el país; una proclama impresa, 
repartida con antelación al alzamiento, amunlopa, 
como buen documento subversivo, en donde se 
juraba derrotar la tiranía, salvar la patria y di- 



220 R. BLANCO-FOMBONA 

fundir, á bayoneta limpia, la felicidad. Allí se? 
invitaba á los venezolanos, con toda Ja altisonan- 
cia de nuestro altisonante lenguaje político, á cum- 
plir la tremenda obra de redención; á los venezo- 
lanos, sin diferencia de banderías, á los hombres 
de buena voluntad, sin exclusivismos partidarios. 
Redentores se apellidaban á sí mismos los rebeldes. 
Y la revolución se titulaba grotescamente la Revo- 
lución Redentora. 

A la postre se convino en que ambas familias 
partirían al siguiente día, imposible como era el 
viaje con la premura que Joaquín deseaba. 

Esa noche, apenas obscureció, fueron llegando 
y congregándose los redentores. Eran los pobres 
diablos de peones y campesinos comarcanos, im- 
provisada carne de cañón, futuras víctimas, inca- 
paces hasta de saber descifrar la proclama de 
guerra, aquel documento enrevesado que los entu- 
siasmaba, sin embargo, aunque ignorando por qué. 
Iban presentándose con sigilo, uno á uno ó en 
grupos, con precauciones de conspiradores de tea- 
tro, el arma debajo de la cobija ó manta, y se 
instalaban en los corredores y contornos de la 
casa ó en los patios de la Trilla. Los más cautelo- 
sos ocultábanse á dormir entre los árboles. 

Apenas amaneció estaban descuartizando va- 
rias yuntas de bueyes, y trescientos montañeses 
asaban en puyas de palo, al fuego vivo, trozos de 
carne. Los más precavidos se comían un pedazo y 
guardaban lo restante como bastimentaren la rna- 
rusa ó morral y hasta en capoteras de lienzo blan- 
co, ya morenas de puro sucias. Vestía la mayor 
parte calzoncillo y calzón, franela y blusa, por 
toda muda; en la cabeza sombrero de cogollo, de 
alas tendidas, y alpargatas en los pies. Otros iban 
de camisa, y no faltaban algunos de paleto. Lo& 



EL HOMBRE DE HIERRO 221 

¡había fajados con cinturones dobles, en cuyo vano 
guardaban el dinero, si lo tenían; otros ceñía!) á 
la cintura una simple correa con un bolsillo de 
€uero. De la correa ó del cinturón de cada quien 
pendía, en su vaina, un cuchillo de monte, más ó 
menos largo, y ostentaban algunos en el cinto re- 
vólveres y puñales. Los más previsores se habían 
terciado ur guarálj á manera de tahalí, á cuyo 
extremo colgaba una taparita con aguardiente ó 
con café, según la temperancia ó preferencia de 
cada uno. A veces al extremo del bramante ceñido 
á la bandolera no colgaba una taparita de café ó 
aguardiente, sino on cuerno de toro, hueco y ya 
preparado para servir de vaso. 

Algunos, fogueados en antiguas guerras, se bur- 
laban de los- novicios, daban consejos ó referían 
cuentos militares, cosas de guerra, y lucían viejos 
sables con talabartes de cuero flamante ó adorna- 
dos con vistosos tahalíes, ya de lana, ya de estam- 
bre. Las espadas eran curiosas, dignas de un 
museo, de tamaños, condiciones y orígenes diver- 
sos: desde las puntiagudas y angostas como agui- 
jones ó pinchos, hasta las de tarama de plata y 
ancha hoja, llenas de majestad y ponderosas, ca- 
paces de competir con Durandal. 

En punto á curiosidad en armas de guerreo no 
había que parar mientes: allí se hermanaban ter- 
cerolas de cañón doble, para cargar con cartuchos, 
y carabinas de un cañón, de las que se disponen 
con guáimaros, pólvora y taco. No escaseaban 
winchesteres, y los menos parecían los máuseres, 
restos salvados de antiguas rebeliones. Lo que sí 
portaban todos eran cobijas y machetes, abrigo y 
arma indispensables é inseparables del campesino 
de Venezuela. 

Joaquín Luz se presentó por fin á caballo, se- 



222 R. BLANCO-FOMBONA 

guido de ocho ó diez jinetes más: el estado mayor,, 
jinetes que ostentaban espadas y winchesteres de 
estreno. Era indisputablemente un bello espécimc 
de 'hombre Joaquín Luz: de apostura varonil, ro- 
bustas espaldas, erguida cabeza y desenvoltura 
de ademanes. Su charla jovial, su risa franca y 
hasta su negra barba, cuidadosamente recortada, 
le granjeaban voluntades entre los campesinos. A 
la simple vista se comprendía que aquel hombre, 
muy superior á aquella horda, tenía que ser el 
comandante. Vestía blusa de casimir azul marino, 
cuellierguida y abotonada á semejanza de un dol- 
man. La blusa, de pliegues verticales, se ajustaba 
con cinturón de la misma tela. El pantalón era del 
mismo color y paño, y ceñía por fuera del panta- 
lón, hasta la rodilla, polainas de charol usadas, 
con hebillas metálicas. Montaba un. caballo brioso, 
crinudo, de color zaino. Sobre las piernas del 
jinete, al desgaire, la cobija de bayeta azul y 
roja, igual á la del más pobre campista, caía á 
ambos lados, junto á los estribos. 

Las dos familias estaban ya en la casa de la 
hacienda liando los últimos paquetes para partir 
esa mañana misma. Acercóse Joaquín al grupo del 
corredor, sin desmontarse; echó hacia atrás el 
sombrero alón de terciopelo azafranado; se ladeó 
en la montura; dijo algo al oído de su mujer, que 
lloraba como una Dolorosa, fué besando á sus 
hijos, á quienes Juan, el criado, suspendía hasta 
los labios paternos; abrazó á Crispín, se despidió 
de María, de Juanita Pérez, de Juana la cocinera, 
de Petronilla, de Juan, de todos; y súbito, abrien- 
do su caballo hacia el patio, después de la última, 
despedida, le dirigió la palabra á su gente, cam- 
pechano, como buen camarada. 

—Muchachos — les dijo—, supongo que todos irán 



EL HOMBRE DE HIERRO 22B 

contentos. Que ninguno vaya contra su voluntad. 
El que no quiera acompañarme que lo avise: es 
tiempo todavía. 

Los más próximos al improvisado cabecilla res- 
pondieron: 

— Sí queremos. 
1 — Todos queremos. 

Alguno basta gritó: 
— ¡Viva nuestro jefe! 
— ¡Vivaaaa! — repuso el coro. 
La esposa de Joaquín lloraba á lágrima viva. 
Los hijos, los niayoreitos, emocionados por el pres- 
tigio paterno, rompieron asimismo en sollozos. 

Entusiasmado con los vivas y con la sumisión 
de su hueste, Joaquín, empinándose en los estribos, 
la arengó: 

— Bien, compañeros. Partamos á la guerra. 
Nuestra causa lo exige. Nuestra patria lo necesita. 
Abandonemos nuestros hogares, hagamos el sacri- 
ficio de nuestras- vidas para derrocar la tiranía é 
imponer la legalidad y la justicia. Las armas las 
tiene el enemigo. A quitárselas. ¡Viva la Revolu- 
ción! 

No se oyó sino un sólo grito, sonoro, ardiente,, 
entusiasta: 
— ¡Vivaaaa! 

El cabecilla había espoleado su caballo, y ya se 
perdía entre los árboles seguido de jinetes y peones. 
La esposa del insurrecto, abrazada con su pri- 
mogénito, continuaba llorando. 
—¡Pobre Joaquín! — suspiró. 
— ¡Pobre Venezuela! — subrayó Crispín — . El no. 
El es feliz. ¿No ven ustedes cómo los sigue esa mu- 
chedumbre, adonde la lleve: al bien, al mal, á la. 
muerte? Parece un señor feudal. 

A las dos horas poco más de haber partido Joa- 



224 R. BLANCO-FGMBONA 

quín, oyóse de nuevo tumulto de tropa. Uno de lo? 
niños que salió al patio, dijo candorosamente: 
— Debe de ser papá que se devuelve. 

Pero no, no era papá que se devolvía. Era tro- 
pa de línea; eran fuerzas del gobierno acantonadas 
en Los Teques, que acababan de saber el alza- 
miento ocurrido en Cantaura y corrían á sofocar 
la insurrección. 

— Vete, Juan, que te cogen— gritó la vieja coci- 
nera á su hijo, único ser con pantalones que, apar- 
te Crispín, había quedado para transporte déla 
familia y vigilancia de la hacienda. 

Corrió; pero no tan rápido que no lo vieran. 
-—Allá va uno desgaritado — observó un teniente. 
— Párese, amigo — le gritaron. 

Y como el prófugo no se detuvo sonó una des- 
carga: ¡poum, poum, poum! 

Por fortuna, Juan corría como un gamo y logró 
emboscarse, rumbo al conuco suyo. 

Los soldados lo persiguieron. 

El comandante de la fuerza, entretanto, muy 
atento, muy respetuoso; tranquilizaba á la familia, 
presa de la más atroz angustia. No había por qué 
alarmarse. El no era un verdugo. Pero recomenda- 
ba el viaje á Caracas lo antes posible. Los malhe- 
chores cundían en tiempo de guerra. 

Juana, la cocinera, queriendo granjearse la vo- 
luntad del oficial, le obsequió con una taza de café, 
que éste se puso á apurar con la mayor confianza. 

Los soldados, de su cuenta, huroneando, entra- 
ban y salían por todas partes. Petronila, muerta 
de miedo, se guindaba de las faldas de María. Jua- 
nita Pérez ofrecía en sus mientes una promesa á 
Santa Rita, abogada de imposibles, si la sacaba 
con vida de aquel trance. Crispín maldecía la gue- 
rra. La esposa del cabecilla fingía serenidad. Los 



EL HOMBRE DE HIERRO 225 

muchachos lloraban. El oficial, sorbo á sorbo, apu- 
raba su café. 

De repente, un traqueteo y una llamarada, á lo 
lejos, solicitaron la atención. Los soldados habían 
incendiado un rancho de paja contiguo á la Trilla. 

A poco llegaron otros soldados, arrastrando un 
cuerpo. Era Juan, expirante, acribillado á tiros. 

La pobre madre, la vieja cocinera, al ver á su 
hijo sanguinolento, exánime, rompió en alaridos. 
— Eso no es nada, vieja — dijo un soldado. 

Perdido el miedo, colérica, desesperada, desa- 
fiadora, la pobre anciana, mostrando el puño ce- 
rrado, épica en su dolor, rugió: 
— ¡Asesinos! 

Otro soldado, dirigiéndose al moribundo, como 
si el moribundo estuviese para chanzas, dijo con 
sonrisa idiótica ó malvada: 
— Anda, buen mozo, aliéntate para que sirvas á 
\ la patria. 

La vieja, al oírlo, gruñó desesperada: 
—¡La patria! ¡Maldita sea! 

El oficial, siempre muy relamido, se empeñaba 
en consolar, demasiado vivamente, á Petronila. 

Crispín, agitando su cuerpecito endeble, apos- 
trofó á los militares, hecho una furia; pero el es- 
fuerzo y la excitación lo hicieron caer en la pol- 
trona, sudoroso, jadeante, descolorido. 

La soldadesca partió, por fin, llevándose cada 
quien una gallina, un pantalón, una almohada, el 
cántaro del tinajero, los cazos de la cocina, cual- 
quier cosa, lo que hubieron á mano. 

Al pasar, sacudían brutalmente los arbustos de 
café. Los granos, olorosos, maduros, rojos, caían 
por tierra, perdiéndose, como inútil llovizna de 
redondos y encendidos corales. 



15 



X 



No bien hubo regresado á Caracas, Crispín se 
puso peor. Ya no le fué apenas posible abandonar 
el lecho. El grave Tortícolis no cumplió la promesa 
de visitar al enfermo en la campaña. 

Restituido el paciente á Caracas, cuando el mé- 
dico lo vio, cuando lo auscultó, cuando pudo cons- 
tatar los progresos de la tuberculosis, salió de la 
pieza del doliente sobándoselas manos, arqueando 
las cejas y poniendo la boca en figura de O. 

— ¡Increíble en tan corto lapso! Ambos pulmones 
averiados, perdidos. Cavernas así... 

Y el médico, en ademán de exageración, hacía 
un círculo con índices y pulgares. 

La noticia corrió por la ciudad entre los cono- 
cidos. Los amigos de la casa, los parientes, los com- 
pañeros de almacén, acudían á demandar nuevas, 
á saludar, á poner de relieve su cordialidad. 

De día en día Crispín se agravaba. Aquello era 
una carrera tendida á la eternidad. El pellejo pa- 
recía pegado á los huesos. De la nariz á las comi- 
suras bocales se plegaban dos arrugas enormes que 
lo avejentaban de treinta años. El pelo, no cortado 
con la periodicidad antigua, crecía en mechones, y 
los numerosos y prematuros hilos de plata se apre- 
taban en hacecitos, albicantes, en la fronda obscu- 
ra y lacia de los cabellos. Su mirada orbicular de 
buho parecía salir de una calavera. 



EL HOMBRE DE HIERRO 227 

Rostros olvidados, antiguas sirvientes, rondaban 
la casa, pretextando inquirir nuevas del paciente. 
Hasta mujeres desconocidas, beatas de aspecto 
untuoso y desolado, se aventuraban en el zaguán 
y los corredores. Las beatas, como las moscas, 
buscan lo manido, se placen en los verdores de la 
descomposición, y se interesan mucho, sin que na- 
die se lo pida, en la salvación de almas ajenas. La 
casa hervía, pues, en personas de esas que andan 
en solicitud de ocasiones para rezos, misas y cu- 
chicheos de sacristía. 

La pobre María, en angustia, cuidaba de su 
marido como la más amante de las esposas, y 
apesarábase con ingenua sinceridad ahora por 
aquella vida en fuga. Las cosas apremiaron tanto, 
que un día se trató de llamar al sacerdote, para 
que prestase los últimos auxilios espirituales á 
Crispín. 

— Todavía no— opinaba María, deshecha en llan- 
to — . El está aún entero. Vivirá mucho tiempo más. 
Además, no cree en su fin. Sería angustiarlo. Yo no 
me atrevo. 

Pero las Luzardo se alborotaban, se encabrita- 
ban como potros cerriles. Tratábase de salvar un 
alma. Fuera contemplaciones. 

El viejo espíritu de la Inquisición las poseía: la 
salvación por el martirio. ¿Qué venía á ser la tor- 
tura sino un bien, puesto que el alma se redimiese 
de culpas? El dolor purifica. A confesarlo. 

La osa mayor, humanizándose, limando sus ge- 
niales asperezas, trataba de convencer á María. 

— ¿Pero tú no ves, niña? Está agonizando. Puede 

perder de un momento á otro el conocimiento. 

Piensa en su alma, en su alma, que es lo principal. 

— Yo no me atrevo á decírselo — lacrimeaba la 

esposa. 



228 R. BLANCO-FOMBONA 

Horripilándose ante la probabilidad de que mu- 
riese el enfermo, y hábiles en estratagemas religio- 
sas, las Luzardo sugirieron un plan. 

— Dile, María, que has hecho una promesa á la 
Virgen del Carmen, para que lo cure. Dile que tú, 
que Rosalía y doña Josefa, que nosotras todas, va- 
mos á confesarnos y á comulgar ese mismo día. A 
la postre, vencida por los ruegos y las excitaciones, 
se aventuró María á dar aquel paso. 

Cuando expuso el mentido pían y le trató de la 
promesa, Crispín abrió desmesuradamente los ojos 
y dijo melancólicamente: 

— Ya comprendo: piensas que estoy muy malo. 
Pero no. Yo te aseguro.., No puede ser. ¿No es ver- 
dad? ¿Yo no me estoy muriendo, María, di? 

Se iba angustiando con sus propias palabras. 

La esposa rompió á sollozar. 

Con el llanto de la esposa, el enfermo, ya en 
angustia, se desesperó. Pavorido, empezando á 
darse cuenta, temiendo comprender el extremo de 
su caso, y en la necesidad de agarrarse de una 
brizna de esperanza, preguntó llorando á su mujer: 
— Di, María; yo no me estoy muriendo, ¿no es 
verdad? 

Y como en acto de contrición repetía: 
— Yo soy católico, apostólico, romano. Yo me 
confesaré. Que me traigan al padre Iznardi. Pero 
no; yo no estoy tan malo, ¿no es verdad? 

María empezó á tranquilizar aquella angustia 

de moribundo que la transía de piedad y de dolor. 

— No, Crispín; no creo que estás malo; no lo 

creas. Te confesarás mañana, pasado, cuando 

mejores, de aquí á un mes. 

— Yo soy católico, apostólico, romano — repetía 
el enfermo, como en la esperanza de que por ser ca- 
tólico, apostólico y romano la muerte lo respetaría. 



EL HOMBRE DE HIERRO 229 

Convino en confesarse; más, acaso, en busca 
de muletas para su voluntad desfallecida, que en la 
comprensión clara del último trance; más bien 
como una morfina, á cuyo influjo había acostum- 
brado á adormecerse que en el deseo de purificar 
su alma para que sin mácula volase al regazo del 
Señor. 

¡Purificar su alma! ¡Tanto daría blanquear la 
nieve ó perfumar la más oliente rosa! Había con- 
servado ileso el candor de su alma, á pesar de la 
vida. Como un cadáver en hielo, como un feto en 
alcohol, su corazón en la llama de la fe se conservó 
sin pudrirse. 

No se le pudo traer al padre Iznardi, como pe- 
día. El padre Iznardi, puesto en entredicho por la 
superioridad eclesiástica, acababa de partir para 
Europa, á la carrera, descorazonado, vencido, pró- 
fugo, triste, muertas ya sus ilusiones de regenera- 
ción patria por medio de las doctrinas de Jesús. 

El doctor Luzardo hizo venir, en defecto del 
padre Iznardi Acereto, á un clérigo español, capu- 
chino de cabeza rasurada, luenga barba y aire 
duro; un fraile con fama de virtuoso, pero hediondo 
á tafcaco, el aspecto de voluntariedad y soldadesco, 
sin una chispa en los ojos del sacro fuego que ardía 
en los de Francisco de Asís, sin aquella fraterni- 
dad inteligente de este santo poeta, que se llamaba 
á sí mismo hermano de los pájaros y de las es- 
trellas. 

Cuando el confesor penetró en la pieza mortuo- 
ria, Crispín Luz se debatía en un ataque de asfixia. 
Al ver al enfermo, el capuchino creyó que se esca- 
paba aquella alma de sus grasientas manos, y en 
la brutalidad de su religiosismo estrecho, mugroso 
y carnicero cayó sobre la víctima, 
— Persígnate, hermano. 



230 R. BLANCO-FOMBONA 

Pero el hermano mal podía persignarse. 
Alzando la cabeza de entre las almohadas, lívi- 
do, el cabello erizo, los ojos brotándose, las narices 
palpitantes, irguió el busto, mientras cabeceaba y 
manoteaba, desesperándose, en busca de aire. 

—Persígnate, hermano. «Yo pecador...» Vamos, 
comienza: «Yo pecador...» 

Nadie había tenido tiempo de retirarse. Ei doc- 
tor Tortícolis, en son de protesta, empuñó su som- 
brero y se fué. Rosendo, herido por la actitud del 
clérigo, dijo en tono de reproche: 

—Padre, ¡por Dios! déjelo, que se ahoga. 
El fraile fulminó con una mirada feroz hacia el 
punto de donde surgía la voz de amargura, la voz 
fraterna y compasiva. 

El enfermo, tras un esfuerzo último, dejó caer 
la cabeza y permaneció un instante exánime. 

— ¡María! ¡María! — murmuró por fin con acento 
imperceptible, 

— Aquí estoy, Crispín —repuso la esposa, toman- 
do entre las suyas la flaca mano del enfermo. 
El fraile snsistió: 
— Hermano, olvida las vanidades del mundo. 
Rompe los lazos de la tierra. Piensa en Dios, qué 
te aguarda. La misericordia del Señor es infinita. 
Vamos, hermano: «Yo pecador...» 

Hizo una seña con la cabeza para que los cir- 
cunstantes se alejasen, y fueron saliendo sobre la 
punta de los pies María, Eva, doña Josefa, Rosa- 
lía, Juanita Pérez, la esposa de Joaquín, las Lu- 
zardo, Rosendo, Ramón, Mario, Adolfo Pascuas y 
el doctor Luzardo. 

Cuando el enfermo se dio cuenta de que todos 
lo abandonaban, se angustió horriblemente, y em- 
pezó á clamar: 
— ¡María! ¡María! ¡por Dios! ¡mi hijo!... 



EL HOMBRE DE HIERRO 231 

El fraile salmodiaba con energía: 
— «Yo, pecador, me confieso á Dios Todopodero- 
so, y á los bienaventurados...» 

El enfermo no decía nada. 
— Vamos, repita, hermano. 

Entonces, Crispín, el acento entrecortado por 
los sollozos, murmuró: 

— ¡Ahora no, padre! ¡Mi mujer!... ¡mi hijo!... 
¡quiero!... 

Lo que el infeliz quería, de seguro, era abra- 
zarlos, verlos en torno; era no morir, no morirse 
sin hablar, sin decir algo que le estaba oprimiendo 
el pecho. 

El fraile proseguía, impertérrito: 
— «...y á los bienaventurados siempre Virgen 
María y San Miguel Arcángel...» 

Desde la pieza contigua, adonde se refugiaron 
deudos y amigos, no se percibía sino un confuso 
cuchicheo; sordo rumor que, sin embargo, taladra- 
ba los oídos y las almas. 

Y de súbito, cerniéndose por sobre las vagas 
lamentaciones y los sollozos del expirante, se oyó 
clara, concisa, enérgica la voz del fraile: 

— Resígnate. Dios ya á recibir tu alma. No lla- 
mes sino á El. 



XI 



Acaban de sonar las cinco. El Este, cubierto 
desde temprano de masas de sombra, se agrisa un 
poco. La lluvia, fina y constante, buena para dis- 
tender nervios y apocar espíritus, no cesa desde 
mediodía. La ciudad, velada por el velo opaco de 
la llovizna, parece ^modorrada, bostezante, jaque- 
cosa. Nadie transita las calles. Los raros á quienes" 
la necesidad ó el deber echa fuera, al arroyo, se 
acogen al amparo de los umbrales y de los porto- 
nes. A repartir el pan de la tarde, un panadero 
cruza, calado el impermeable, de amarillo desvaí- 
do, sobre su burro pelicano, entre dos serones ce- 
nizos. 

A la puerta de la casa de Crispín Luz, los caba- 
llos negros de un coche funerario, impacientes 
contra su costumbre, cabecean, y se rompe un ins- 
tante la monotonía del aguacero con el campa- 
near de los frenos contra los pretales metálicos. 

Caballeros vestidos de luto se agolpaban á la 
puerta, bajo los paraguas, en silencio. Apenas ex- 
pira en los aires la campanada última de las cinco, 
los caballeros se abren en filas y se descubren, en 
acera y zaguán, último adiós y postrera reverencia 
al que pasa dentro de su urna forrada de paño 
negro y en hombros de seis empleados de la agen- 
cia funeraria. 

Ya dentro del coche el ataúd, se le enguirnalda 



EL HOMBRE DE HIERRO * < 233 

en torno con guirnaldas de flores. Al través de los 
cristales, opacos por la lluvia, las flores parecen 
marchitas. 

Rompe á andar el carro fúnebre con su fruto 
podrido adentro, y la comitiva lo sigue. Los seño- 
res dan saltitos para evitar los pozos de agua. 

De la casa mortuoria sale un lamento, como de 
mujer que se hubiese torcido un pie. 

* 

A las nueve de esa noche ya había cesado de 
llover. Los relacionados se apresuran á cumplir el 
triste deber del pésame con la viuda y familia de 
Crispín Luz. Crispín Luz fué en concepto de cuan- 
tos iban llegando un modelo: buen hijo, buen espo- 
so, buen padre, buen hermano, buen caballero, 
buen ciudadano, un modelo, en fin. Y para algunos 
el principal mérito del muerto consistía en haber 
sido por años empleado de confianza en la casa 
Perrín y compañía. 

El señor Perrín, acatarrado, no pudo asistir al 
entierro é imposible exponerse á la humedad esta 
noche. Pero en su reconocimiento hacia el hombre 
de hierro, durante varios años de factotumismo, el 
señor Perrín ordenó á sus dependientes: 

— Es necesario que ustedes concurran en cuerpa 
á los funerales del señor Luz. Fué un empleado 
modelo. 

Y allí estaba esa noche toda la casa Perrín y 
compañía, menos el jefe. 

— Imposible que el señor Perrín se expusiera á 
pillar una pulmonía — expresaba uno de los peque- 
ños aprendices de Mercurio, como si el señor Pe- 
rrín fuese una cantatriz. 

El probable sustituto de Crispín, el que venía 



234 * R. BLANCO-FOMBONA 

reemplazándolo en la confianza y los quehaceres 
del almacén, decía: 

— La casa se ha portado admirablemeníe. Paga 
los gastos del entierro. 

— Sí — añadía otro ~-, y eso á pesar de la desave- 
nencia del señor Perrín con Ramón Luz. 

■ — ¡Y la corona! — exclamaba un tercero. 

— Es de siemprevivas de porcelana y vale por lo 
menos 50 pesos. 

— No exageremos — dijo Schegell concienzuda- 
mente, metiendo baza — ; 50 pesos no cuesta, pero 
está facturada en 33'50 pesos. 

Las charlas se localizaban por grupos. Al en- 
trar se buscaba á alguno de los deudos del feneci- 
do; se le veía y se era visto por él; se le dirigía 
alguna frase por el estilo de este cliché: «Lo acom- 
paño en su sentimiento», ó se le palmeaba en el 
hombro como fraternizando en el dolor, ó bien se le 
estrechaba la mano con intención, el aspecto com- 
pungido, ó con gravedad cómica, mientras se le 
veía en los ojos fijamente con miradas de pesa- 
dumbre ó de conmiseración. Y se pasaba luego á 
cualquiera de los grupos adonde se encontrasen 
personas amigas, á conversar un rato de toda, 
hasta del muerto. 

En uno de estos grupos de gente moza — amigos 
de Ramón y de Eva — , Lucio de Llosía dejó caer 
estas palabras, saboreando de antemano la sensa- 
ción de importancia que produce el divulgar cosas 
no sabidas: 

— El afortunado es Brumrnel. 

— ¿Afortunado por qué? ¿Se ha repetido alguna 
otra escena como la de Macuto? — preguntó alguien. 
Y Esteban Galindo insinuó: 

— Para su reputación de Tenorio basta y sobra 
.con aquélla. 



EL HOMBRE DE HIERRO 235 

Lucio de la Llosía se amostazaba interiormente 
porque la parluría de los demás estaba impidiendo 
el que su noticia cayese con la gravedad que él 
deseaba. Tuvo que soltarla de rondón. 

— Pues, señores, Brummel se embarca hoy en 
La Guayra para Europa. 

— ¿Para Europa él? 

— Sí, hombre — dijo Llosía — ; va como attaché de 
la Legación en Francia. 

— ¿Attaché de la Legación? — corrigió la mala len- 
gua de Galindo — . Attaché de la ministra, dirás tú. 
Ramón, que se acercaba al grupo en ese mo- 
mento, y que por la gravedad de Críspín y el poco 
callejeo de esos días, no estaba al corriente de las 
novedades, preguntó: 

— ¿Y quién es el nuevo ministro en Francia? 

— Cabasús Abril. 
Ramón se alarmó. 

— ¡Válgame Cristo! ¿El general Cabasús Abril? 
¡Pero si es un burro! No rebuzna por milagro. 
¡Cómo es posible! 

Entonces le explicaron. El secretario de la Pie* 
nipotencia sería Gil Fortoul, que sí sabe de esas 
cosas y manejaría el pandero-. Cuanto á Cabasús, 
no era más que figura decorativa, de muy mal 
gusto, por cierto. Desterraban á Cabasús con una 
Legacía por temor de que se fuera á la Revolución. 
Y como la generala no podía separarse del queru- 
bín de Brummel, se lo llevaba de attaché. 

— ¡Bonita pieza la generala! — dijo Esteban Ga- 
lindo — . No se apuren ustedes; dentro de poco figu- 
rará en París en colecciones de tarjetas postales y 
<en alguna de esas posturas íntimas que sólo Caba- 
sús y Brummel creen conocer. 

— ¡Excelente gobierno! — gruñó Ramón enfureci- 
do — . ¡Qué atajo de pillos! 



236 R. BLANCO-FOMBONA 

Y levantando el índice de la derecha, en tona 
prof ético añadió: 

— Cuatro meses le doy de vida. Esto se desmo- 
rona, se lo lleva el diablo. Ya huele á muerto. 

El petulante de la Llosía, aunque no sabía in- 
glés, pronunció á trompicones esta frase de Sha- 
kespeare, cuyo significado conocía, y juzgó opor- 
tuno: 

— There is something rotten in the State. 
La casa resplandece. Faroles ó girándulas, dis- 
tanciados de un metro, penden en hileras de las 
lumbres, y de las girándulas cuelgan á su vez y 
mariposean en el aire cintas negras. Fundas de 
lienzo blanco, listadas por negra franja de gro 
mate, disimulan la alegría de espejos y de cuadros, 
mientras que en el corredor de entrada hileras de 
sillas fúnebres, á ambas manos, aguardan las acti- 
tudes hipócritas de la condolencia. 

En el gran salón de la casa no habían sino 
hombres. Las mujeres se refugiaban en la ante- 
sala, en torno de la viuda y de las amigas íntimas 
de la viuda. En la atmósfera flotaba un ambien- 
te de creolina y de éter: el fenol desinfectante y 
el reactivo de los soponcios y de los ataques de 
nervios. 

— ¿Cuántos niños te quedan, María? — preguntaba 
una señora á la viuda, tuneándola, á pesar de una 
amistad muy de superficie. 

— Uno, un varoncito. 

— No es mucho — observó la buena señora. 

—¡Pobre Crispín — gimió la viuda, sin pizca de 
ironía — ; tan atareado siempre! 

Y refería, la milésima vez aquella noche, la 
vida y los quehaceres de su marido. Y la señora 
olía, mientras conversaba, las sales de un pomo. 

Eva, hacia el interior, en servicio de su madre^ 



EL HOMBRE DE HIERRO 237 

é, quien ya fué imposible ocultar la realidad, venía 
^n frecuentes carreritas, sobre la punta de los pies, 
al comedor, adonde Rosalía, Ana Luisa Perrín y 
algunas otras íntimas se habían reducido á conver- 
sar. Allí estaban también Adolfo Pascuas, irrepro- 
chable en su traje negro, con cara de hastío, en un 
rincón, mudo, solo, y Mario Linares, muy nervio- 
so, siguiendo con los ojos la figurita de Eva cada 
vez que ésta se alejaba, y empeñado, cuando la 
niña regresaba, en consolarla y distraerla, char- 
lándole á la oreja con una solicitud que hacía 
cambiar sonrisas de inteligencia entre Ana Luisa 
Perrín y Rosalía. 

Por fin los visitantes comenzaron á partirse. 

Rosendo en la sala, Ramón en el corredor, y en 
el saloncito María y doña Josefa, asesoradas de 
Juanita Pérez, despedían el duelo. Bien pronto no 
quedaron sino las personas de la familia. 

Cuando el portón de la calle traqueó para ce- 
rrarse definitivamente esa noche, ya extinguidas 
las luces, María comprendió por primera vez lo 
irremisible de la ausencia de su compañero; y á 
pesar de la infelicidad de su matrimonio, á pesar 
de sus vanos ensueños de viudez y de libertad, á 
pesar de todo, rompió á llorar de veras con llanto 
generoso é irrestañable. 



FIN 



Cárcel de Ciudad Bolívar, 1905. 






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